Por: Jorge González González

Resultado de una crítica que hice a los diputados locales del Partido Acción Nacional, por haberse ausentado de la Cámara el día en que se aprobó el endeudamiento del Estado por mil setecientos millones de pesos, en lugar de dar testimonio en la tribuna, llamada la más alta del estado; les dije que esa no era la forma de comportarse de una oposición responsable. Eso sí, es una postura muy cómoda y poco comprometedora, o sea, no se complican con el pueblo, ni con su partido.

Por ahí salió un defensor de un diputado integrante de la bancada panista, diciendo que ese tal se ausentó porque tenía una cita, precisamente ese día y a esa hora, en Guadalajara, en el consulado americano para obtener su visa. Pero sucede que no fue electo por el voto del pueblo, a través del sistema de representación proporcional, para pasearse en el extranjero y sacar visas, y no cumplir la tarea para la que sí fue elegido, representar al pueblo en la Cámara de Diputados del Estado de Nayarit, haciendo valer en ella los privilegios que esa representación le da a su posición personal y la de su partido en la tribuna. No basta con lo que haya dicho o dejado de decir en comisiones, de ello no queda constancia tan fuerte como la capturada en del diario de debates y la misma presencia en la tribuna.

Realmente la oportunidad de hablar ante el pleno de la Legislatura y, en la tribuna legislativa fijar su posición personal o de partido, fue desaprovechada por estos seis que se dicen representantes del pueblo o, al menos, de una parte de los ciudadanos que les dieron su voto y confiaron en que iban a estar bien representados.

Con esa mentalidad, de sólo hablar y argumentar en comisiones, la humanidad se hubiera perdido de los testimonios de los grandes tribunos que nos dejaron ejemplo de lo que se debe hacer. Cuando fui diputado federal, en la LVI Legislatura del Congreso de la Unión, platiqué mucho con ese gran pilar del PAN que fue Carlos Castillo Peraza, y me decía que desde la vieja Roma, allá por el año 63 antes de Cristo, el Senador Marco Tulio Cicerón dejó una huella de lo que debe ser un representante popular. Si Cicerón hubiera tenido el tamañito de los seis representantes populares del PAN nayarita, no habría hablado, pero nos dejó las consideradas obras maestras de un verdadero tribuno. Y se refería Carlos Castillo a sus obras contra Marco Antonio, llamadas Las Filípicas; contra Verres, llamadas Las Verrinaes; y las que me decía que para él eran obras maestras, las que dirigió en el Senado romano contra Catilina, denominadas Las Catilinarias. Catilina estaba presente cuando Cicerón pronunció el discurso en el templo de Júpiter Stator: al entrar en el mismo, los demás senadores se apartaron de él y lo dejaron solo en su escaño. Catilina trató de replicar el discurso, pero los senadores lo interrumpieron una y otra vez acusándolo de traidor. Tantos fueron los insultos que vertieron contra Catilina, que éste tuvo que salir corriendo del Senado, y poco después abandonó la ciudad. Al día siguiente, Cicerón llamó a reunión al Senado, y pronunció su Segunda catilinaria, y así la tercera y cuarta. Catilina conspiró contra la vida de Cicerón, pero no logró su objetivo.

Repito, si la actitud de los grandes tribunos hubiera sido la de no dar la cara no tendríamos esas grandes piezas de oratoria mordaz, fuerte, cáustica, irónica, virulenta y convincente contra los tiranos.

También en México sabemos de tribunos valientes y congruentes con el PAN, y allí están para muestra Abel Vicencio Tovar, José Ángel Conchello, Juan Antonio García Villa, Gabriel Jiménez Remus y, otros muchos más. Y qué decir de Gerardo Medina, diputado en 1968, quien valientemente se enfrentó a los priístas, fue el único que en su momento habló criticando, tanto la invasión del ejército a la UNAM como la masacre de Tlatelolco, y fue amenazado en su vida y también lo quisieron comprar para que no hablara en contra de la tiranía de Díaz Ordaz. Y en esos años los diputados no ganaban lo que nuestros representantes devengan ahora.

Pero del actuar de estos adalides de la tribuna, no saben nada nuestros diputados locales, quienes se mueven en la molicie, blandura y suavidad de sus vidas. Tampoco conocen y, a lo mejor ni saben que existe un Código de Ética para los servidores públicos emanados de Acción Nacional, que postula y pide a esos servidores públicos un comportamiento recto, sano, viril y honesto. No es nada más para los diputados, sino, también, para los regidores, los presidentes municipales y el Presidente de la República; es para todos los emanados del PAN que desempeñan un puesto público de elección o de designación en un gobierno panista. Dicho Código señala, entre otras cosas: Este código será un instrumento de evaluación del comportamiento del funcionario en el desempeño de su cargo, está vinculado con los Estatutos y Reglamentos del Partido. También señala: Conoceré la naturaleza y la amplitud de las facultades del cargo que me corresponden desempeñar. Me informaré y capacitaré permanentemente para cumplirlo con profesionalismo. Y más adelante dice: Actuaré con justicia en todo momento, con voluntad permanente de dar a cada quien lo que le corresponda.

Y por eso, evalué el comportamiento de los diputados, que no conocieron la naturaleza y las facultades del cargo que desempeñan; y no se han informado y capacitado para cumplir su encargo con profesionalismo; y tampoco han actuado con voluntad permanente de justicia. Mi deseo mayor es que los servidores públicos emanados de Acción Nacional sean valientes y cumplidores, pero también, que no sean de piel tan sensible a las críticas. Si no cumplen, aguanten. Si no estudian, estudien. Si no trabajan, trabajen. Así, nadie les criticará y, en cambio, recibirán admiración, reconocimiento y felicitaciones.