Por: Juan Fregoso

Los cuatros vienen de la inhóspita sierra, de una comunidad llamada San Andrés Milpillas, municipio de Huajicori. Son de la raza cora, dice con un acento quedo el que dijo llamarse Emiliano Aguilar Robles, tiene 24 años pero representa menos. Lo acompaña su esposa, María Santillán Galindo, que tiene un rostro casi infantil, dice tener 18 años y ya es madre de una bebe de dos meses, que aún no tiene nombre y a quien amamanta para saciar el hambre de la pequeñita que mantiene en su regazo como el más valioso tesoro. María es acompañada de su hermano Gervasio Santillán Galindo y Seferino Nájera Santillán, su primo, quien dice contar con 16 años. Pero los cuatro prácticamente son unos niños

María y su primo Seferino, visten el clásico traje cora, símbolo de su identidad. Emiliano, su esposo, y su cuñado se cubren el cuerpo con ropa normal. Pasa de las cuatro de la tarde, una tarde cubierta por una sábana plomiza que cubre la bóveda celeste; el tiempo amenaza una posible lluvia, por eso le preguntó a Emiliano—padre de la criatura—que si no temen que se les enferme la niña, Emiliano se queda callado por unos minutos, como reflexionando, luego tímidamente suelta; pos ni modoya qué.

La pregunta es obligada, por lo que digo ¿por qué se vinieron de su tierra? Emiliano es quien me responde: venimos a buscar a trabajo, allá—en San Andrés Milpillas—no hay nada que hacer para poder comer. Dice que el único sustento que les permite ganarse un peso es la siembra de maíz, pero todo el año pasado no cayó ni una gota de agua y el maíz que ya estaba sembrado se echó a perder por la sequía, no cosechamos nada y pos así no se puede vivir, explica con un dejo de tristeza Emiliano, como si el haber abandonado su terruño le calara en lo más profundo del alma.

-El gobierno ¿no los ayuda, no les manda comida, ropa, todo lo que ustedes necesitan? No, responde enfáticamente Emiliano. Será porque está muy lejos donde vivimos, la verdad no sabemos (el motivo), pero nadie nos ayuda, comenta y suelta una frase desgarradora; allá, sólo comemos hierbas, cuando bien nos va, porque no hay trabajo ni dinero para bajar a la costa a comprar alimentos, se lamenta Emiliano, quien cruza frecuentemente su mirada con su joven esposa y clava la vista en su pequeña hija, como preguntándose qué destino le depara a la infante.

- ¿Y, adónde piensan ir? Nuestro interlocutor responde: pos al Novillero, nos dijeron que allá hay trabajo en el corte de tomate, pa allá vamos ahorita. Está lejos, le digo, y no llevan dinero, cómo le van a hacer. Con la mirada huidiza me responde: posno sabemos, a ver si conseguimos un raite, ya estamos aquí y es más fácil seguir pa delante que devolvernos, me dice con un tono de decisión. Bueno, le digo, entonces no me queda más que desearles que tengan suerte. Los tres hombres se levantan, María hace lo mismo, cargando a su pequeña hija de dos meses, que afortunadamente no sabe el destino que les espera a sus padres y a los demás.

El cuadro que acabo de presenciar me lleva a interrogarme, cómo es posible que nuestros gobernantes no se preocupen por los indígenas, tal parece que éstos no son seres humanos sino algo así como unos extraterrestres llegados de algún planeta más salvaje que de la sierra de donde proceden, en donde carecen de los más elementales servicios y derechos, como el de contar con un trabajo digno que les permita llevar una vida más o menos decorosa como seres humanos que son.

Pero no, a los gobiernos de los tres niveles les importa un bledo la situación miserable en que se encuentran miles de indígenas o indios como algunos los llaman despectivamente, como si por nuestras venas no corriera esa misma sangre, quizá porque la globalización en que estamos inmersos nos ha arrobado nuestra auténtica identidad, ya no pensamos como mexicanos sino seguramente como gringos, nos ha impuesto, pues, la cultura del racismo, por eso vemos a nuestros hermanos indígenas como seres inferiores, y esta actitud de nuestra parte es criminal porque no tenemos ningún derecho de menospreciarlos, al contrario, es nuestra obligación apoyarlos.

Es cierto que el gobierno federal ha implementado una serie de programas sociales, asistenciales para, supuestamente, abatir la pobreza extrema que afecta no solamente a nuestros indios, sino a un alto índice de mestizos, pero esos programas sólo llegan a las manos de unos cuantos privilegiados, incluso hasta de ex gobernantes, que no tienen ninguna necesidad de recibir esos apoyos traducidos especialmente en despensas, y sin embargo, se les otorga, como si no fuera suficiente la pensión vitalicia por haber servido al país o al estado.

Esto es una infamia aberrante, una burla para los indigentesesos que sí requieren urgentemente el apoyo gubernamental para poder sobrevivir; nuestros hermanos se están muriendo de hambre y de frío ante una criminal indiferencia de la clase gobernante, que los hace a un lado por ser seres inferiores, porque seguramente la casta dorada no conoce el pinchazo del hambre, porque están hartos de tragar lo mejor, de vivir como reyerzuelos a costa de explotar la necesidad y los recursos naturales propiedad de los mugrosos indios, como alguna vez los calificó el corrupto de Diego Fernández de Cevallos, incluso el propio Ignacio Burgoa Orihuela, que los tildó como una recua de salvajes.

Pero gracias a esa recua de salvajes oprimidos, existe un grupúsculo que nada en la opulencia más insultante, mientras que millones de indígenas, como Emiliano Aguilar Robles, María Santillán Galindo, Gervasio Santillán Galindo y Seferino Nájera, luchan por conseguir aunque sea una migaja de alimento para poder vivir, y ahí van, porque su espíritu indomable no se arredra, y tal vez, inconscientemente parecen hacer suyo el grito de guerra de los zapatistas chiapanecos. Un grito desaforado y justo con el cual le dicen al gobierno: Aquí estamos nosotros, los muertos de siempre, muriendo otra vez, pero ahora para vivir.