Por: Juan Fregoso
*Una historia real, sólo los nombres fueron cambiados por razones obvias
Qué tanto daño puede causar una frase de un niño de diez años a su hermano mayor, para que éste aun pasado el tiempo le guarde rencor, envidia, al grado de querer despedazarlo literalmente cuando ya los dos son grandes. Cuando ambos ya hombres, conscientes de lo que hacen, cuando los dos han crecido tanto física como emocionalmente y esto les permite, por supuesto, definir lo bueno de lo malo, lo positivo de lo negativo, porque han alcanzado la madurez como seres humanos, que ya son adultos y tienen la inteligencia para zanjar los problemas pasados y presentes. ¿Será que muchos de nosotros nos convertimos en adultos pero en el fondo seguimos siendo niños? Puede ser. Cuando menos esto es lo que se me ocurre pensar, —se dijo para sí mismo Julián Belmontes—, en una noche invernal, cuando trataba inútilmente de conciliar el sueño y el frío taladraba sus huesos como a su propia alma, al recordar las diferencias con su hermano mayor, Rodrigo, quien le manifestaba a cada momento desprecio y rabia al mismo tiempo. ¿Qué era lo que había sucedido en sus años mozos, para que ahora Rodrigo le tuviera tanta animadversión, al grado de que un día llegó a amenazarlo con matarlo? Por supuesto que no era su imaginación, porque en ese momento vio reflejado en el rostro de su hermano la misma muerte y si no cumplió su amenaza fue porque afortunadamente no tenía ninguna arma a su alcance, ya que de haberla tenido, seguramente sí lo hubiera matado.
Julián y Rodrigo habían crecido juntos en un pueblecito llamado San Rafael. Eran los únicos hijos de la pareja formada por don Pedro Belmontes y de doña María Armenta, quienes procuraban darles un trato igual, prodigándoles el mismo amor a los dos sin hacer distinciones de ninguna especie. ¿Por qué habrían de hacerlo, si los dos muchachos eran sus hijos? Ellos—sus padres—estaban seguros que el trato que le daban a uno se lo daban al otro; las mismas satisfacciones les eran concedidas a Julián y a Rodrigo, jamás le dieron preferencia a uno por la simple razón de que los dos eran producto de su inmenso amor. Por qué, entonces, Rodrigo odiaba tanto a Julián. Esa era la pregunta que se hacía el muchacho: ¿por qué me detesta mi hermano si llevamos la misma sangre, si somos hijos de los mismos padres?, esto más que ilógico es monstruoso, pensó.
En cierto momento, tratando de hallar la respuesta, Julián se trasladó con el poder mágico del pensamiento a su infancia. Recorrió las calles de su pasado, tratando de encontrar una pista que lo condujera a descubrir la razón por la cual su hermano lo odiaba. Evocó los momentos felices que compartió con Rodrigo cuando eran niños. Cuando jugaban a las canicas, al trompo, a las carreras en bicicletas y tantas otras cosas, pero nada que le explicara el motivo del comportamiento de su hermano mayor, quien incluso muchas veces le compraba juguetes y lo mimaba. ¡Cuánta diferencia había entre aquellos años con el presente!, Cómo quisiera que mi hermano siguiera siendo el mismo que cuando niño, pero ha cambiado tanto que no logro comprenderlo, razonó en la soledad de su cuarto.
