Por: Juan Fregoso

En vísperas de la renovación de la presidencia de la República, conviene que el pueblo de México, antes de llevar al poder al próximo presidente, analice la personalidad de cada uno de los aspirantes, para no caer en los mismos errores de siempre, es decir, elegir a un candidato con trastornos psiquiátricos, como fue el caso del ex presidente, Carlos Salinas de Gortari, poseedor de una personalidad psicópata, que lo que condujo—según el veredicto popular—hasta el asesinato de Luis Donaldo Colosio Murrieta, aunque ya desde su infancia, Carlos Salinas había dado muestras de su sadismo al matar jugando a una doméstica, sin mostrar ningún remordimiento, al igual que en el caso de su delfín Colosio Murrieta.

Por desgracia, esa patología que caracterizó al ex mandatario, lo ha llevado a seguir vigente en la vida política nacional, su narcisismo como su mitomanía, le hacen pensar que sigue siendo indispensable en el espectro político. En este contexto, vemos como ejerce una gran influencia en el principal pretenso presidencial, por supuesto que el columnista se refiere al priísta Enrique Peña Nieto; hay suficientes indicios que el ex gobernador mexiquense sigue al pie de la letra las pautas que le ha trazado el inefable de Carlos Salinas de Gortari, y de ello dan cuenta las múltiples fotografías que aparecen en los diferentes medios de comunicación, inclusive, hasta en las revista rosas, en las cuales Peña Nieto es flanqueado por este siniestro personaje que llevó al pueblo de México a una crisis de la cual aún no podemos recuperarnos.

No es creíble que el casi candidato presidencial ignore el daño político que esto le ocasiona, ya que perteneciendo al Grupo Atlacomulco, donde nació el 20 de julio de 1966, debe conocer muy bien a quien intenta apadrinarlo en sus aspiraciones. Desde luego, que Enrique Peña Nieto sabe la clase de persona que es su estratega de cabecera, pero tal parece que esta situación poco le importa, al contrario, parece disfrutarlo, quizá porque le apuesta a su sex-appeal y al magnetismo de la popular actriz Angélica Rivera, con quien contrajo nupcias para allegarse el voto femenino, y no precisamente por amor: el matrimonio Peña-Rivera indica que fue edificado sobre la base de la conveniencia, tal y como lo han hecho ya otros presidenciables. Así sucedió con José López Portillo, quien estaba separado de doña Carmen Romano, pero cuando se le notificó que él era el bueno, convino con la señora una reconciliación para dar a la sociedad una imagen de unidad familiar, la cual terminó al final de su sexenio, cuando López Portillo volvió con su verdadera pareja, Sasha Montenegro, por cierto también actriz y muy bella en aquel entonces.

Pero este no es el problema de fondo. El verdadero problema que enfrenta Enrique Peña Nieto son sus vínculos con Carlos Salinas de Gortari, de ahí que si resulta el abanderado del PRI—como todo lo indica—tendrá que romper esos lazos que lo unen al magnicida de Luis Donaldo Colosio, a menos de que quiera sufrir un descalabro en los comicios de julio del próximo año: ese es el desafío del mexiquense, deshacerse de la presencia un ex presidente con trastornos mentales, que vivió su sexenio en un estado de autismo, fantasioso, que lo llevó a creer que colocaría a México a la altura de las grandes potencias, producto de su trastorno narcisista, de su personalidad enferma, que naturalmente no podía aceptar, como aún no lo reconoce, pues ve en Peña Nieto su propia imagen de candidato.

Por tanto, Peña Nieto tendrá que aprender a volar solo, si es que desea ser el próximo presidente de la República, si no lo hace su candidatura está en riesgo, cuando hasta el momento todo parece favorecerlo, pero si Salinas de Gortari continúa a su lado, podría llevarlo a un estrepitoso fracaso, perdería la oportunidad de recuperar Los Pinos de manos de la ultraderecha, la cual ya demostró, desde el sexenio de Vicente Fox, que no sabe gobernar, pues no hay que olvidar que con Fox emergió el fenómeno del narcotráfico, y que su sucesor, Felipe Calderón llevó a la cúspide, sin importarle las funestas consecuencias que ha dejado su famosa guerra contra el crimen organizado.

Calderón, igual o peor que Salinas, es un sujeto afectado de sus facultades mentales. Es otro psicópata que en vez de conducir por el buen camino al país, lo ha llevado al despeñadero político, económico, social y cultural: Salinas parece haber sido clonado en la persona del actual mandatario, porque tienen muchos puntos en común, pese a pertenecer a partidos diferentes, sus similitudes son evidentes. Durante el salinato fueron asesinados cobardemente por lo menos unos 500 perredistas, y para cerrar con broche de oro sacrificó a Colosio.

Como colofón, hay que señalar que en lo que va del sexenio calderonista, las estadísticas indican que han sido asesinados alrededor de 60 mil ciudadanos; el paralelismo de ambos gobiernos es aterradoramente brutal, de ahí la importancia de someter a cada pretenso a la silla presidencial, a un previo examen psiquiátrico, porque el pueblo mexicano ya no quiere vivir en carne propia las frustraciones o traumas de sus gobernantes, los ciudadanos requieren gobernantes bien equilibrados psicológicamente, no desadaptados sociales, como los que hemos tenido y que hábilmente han logrado encaramarse en la cresta del poder para saciar sus instintos más primitivos.