Por: Juan Fregoso
Con el fin del sexenio calderonista parece que terminó la pesadilla que vivió México. Más de cien mil muertos y otro tanto de desaparecidos serán el estigma de un régimen que se caracterizó por su desprecio a la vida humana, aun cuando su presidente salió de un partido conservador, católico, religioso hasta el tuétano, en los hechos demostró que el sentimiento religioso no combina con lo político, al contrario, evidenció que la religión no debe mezclarse con la política, como lo previó ese gran estadista que fue Benito Juárez.
Benito Juárez promulgó las famosas leyes de reforma, en las cuales se adoptó como regla general e invariable la más perfecta independencia entre los negocios del Estado y los puramente eclesiásticos. Juárez dio al traste con un sin fin de privilegios que ostentaba la iglesia, su gran influencia se vio mermada ante la medida adoptada por el Patricio, aunque posteriormente, al correr de los años, el priísta Carlos Salinas de Gortari les devolvió una parcela de poder, por eso no me cabe la menor duda que actualmente la iglesia sigue influyendo en la vida política de manera soterrada.
El ejemplo más claro fue el arribo a la presidencia de Vicente Fox, quien durante su campaña enarboló el estandarte de la Virgen de Guadalupe, el guanajuatense sabía del enorme sentimiento religioso del pueblo de México, y al parecer, su estrategia le permitió sacar al PRI de Los Pinos, convirtiéndose en el primer presidente de oposición. Felipe Calderón empleó otro tipo de estrategia: sembró el miedo entre la ciudadanía con su lema de campaña en el cual advertía que su principal adversario, el perredista Andrés Manuel López Obrador, era un peligro para México, pero esas palabras finalmente se le revirtieron, cuando con el pretexto de combatir al crimen organizado, orquestó una guerra que cobró miles de vidas inocentes que cargará sobre su conciencia durante el resto de su vida.
Hoy, después de doce años, el PRI recupera la presidencia con Enrique Peña Nieto, quien a pesar de haber llegado al poder también cuestionado por la oposición, para muchos renace la esperanza,—cada sexenio sucede lo mismo—sobre todo de recuperar la estabilidad perdida durante el foxismo y el calderonato. A Peña Nieto se le tiene cierta confianza de que pueda reconstruir un país que quedó ensangrentado por un gobierno insensible, que operó criminalmente en aras de conseguir su legitimación pero que finalmente no pudo, pese a su sobado discurso de haber asestado duros golpes al narcotráfico.
Calderón, más que a gobernar se dedicó al exterminio de miles de mexicanos, sin importar que fueran delincuentes o personas pacíficas. En su guerra fallida no solamente cayeron verdaderos delincuentes, sino que se llevó entre las patas a muchos periodistas y luchadores sociales que nada tuvieron que ver con las actividades ilícitas. El ex presidente simplemente quiso transformar su debilidad, su complejo napoleónico, en fuerza bruta, su bestialidad no tuvo límite, nada lo conmovió, ni siquiera los ruegos de cientos de viudas, tampoco las románticas exigencias del poeta Javier Sicilia, nada lo detuvo en su política fascista y así llegó hasta el final de su nefasto gobierno.
En este contexto, Enrique Peña Nieto recibe un pesado paquete que deberá cargar durante los próximos seis años. Los retos que tendrá que vencer son muchos, pero el problema más grave sigue siendo la inseguridad pública, que por mucho que se diga que la violencia terminó, no deja de ser una falacia, porque esta continúa, aunque en menor medida, pero sigue siendo el problema principal del pueblo mexicano, de ahí que el nuevo presidente está obligado a buscar las estrategias adecuadas para devolverles la tranquilidad a los ciudadanos que aún viven en la zozobra, en el miedo de salir a las calles por temor a ser víctimas de la delincuencia, pues la herencia calderonista se traduce en un pueblo traumado, mentalmente enfermo por la estela de crímenes que marcaron para siempre el subconsciente colectivo.
Empero, el presidente no las tiene todas consigo para borrar de un plumazo la imagen creada por su antecesor, máxime porque en la integración de su gabinete incorporó a políticos de la vieja guardia, verdaderos dinosaurios que han dañado al país, huelga mencionar sus nombres porque todo el mundo los tiene bien identificados, aunque no es de sorprender sus nombramientos que ya se veían desde antes, dado a que jugaron un papel importante en la pre y candidatura del mexiquense, así como de su cuestionado triunfo similar al del panista Felipe Calderón.
Por lo tanto, Peña Nieto tendrá que hacer uso de su habilidad política para convencer a la nación mexicana de que esos hombres a quienes dotó de poder de veras se acoplen a su estilo de conducir los destinos de un pueblo extremadamente agraviado.
En esta columna se ha señalado desde tiempo atrás que uno de los principales obstáculos a que se habría de enfrentar el hoy presidente de la República, era Carlos Salinas de Gortari. Y ese obstáculo ahí está, detrás del mexiquense, de hecho para algunos analistas políticos, el ex presidente más repudiado por los propios priístas, los cuales estuvieron a punto de expulsarlo, son de la idea de que Salinas es el poder tras el trono y de que Enrique Peña Nieto será un presidente de débil, dependiente de los dictados o consignas del grupo Atlacomulco al cual pertenece.
El desafío del presidente de República consistirá en la necesidad de romper el cordón umbilical que lo une a esa especie de secta liderada por Carlos Salinas, si Peña Nieto logra desatar ese nudo que lo relaciona con el pasado, con el viejo PRI, es decir, los dinos contra los bebesaurios; si Peña logra zafarse de la fauna que gobernó México por más de setenta años, habrá ganado el primer raund, pero tendrá que hacer acopio de todo su valor, porque antes que un grupo de vivales está el pueblo de México, por el que Enrique Peña Nieto se comprometió el 1 de diciembre a llevarlo a buen puerto, lo que se podría vislumbrar en unos en unos cuantos meses, ya que por el momento es prematuro emitir juicios sólidos, es demasiado pronto como para dar un diagnóstico de un gobierno que acaba de nacer.
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