De pronto, un destello apareció en su mente. Sus padres—especialemente don Pedro—lo regañaba frecuentemente, reclamándole que cuidara más a su hermano: qué no ves que el chamaco se cayó, levántalo, con una chingada; en dónde anda Juliancito, qué no comprendes que se puede perder o que le puede pasar algo; mira cómo viene, todo chamagoso, es que no te importa tu hermano, cabrón. Y estas nimiedades iban acompañadas de las palabras sin maldad de Julián, quien mimándose le decía a su padre: Rodrigo me dejó solo, él iba conmigo, pero me dejó solo y otros chiquillos me pegaron, expresaba con llanto en los ojos, como para hacer más dramático su relato, que si bien era cierto que le habían pegado, no era culpa de su hermano—al menos, no siempre—porque otras veces Rodrigo sí lo incitaba a echar bulla con otros chiquillos de su edad. Y todo esto era suficiente para que don Pedro le pusiera una buena felpa a Rodrigo, que miraba a Julián con coraje, pero dada su corta edad, éste no le daba importancia a lo que decía, creía que aquello también era parte del juego. Julián se mesó los cabellos al recordar esa parte de su infancia y se preguntó; ¿acaso será eso, por lo que ahora me odia Rodrigo? No comprendo—caviló—si no eran más que cosas de niños, que supongo sucede con todos los hermanos; no me parece una razón bastante para esta sea la causa de que Rodrigo me odie tanto, al extremo de retarme a golpes y hasta amenazarme de muerte. Yo quiero mucho a mi hermano y quisiera que entre los dos no hubiera diferencias de ningún tipo, qué debo hacer para ganarme su amor, ese amor que me demostró cuando éramos niños, porque por más que intento acercarme a él para demostrarle lo mucho que lo quiero y lo respeto, él siempre está a la defensiva, me agrede verbalmente, me lanza toda suerte de improperios que me duelen tanto; quisiera abrazarlo y decirle: hermano, te quiero mucho, pero no me dá la menor oportunidad, se enfurece inmediatamente y amenaza con golpearme. Qué hago, Dios mío, para que nos veamos como lo que realmente somos, hermanos y no rivales, se interrogó Juliánya intenté muchas veces, pero es duro como una roca, no logro ablandarlo.
El muchacho se sentía mal, culpable, al punto de concederle la razón a su hermano, a quien tal vez, más allá de la rudeza de su padre por culpa suya, quizá le hizo algo más que una simple travesura para que don Pedro lo cuereara más que a él. Sí, eso pudo haber sido, pues de otra manera no me explico por qué Rodrigo me guarda tanto rencor; seguramente le dije o le hice algo muy grave que marcó una herida indeleble en su alma y que hoy no puedo curarle tratando de acercarme a él. Una descabellada idea cruzó por su mente ya cansada de tanto especular: ¿sería su padre el responsable del distanciamiento entre él y su hermano?, pero la rechazó como si le quemara el corazón mismo, pues se supone que los padres no pueden querer más a uno de sus hijos que a otros. Entonces, cuál era el motivo para que su hermano lo rechazará como si se tratara de un desconocido—o peor quizá—, porque muchas de las veces le prodigamos más afecto a un ser extraño—que acabamos de conocer. ¡Qué raros somos los seres humanos!
-Rodrigo, le dijo Julián una dorada mañana —quiero hablar contigo, permíteme por única vez decirte algo, algo que traigo aquí dentro de mi pecho desde hace mucho tiempo. Por favor, hermano, escúchame, necesitamos hablar, no podemos vivir toda la vida viéndonos como enemigos, por sobre todas las cosas somos hermanos, lo queramos o no, llevamos la misma sangre en nuestras venas, somos hijos de la misma madre, del mismo padre. Es tan sencillo comprender esto, hermano, no crees.
-Con una chingTú y yo no somos nada—respondió en tono áspero Rodrigo. Nada tenemos que hablar. Sólo quiero que entiendas que no siento nada por ti, excepto odioun odio inmenso, que francamente no sé porque no te he matado. Mira, Juliancito, le dijo con acento burlón, sería mejor que te alejaras de mí, no vaya a ser que un día pierda la paciencia y acabe haciéndote pedazos. Es lo que más anhelo, acabar contigo, así como tú lo hiciste conmigopero ahora resulta que no te acuerdas, veo que sigues siendo el niño mimado de siempre.
-no entiendo que quieres decir, contestó con sinceridad Julián. Qué te hice para que me desprecies tanto como me lo has dicho. Acaso no te acuerdas lo bien que nos llevábamos cuando éramos niños que hasta me regalabas juguetes, muchos de los cuales aún conservo, y que por las noches los abrazo pensando que eres tú, hermano.
- ¡Cállate, cabrón! Ya estuvo bueno. Si quieres saber por qué te odio tanto, está bien, te lo voy a decir. Te odio porque me robaste el amor de tus padres; nuestros padres—trató de corregir Julián— ¡ni madres!, serán los tuyos, míos no, soltó Rodrigo destilando amargura en sus palabras. Ellos siempre me odiaron por culpa tuya—qué ya no te acuerdas todas las chingaderas que me hacías para que tu papito me azotara—cada vez que Juliancito hacía un berrinche a propósito para que me tundiera a golpes el viejo. Mientras que tú te carcajeabas hasta el hartazgo a cada cintarazo que me propinaba tu padre. Y por si fuera poco a ti te dieron estudios, mientras que a mi me ignoraron todo el tiempo; mira mis manos cabroncito, míralas, están llenas de callos por el uso del machete y el hacha, producto de la chinga que me he parado trabajando en tareas rústicasen el campo.
