Por: José Ma. Narváez Ramírez.
Por ahí en uno de esos antros que por obra y gracia de la mordida se han librado del cierre, me encontré (por accidente, claro) a un conocido burócrata de los clasificados como de confianza, que es cliente asiduo del mencionado bar, -que por cierto funciona en el primer cuadro de la ciudad capital- y le pregunté su opinión respecto al supuesto cierre a las tres de la madrugada, horario que no se cumple en otros antros disfrazados de lo mismo, y que empiezan a laborar de las dos de la mañana hasta las doce del día; y le dije que mejor sería que los mandaran fuera de la zona citadina.
Por un lado estaría bien –me contestó-, que los cambiaran de domicilio hacia una zona que podría ser de plano roja, alejada de la ciudad, pero por favor tenga la bondad de acompañarme, yo invito, siéntese.
Acepté la amable invitación y sin mayor preámbulo, entablamos la siguiente plática:
-Mire, -me dijo dándole unos sorbos a su cuba- en la cantina se conocen, estrechan y se pierden las amistades. A muchos nos da por invitar, a otros por pelear, gastar, callar, declamar, alegar, reír, llorar, afeminarse, robar, matar, apostar, florear, cantar, gritar, chiflar, bailar, pedir prestado o como dicen los que se les acaban los sinónimos y los adjetivos; etcétera, etcétera Los peores son los que les da por no pagar y salirse en un descuido del cantinero o de la mesera, o por pedir de fiado ése es el peor de los vicios Le voy a platicar, abusando de su compañía, un caso que me sucedió hace unos días y precisamente en esta mesa -estas mesas de cantina que no se cansan de soportar la embriaguez humana-, lo siguiente: acababa de pedir una caja de cigarrillos y cuando me los trajo la señora que nos está atendiendo y preguntarle el precio de los mismos, por poco me da un soponcio al escuchar que costaban cincuenta pesos, porque ya había sido autorizada el alza al tabaco entonces inquirí por el valor de los cigarrillos sueltos y me contestó que a cinco pesos cada uno Pedí tres de ellos y los eché en la caja que me había quedado vacía De pronto llegó a la mesa un individuo joven, vestido al estilo de la nueva onda y sin pedirme autorización se sentó por un lado. Pidió una botella de vino caro y una caja de cigarrillos de carita, invitándome a que lo acompañara a pistear, porque yo tenía cara de buena gente Me hizo la aclaración de que el pagaría toda la cuenta y de que fumara todo lo que quisiera que para eso traía dinero y me enseñó un grueso fajo de puros billetes de a quinientos pesos Aclarándome que no era joto y que tampoco era policía
Yo acepté la invitación y aunque un poco extrañado por esa aclaración tan rara, de que no bateaba para tercera y que no era ley me dispuse a chupar y a tomar a destajo. Nos pusimos a cotorrear sobre diversos tópicos de esos que se estilan en los antros y a vacilar con las meseras, que estaban de muy buen ver, y a las tres o cuatro copas ya nos acompañaban brindando con nosotros. Al ir por la tercera botella ya habíamos agarrado confianza y los cuatro formábamos un grupo muy alegre y bailador. Lo único raro era que el fulano tomaba y tomaba y no se emborrachaba
De repente sacó de entre sus ropas una pavorosa pistola escuadra, al parecer reglamentaria y con la rapidez del rayo la descargó en la cabeza de un parroquiano que estaba parado en la barra Cambió de cargador a la fusca, aventó unos billetes al centro de la mesa y diciéndonos que no nos asustáramos rápidamente se alejó del lugar sin que nadie se atreviese a detenerlo
A los pocos momentos de que el joven desapareció, aquello se convirtió en un desgarriate y muchos aprovecharon para pelarse con la cuentay cambiar de antro porque a ese no tardaría más de veinte minutos en llegar la policía
Control señores Control Más tardó el burócrata en terminar su relato cuando me le escabullí fingiendo una ida al baño Como están las cosas, todos somos sospechosos y no gana uno para sustos