Por: José Miguel Cuevas Delgadillo

La vida humana es preciosa, y como personas tenemos valor. Valemos, y valemos mucho. Para los 33 mineros de Chile rescatados la semana pasada esto quedó más que claro. ¿Cuánto vale para usted la vida de un ser humano? ¿Cuánto pagaría porque un ser querido regresara de la muerte? ¿Qué haría para rescatar de la muerte eminente a su hijo, su esposa(o) o sus padres? ¿Cuánto valor considera que pueda tener su hermosa familia? ¿Cuánto valdría una persona para Gandhi, para Matin Luther King o para Jesucristo? Sin duda, para estos personajes una sola persona tiene mucho valor. Por ejemplo, Jesucristo enseñó que nadie tiene mayor amor que este, QUE UNO PONGA SU VIDA POR SUS AMIGOS, evidentemente la frase abarca también a seres queridos. Lamentablemente vivimos en una sociedad egoísta que previene al mundo del sufrimiento. Por esa y otras razones encontramos que en muchos países occidentales legalizaron la eutanasia, el suicidio asistido y el aborto.

Cuál es el pretexto argumentado? Que el ser humano es libre de tomar las decisiones que quiera para evitar el sufrimiento.

Tristemente la sociedad contemporánea se aferra a un ideal epicúreo (vivir sin sufrir) de la existencia y por el mismo rechaza la idea del sufrimiento como parte de la vida. Sin embargo, irónicamente esta misma idolatría del placer (egoísmo) ha producido miseria y tragedias en el mundo como nunca antes en la historia de la humanidad. El sufrimiento es parte de la existencia humana y como tal no existe la opción de substraerse sino sólo la de elegir porque causa padecerlo.

Te invito a que reflexiones las palabras del Dr. Graham, defensor de los derechos humanos en México, y uno de los analistas más serios que aborda el tema de la fragrante violación de las garantías individuales en Chiapas por problemas etno-religiosos:

... hay algo fundamentalmente torcido en la manera en que nuestras sociedades adjudican valor a símbolos de seguridad y prosperidad económica. La vida y dignidad de un ser humano per se, deberían tener suficiente peso para haber provocado a millones de personas a la indignación, a la compasión y a la acción desde hace muchos años.

No tuvo suficiente valor en el caso del genocidio de Ruanda cuando se acecinó en ocho semanas a casi un millón de tutsis ante la mirada impasible de la ONU y de su presidente, el hoy Premio Noble de la Paz, Kofi Annan. Tampoco durante décadas de brutal opresión y terror de guerrillas religiosas pseudo-musulmanas en Asia y África.

Para la sociedad contemporánea, mediática y consumista que se rige por la ética de economía de mercado y del status, las cosas sencillamente son distintas. Muchos muertos en un día, de manera brutal; sí, civiles e inocentes, sí; pero finalmente en su mayoría de una determinada nacionalidad y con un cierto valor productivo.

¿Por qué no ha existido ni el asomo de ese pasmo ante los mismos actos terroristas y cobardes, perpetrados por los mismos fanáticos sectarios en otros países? ¿Por qué no se endecha a las miles de víctimas civiles que ha provocado el bloque económico de Irak? ¿Por qué no hubo un clamor mundial por el genocidio de Ruanda que privó de la vida acerca de un millón de personas en pocas semanas? ¿Porque las víctimas están lejos?, ¿Porque carecen de poder adquisitivo?, ¿Porque es el formato de entretenimiento en que se da a conocer al mundo su realidad? Cuando el sufrimiento humano es trivializado, o su reconocimiento queda supeditado a factores como status, productividad y nacionalidad, es necesario cuestionar todo el paradigma de valores en que está sustentada la nueva cultura de la globalización, y nuestras nociones de progreso. En otras palabras, se necesita repensar la llamada civilización Occidental.

Hasta la próxima.

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