Por: Juan Fregoso
Las palabras vertidas por Paulina Peña Pretelini han causado una verdadera revolución en las redes sociales, al grado de que el destacado escritor mexicano Héctor Zagal, mediante un misiva respetuosa pero incisiva la insta a la reflexión. Y es que la joven, sin medir las consecuencias de sus actos, arremetió contra lo que ella denominó prole, supongo—como prole que soy también—que éste es el apócope de proletariado y éste desde el punto de vista marxista son las personas de la clase obrera, que no tienen nada que ofrecer a la sociedad, excepto su fuerza de trabajo, de ahí la indignación de miles de mexicanos que viven de su jornal mal pagado.
El hecho de que Enrique Peña Nieto venga cometiendo deslices tras deslices, no es culpa de la prole, es su propia responsabilidad, porque no se trata de un hombre común y corriente, sino que se trata del candidato del PRI que aspira a la presidencia de República, que se presume debe ser una persona culta, preparada no sólo política, sino académicamente, debe poseer una vasta cultura que le permita desenvolverse en los diversos escenarios en que tiene que moverse en su calidad de candidato.
Con todo el respeto que se merece el proletariado, llámese albañil, campesino, peón, pescador, agricultor, carpintero, artesano u obrero, a cualquiera de ellos se le puede perdonar su analfabetismo, porque muchos de ellos ni siquiera terminaron la primaria, sin embargo, algunos tienen más educación que muchos políticos egresados de Harvard o de otras prestigiadas universidades. Como bien dice el Filósofo de Güemez, la escuela educa pero no quita lo pend, lo cual ha quedado de manifiesto lamentablemente en el caso Los Peña Nieto, aunque esta limitante no es privativa de ellos, sino de muchos otros funcionarios de altos vuelos que han exhibido su estulticia en este rubro.
Recuerdo que hace algunos años se llevó a cabo un reportaje en la Cámara de Senadores. La encuesta que realizaron los reporteros consistía en una simple pregunta; ¿Cuántos artículos tiene la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos? Y la respuesta me dejó helado, pues cuando mucho dos o tres legisladores supieron contestar acertadamente, el resto francamente dijo no saber la cantidad de preceptos que integran la Carta Magna. Y sin embargo, son los encargados de hacer las leyes, quién sabe bajo qué criterio, pero el asunto es que ahí están cocinando leyes que no saben ni para que son. Y conste que algunos de ellos son profesionistas, de esos que alguna vez el ilustre periodista Manuel Buendía fustigó con una frase demoledora: Hay profesionista con título y títulos sin profesionistas, con lo que evidenció que el título no garantiza el tener conocimientos, pero en cambio, hay quienes no tienen un pomposo pergamino y son dueños de una vasta cultura. ¿En dónde encasillamos a Enrique Peña Nieto?
Ahora, si Paulina Peña Pretelini no quiere que a su padre se le señalen sus pifias, simplemente que le pida que tire la toalla y se dedique a la vida privada, pues sólo en esta estará exento de ser criticado, aunque no del todo ya que hasta en la vida privada somos objetos de la crítica, de los chismes del vecindario, y esto aunque no seamos políticos, ya que el mexicano se caracteriza por estar moliendo al vecino sólo porque le cae mal o viceversa. Entonces, para que tanto brinco estando el suelo tan parejo.
Por tanto, es obvio, que Paulina se olvidó que en estos momentos su padre es una figura estelar que está bajo el escrutinio público, no es un vecino cualquiera sino un hombre que está buscando dirigir los destinos de millones de proles a que hizo mención despectivamente. Si Juan Pueblo hubiese sido el que confundió a un escritor por otro, es excusable, pero el mismo hecho protagonizado por el candidato presidencial, ya es otra cosa, porque estamos hablando del probable presidente de la República a partir del 2012. Así de fácil.
Y todo lo que se ha divulgado en las redes sociales en contra de la hija del candidato priísta, es tan cierto como que ella se llama Paulina Peña Pretelini, o que la prole a que se refiere con desprecio son las masas que, por ignorancia, siguen creyendo que la democracia llegará por la vía del voto.
No, señores, disiento—porque tengo el derecho—de este punto de vista y me sobran razones para ello, pero por el momento no es mi intención ahondar punto por punto en este ya tan manoseado tema, sólo diré que el sufragio jamás se ha respetado en México. La mayoría de gobernantes históricamente nos han sido impuestos, antaño por la vía de las armas, ahora por la ruta del fraude, aunque muchos mexicanos sigan creyendo lo contrario, es decir, que su voto es el que decide los destinos de nuestro país. ¡Falso! Nuestro voto nunca ha sido respetado, aunque no falten algunos panegiristas que opinen lo contrario, por una razón muy sencilla, esto es, por ser agraciados de alguna manera por el régimen en turno.
Creo que nos ha hecho falta enfundarnos en el traje del patriotismo, necesitamos ser patriotas—no patrioteros—para defender con hombría nuestros derechos, y esto se logra a través de un pensamiento verdaderamente revolucionario, mediante el cual externemos nuestro amor a la patria, no a los ídolos de barro. Es tiempo, pues, de que dejemos esa actitud fetichista, con lo cual quiero decir, que veamos al hombre de carne y hueso, igual que nosotros, no al mito fabricado por la mercadotecnia provenga de donde provenga.