Por: José Ma. Narváez Ramírez.
Hubo una vez un columnista muy bueno para la ironía, que escribió en El Informador de Guadalajara Jalisco, se llamaba Luis Gutiérrez y firmaba con el seudónimo de P. Lusa. Su espacio era muy buscado por los lectores de ese prestigiado periódico, que ya tiene muchos años viendo la luz en la perla tapatía, y ahora circula a nivel internacional.
El distintivo era hablar de fútbol, pero indiferentemente traía a colación cualquier tópico de actualidad, y sabía dar sabor a sus colaboraciones tratando temas diversos, como por ejemplo las gallinas, los gallos y los huevos (de éstos).
Ahora que está de moda tratar este asunto con la seriedad que no se merece, recordamos a P. Lusa, cuando abordaba los gallineros de los alrededores de su Guadalajara querida, y su majestad el gallo era el que rifaba por la cantidad de hembras que a diario se escabechaba, dejando el papel de sumisa y agachona a su humilde consorte, que después de la pisoteada ésta sacudía las plumas y muy despreocupada seguía buscando entre la tierra su alimento, mientras en su vientre se iban formando como en una cadena interminable (se llama huevera) un rosario de huevos que posteriormente iba ovipositando en algún rincón del gallinero haciendo una gran alharaca, tal vez provocada por la distensión de su orificio que tenía que hacer tremendo esfuerzo por expeler el producto y tardaba en volver a recuperar su original tamaño, soportando grandes dolores.
A veces la dejaban empollar –o descansar del gallo- con un buen bónche de blanquillos que calmaban su cacareo unos veintiún días, tiempo de gesta en que rompían el cascarón los descendientes para empezar una nueva vida. Después la señora gallina, vuelta a las corretizas que le ponía don gallo y otra vez como dicen que decía la recién casada (Vamos pues a padecer)
Nunca se imaginó la emplumada pareja del rey del corral, que un día costaría el humilde –para el proletariado- huevo, 42 pesos el kilo. Todo a causa de una enfermedad aviar que no perjudica a los consumidores –ni de carne ni de blanquillo-, pero que los abusadores comerciantes de inmediato lo escondieron y subieron de precio alegando escasez y procediendo inmediatamente, el gobierno, a importarlo por carretadas, importándole poco menos que madre, que fuera un artículo de la canasta básica, sujeto a precio controlado por ser el alimento primordial de la clase menesterosa y de la media y de la alta
De cualquier manera las gallinas y los gallos ya tienen tiempo que han cambiado sus ancestrales costumbres, por el afán de enriquecimiento del hombre –su principal explotador- condenándola a permanecer enclaustrada, comiendo pura purina y sin volver a saber del acto sexual nunca más, ni pisar el suelo de un corral. Aunque digan esa frase llena de doblez: Triste corral, donde canta la gallina.
Solamente en los gallineros de rancho se puede volver a ver a los orgullosos gallos encabezando su particular harem, prestos a defenderlo aún a costa de su propia vida, y cantando al amanecer y al atardecer (y a todas horas) se la pasa cargando de a rápidito a sus calladas parejas.
Control Señores Control Vaya este pequeño, humilde homenaje para don Luis Gutiérrez (y a mi prima Beatriz Ticha Narváez Palacios, hija de un gran redactor y brillante periodista de El Informador, Lic. Juan Narváez Madrigal –santiaguense bien nacido-), mi agradecimiento por recordarme el nombre de P- Lusa, rey de la crónica humorística plena de fina ironía
(Líneas. Tel. 311 158-66-55).