POR MIGUEL ANGEL CASILLAS BARAJAS

Aquella mañana Edward conduciendo un pequeño vehículo compacto habría salido a llevar los bastimentos como cada semana lo hacía a los pobladores de aquel pueblo de la sierra de picachos. Los caminos que conducían a la sierra estaban un poco accidentados por estar en temporada de lluvias. Y aunque en ese instante no llovía, las condiciones del terreno eran pésimas.

Lo que mas le preocupaba a Edward era el regreso, ya al caer la tarde, porque entonces si, podría estar lloviendo y se pondrían feas las cosas, sobretodo en el tenebroso paso llamado: El resuello del diablo un lugar diabólico ubicado en lo mas abrupto de la sierra donde existen unas cavernas que al paso del viento emiten un sonido gutural que enchina el pellejo del mas osado mortal, y el terreno se vuelve prácticamente intransitable en días lluviosos; pero además, se deja caer una densa neblina que tapa toda visibilidad. Todo eso, aunado a las condiciones abruptas del camino y la caída de la noche; hacen prácticamente imposible el tránsito de cualquier transporte terrestre sea motorizado o sea animal. Pero sin embargo a Edward lo animaba el hecho de que el gobierno había anunciado por la radio que se harían las reparaciones necesarias en el camino para dejarlo en las mejores condiciones posibles.

El poblado que visitaría Edward estaba ubicado en lo mas intrincado de la sierra y urgía llevar ese cargamento que contenía medicamentes perecederos para abastecer la clínica del lugar, en esa ocasión, para no viajar solo se hacía acompañar por Alex Bites un historiador ingles que estaba de paso por la sierra dedicando su tiempo a escribir un libro.

Alex había decidido acompañarlo en esta travesía apercibido por Edward de que aunque sería de entrada por salida; dadas las condiciones atmosféricas, no le auguraba a su amigo un viaje muy placentero que digamos; pero como a ambos les encantaba la aventura ninguno de los dos puso objeción alguna.

En fin, el trayecto de ida resultó sin incidencias, con algunas dificultades propias del terreno abrupto pero estas se consideraban como normales, dando tumbos lograron llegar A la Mesa de los ricos donde los esperaría una persona para hacerle entrega de los medicamentos y otros enseres que llevaban en el automóvil.

Mientras que Edward se ocupaba en descargar el vehículo, Alex se entretenía mirando el paisaje, tomando algunas fotografías de la hermosa campiña arbolada, haciendo entrevistas con los pobladores y algunas anotaciones para recopilar información importante para su libro.

Casi de inmediato, después de haber descargado todo, se trasladaron a un pequeño mesón a probar algunos alimentos, y al poco rato, sin pérdida de tiempo tomaron la ruta de regreso.

No habían transcurrido 15 minutos cuando un torrencial aguacero empezó a caer. Edward, detuvo el vehículo para hacer la pregunta obligada a Alex, si continuaban o mejor se regresaban al mesón a pernoctar, y partirían hasta que las condiciones atmosféricas fueran mas aceptables; la respuesta de Alex fue contundente: Ya estamos aquí, ¡vámonos!. A Edward, no le quedó de otra, que secundar la opinión del historiador y seguir adelante.

A medida que avanzaban en el vehículo compacto, el camino se convertía menos transitable y fangoso, no fueron pocas las veces en que se detuvieron a empujar el vehículo para sacarlo del terreno fangoso que cubría las llantas en su totalidad y además no dejaba de llover copiosamente y todavía faltaba llegar Al Resuello del Diablo lugar donde la densa niebla taparía toda la visibilidad y el manto de la noche caería como loza sobre sus cabezas cubriendo todo vestigio de luz irremediablemente, y por ende haciendo que las cosas de tornaran mas complicadas para los dos aventureros amigos.

Hasta en ese momento, el par de amigos comprendieron que la decisión tomada había sido la más equivocada. Empezaron a ponerse nerviosos y a sudar frío con el pánico reflejado en sus rostros; pero ya era tarde para echarse para atrás, iban casi a la mitad del camino y estaban a escasos minutos de entrar en la brecha angosta que los conduciría al laberinto del Resuello del diablo, y eso los ponía más tensos.