Parte 2
-Ahora, mira las tuyas. ¿Verdad que no están iguales? Claro, como van a estar iguales, las tuyas están bien cuidadas, suavecitas, suavecitas—tanto que parecen de mujer—dijo Rodrigo sarcásticamente. Siempre fuiste el hijo preferido, el consentido de papi, en cambio yoYo fui el hijo no deseado, por eso siempre me trataron mal tus padres—digo, nuestros padres—soltó con una risilla de amargura, de desprecio al recordar el pasado. Te parece poco, Juliancito. De verás te parece poco que por tu culpa ahora yo viva inmerso en un mundo infernal, del cual salen voces que me ordenan acabar contigo. ¿Contéstame cabrón?, ya que tanto has insistido en que te diga la verdad.
-Julián sentía un cúmulo de sentimientos encontrados, incomprensibles. Pero, en ese momento comprendió que Rodrigo no solamente lo odiaba a él, sino también a sus padres. Entendió que su hermano estaba al borde de la locura. Rodrigo no pudo superar—y era normal—ese trauma del cual él era pieza clave. ¿Pero, cómo resarcir ese daño? ¿Cómo hacer entender a su hermano que lo sucedido no había sido más que cosas de niños?
-Hermano, sólo déjame decirte que en muchas cosas tienes razón, expresó Julián más que tratando de convencerlo, de conmoverlo. Sí, en efecto, nuestros padres tal vez se excedieron contigo, y quizá yo sin quererlo contribuí a ello, pero no lo hice con plena conciencia; era solamente un niño. No, no espero que me concedas la razón, porque sé de antemano que no lo vas hacer, sólo quisiera que reflexionaras un poco, Rodrigoy después emite tu veredicto final.
-Recuerda, también, que mis padres—nuestros padres—también te dieron la oportunidad de estudiar, te mandaron a la escuela, la cual abandonastetus razones tendrías y no te las discuto. Sólo quiero que recuerdes esoy en eso, yo no tuve culpa alguna, como tampoco nuestros padres, porque ellos deseaban vernos a los dos convertidos en profesionistas, en hombres de bien, al mismo tiempo que desearon vernos unidos como cuando niños, pese a los sinsabores que inconscientemente te causé. Hermano, perdóname, si puedes hacerlo, yo sería incapaz de hacerte daño de verdad, perdóname y si puedes, también perdona a nuestros viejos, porque quiero que sepas—aunque lo dudes—que me duele mucho que nos veamos como rivales, cuando la sangre que corre por nuestras venas es la misma.
Es todo, hermano. Pronto me iré de aquí en busca de otros horizontes y sólo el destino sabe si nos volvamos a ver. Pero quiero decirte, lo que desde hace mucho anhelaba: Te quiero mucho Rodrigo, nunca lo olvides. Julián, como lo había prometido, al poco tiempo partió de San Rafael, aquel pueblecito donde había nacido, como equipaje, llevaba sobre sus espaldas el peso de la derrota, una profunda tristeza y un mar de lágrimas que lo ahogaban por dentro y un inmenso dolor que le mordía el alma por no haber podido hacer las paces con su hermano, con aquel chiquillo vivaracho, alegre, que derrochaba bondad en todos sus actos, pero que pasado el tiempo, se había convertido en una un ser insensible, más duro que el acero, pues no logró conmoverlo ni siquiera con los argumentos más convincentes.
Rodrigo seguiría siendo su mayor rival, como muchas veces se lo había dicho, pero nunca sería su hermano, porque estaba enfermo de odio hacia él. Sea por Dios—se dijo Julián—quien sacudió bruscamente la cabeza para no pensar más en su hermano. Abordó un viejo camión de pasajeros que lo llevaría, seguramente a un mundo desconocido, donde no sabía que le depararía el destino, un destino incierto como incierto era también el destino de Rodrigo, que fue incapaz de perdonarlo.