Por Óscar Verdín Camacho
En el centro de Tepic, en calles como la Zaragoza y Bravo están varios locales para el juego de billar donde la mayoría de los visitantes son hombres de la tercera edad, muchos de ellos por arriba de los 75 años.
Es una recreación, muchos de ellos vienen diario, explica Jonatan García, encargado del billar Garibaldi, por la calle Zaragoza, que cuenta con el mayor número de clientes.
Son las 11 de la mañana y las seis mesas tienen juego. Atentos a cada tiro, estos jubilados o pensionados, músico alguno de ellos, se mueven alrededor, empuñando el respectivo taco o contabilizando en un pizarrón el avance del juego.
Las canas, la barba blanca, los lentes, el sombrero, la guayabera son constantes.
Si se afirma la importancia en la vida de estar siempre activos, este billar es un buen ejemplo de ello. Un anciano, ya sin fuerzas para jugar billar, al menos es llevado ahí para ver a sus amigos. Usa lentes gruesos, está sentado en una silla de plástico y según el encargado del negocio, hace unos años todavía jugaba al pull, al 8 o al 8 americano.
Las apuestas pueden ir de los cinco a los 10 pesos, cuenta uno de los asistentes. Las monedas son dejadas sobre la mesa cuando advierten que han perdido; el ganador recoge el dinero sin alarde alguno, porque luego reinicia otro juego.
Rara vez hay jugadores que apuestan más. Aquí venimos a pasar el rato, somos jubilados, pensionados o gente de los pueblos cercanos que viene a Tepic de compras y llega aquí un rato. Se fuman un cigarro, se beben un refresco.
Hay una constante en el billar de la calle Zaragoza: las bromas de doble sentido, un jugador que dice que ya metió una bola, y luego la otra.
No falta quien presume en voz alta de sus supuestas aventuras sexuales, pero otro aclara con sinceridad:
La verdad es que aquí venimos puro pájaro muerto´