Cuando menos pensaron, llegaron a la gruta, hicieron un pequeño alto, al mismo momento en que la neblina los abrazaba dándoles la cordial bienvenida y cubriéndolo todo. Las luces del carro de inmediato se fueron opacando dificultando toda visibilidad posible, aunado a la oscuridad de la noche.

Se encomendaron a todos los santos y emprendieron la entrada al tenebroso lugar. Al llegar a lo más alto de la cima se empezó a escuchar el ensordecedor rugido gutural que producía el aire en las enormes cavernas que parecían bocas abiertas de donde salían horripilantes lamentos diabólicos que helaban la sangre y hasta el tuétano de los huesos, así fuera el más osado y valiente aventurero.

Sin pensarlo los dos amigos iban abrazados prodigándose valor. Cuando de repente, atrás de de su carro compacto aparecieron unas luces muy potentes y altas de un camión enorme que venía rugiendo su motor a gran velocidad abriéndose paso por entre la bruma. Al verlo, Edward y Alex empezaron a agitar sus manos afuera de su vehículo y a gritar desaforadamente para que notaran su pequeño automóvil compacto, sin éxito alguno. Su pequeño compacto iba de incógnito cubierto por el fango hasta el capacete, y las luces igualmente tapadas y opacas. Aparte, la bruma y el espesor de la noche impedían a que otro vehículo los viera. Así que la enorme góndola arenera avanzaba velozmente rugiendo y ya estaba demasiado cerca de ellos a escasos metros de distancia. Las luces cegadoras de alógeno de la góndola inundaban todos los espacios del pequeño vehículo.
En esa brecha diabólica era imposible hacerse a un lado, solo cabía un solo carro en ese espacio. Edward gritó desesperado esperando el inminente impacto: ¡¡¡Agárrate nos va a embestir!! Ambos Cerraron los ojos y esperaron el golpe, pero para su sorpresa el pequeño vehículo quedó debajo de la góndola, así se fueron los dos avanzando juntos por la brecha a gran velocidad. El carro de Edward y Alex corría a la misma velocidad que la gigantesca góndola, ambos aventureros, veían con asombro desde su carro las impresionantes llantas que giraban impetuosas a su lado, medían algo así como 3 metros de altura por 1.30 mts. De ancho sin que pudieran hacer algo para que el chofer de la góndola se percatara de su presencia.

Aparte de todo había que lidiar con la dificultad del fango que hacia que el pequeño automóvil en ratos se coleara para los lados temiendo quedar en una de esas coleadas, por debajo de las enormes ruedas. Otro de los temores de Edward era que la enorme góndola diera vuelta de improviso en algún lugar y los aplastara. En fin los dos aventureros iban con los nervios de punta.

Para ese entonces, Edward quien era el que conducía, ya no tenía visión del camino solo iba cuidando de no chocar contra el enorme camión de carga que avanzaba sin detener su marcha abriéndose paso por entre la espesura de la bruma. Cuando menos pensaron, ya habían salido ambos del resuello del diablo, la lluvia había amainado un poco y la bruma casi había desaparecido en su totalidad. En ese momento, el gigantesco camión hizo alto total, posteriormente vino un especie de saludo del conductor de la góndola con las luces frontales apagándolas y encendiéndolas repetidamente, Edward siguió de largo por el camino con la velocidad que llevaba, y mirando por un costado de su vehículo las señales que le hacía el gondolero. Con el brazo extendido contestó el saludo y agradeció su ayuda agitando su mano repetidas veces para darle las gracias. Al poco rato después llegaban a casa todavía conmocionados por la experiencia vivida. Esta había sido una aventura inolvidable digna de ser compartida con sus nietos.

Ambos amigos comprendieron que quien conducía el enorme camión, era quizás un ángel de la guarda que los había interceptado en el camino para guiarlos por ese paso diabólico hasta llevarlos a sus destinos sanos y salvos.