Por: Olegario Zamudio Quezada
Ahora con el temblor en Japón, con la devastación que el mar provocó en esa isla de gente trabajadora, el ver como el movimiento telúrico cimbró los almacenes de energía nuclear y con ello la ruina de esas instalaciones, en detrimento de ellos y del resto de los habitantes del mundo, por esas cosas bien vale la pena detenerse en hacer una reflexión.
Me reconozco asiduo del internet, particularmente no soy continuo lector de las páginas que se dedican a hacer dinero de la miseria humana con notas de muerte, pero aun así, en mis rondines por la prensa internacional, en ocasiones no puedo evitar los encabezados que hablan del desastre humano, frente a una sociedad actual con hambre y sed de noticia.
Pero que es la muerte o sus sinónimos, en un ciclo en la vida, en las relaciones humanas o en simple, en algo que culmina quizás para volver a empezar, según me narraba mi madre, cuando la cuestione días antes de ella morir, le pregunte, cuál es el caso de morir, para que te vas a morir ahora, me contestó, que la muerte es parte de la evolución humana y que yo no puedo detenerla porque yo soy parte de esa misma evolución.
Pero qué pasa cuando la tierra gime y se lamenta como si en su evolución nos avisara que está enferma, porque su conciencia que somos nosotros la humanidad, estamos enfermos también, enfermos de poder, de esa locura que mas que mantenernos en armonía nos mantiene en animadversión con nuestros semejantes y con nuestro entorno, en ocasiones mas, con nosotros mismos.
Que sucedió con los buenos preceptos de las religiones en el mundo, con los tan populares diez mandamientos de nuestra religión más acendrada en nuestro país y continente, como es que empezamos peregrinamente a destruirnos y continuamos con frenético afán sin que nadie pueda intervenir en contraposición.
Yo le preguntaba a un hombre bueno, le dije, amigo, con todo respeto, de que sirve saber lo que va a pasar, si yo no puedo hacer nada para poder evitarlo, me contestó, que la humanidad materialmente no estaba en mis manos, pero que mi intención estelar a través de mi fe en el Dios era certera, me pidió que no cesara de razonar esa mi fe por la paz, la fraternidad y la armonía entre la humanidad.
Ahora veo que la tierra desde Japón nos está mandando señales de achaque, que esta, fue capaz en su delirio de mover las instalaciones de energía nuclear concentradas en esa isla y que su humo radioactivo ya traspasó el océano pacifico y llegó hasta las californias, es decir que el tsunami de Japón es el tsunami también de América latina.
Pero eso el hombre no lo quiere ver o no puede verlo y percibirlo, está ocupado matándose en el mundo árabe, otros hombres andan recorriendo la tierra en pos del oficio de la guerra, pero bien vale la pena detenerse en hacer una reflexión.
Todos los hombres y mujeres de buena voluntad, sin importar nuestras diferencias, físicas o ideológicas, debemos en nuestra fe incidir en la fraternidad, en el amor por sí mismos y nuestros semejantes y en nuestra armonía con el todo, en la armonía del todo con nosotros y en la armonía de nosotros con el Dios, con el indescriptible Dios de amor y fraternidad.