Por: Juan Fregoso
Un Estado puede ser agitado por lo que la prensa diga; pero ese mismo Estado puede morir por lo que la prensa calle: para el primer mal hay remedio en las leyes; para el segundo ninguno, por consiguiente la muerte. Francisco Zarco.
Terminó un sexenio que se caracterizó por la violación sistemática de los derechos del pueblo mexicano. Hoy, se dice que el gobierno panista no tuvo la experiencia para gobernar, que por ello incurrió en una serie de atropellos y toda clase de acciones perniciosas que dejaron una secuela en el imaginario colectivo que perdurará durante mucho tiempo; y es verdad, porque el ex presidente se distinguió por su irracionalidad, por su insensibilidad, por su crueldad, por su sed de sangre al desatar una brutal embestida en contra de la delincuencia organizada: el saldo de esa guerra fratricida todo mundo lo conoce..
El asunto es que al llegar al poder otro gobierno bajo las siglas del PRI, con vasta experiencia en el arte de gobernar, muchos pensaron que el escenario político cambiaría. Lamentablemente, no ha sido así. Los asesinatos siguen en todo el país, los ajustes de cuenta o simplemente crímenes aparentemente sin razón alguna, continúan a la orden del día. A escasos meses de que tomó el control el presidente Enrique Peña Nieto, no ha cambiado nada realmente significativo que se refleje en el bienestar de la gente, al contrario, se han venido impulsando reformas antipopulares, como la aplicación del IVA a medicinas y alimentos, incluso la reforma energética que tiende a la privatización de Pemex, entre algunas más, que en nada favorecen al pueblo mexicano, sino que lo perjudican notablemente.
Pero si esta situación es grave, más grave es aún el refinado intento por amordazar la libertad de prensa, es decir, la más preciada libertad del ser humano, puesto que sin ella, no se puede hablar de democracia, ni de igualdad ni de equidad entre los hombres. Atacar la libertad de expresión es un acto cobarde que en vez de exhibir un estado fuerte es todo lo contrario, porque lo que en verdad exhibe es una gran debilidad y un temor profundo a ser juzgado y en un país que se precia de ser auténticamente democrático, debe permitir la libre manifestación de las ideas, porque es un derecho de todo gobernado poder juzgar el quehacer gubernamental de todo funcionario público.
Un derecho que no es una dádiva graciosa del gobierno, sino producto de la naturaleza misma del ser humano, es decir, por el simple hecho de ser persona, por tanto, arrebatarle esa libertad equivale a cortarle la lengua, tal como lo hicieran los esbirros del el dictador Victoriano Huerta, al senador chiapaneco, Belisario Domínguez, uno de sus más acérrimos críticos. Huerta cometió este crimen vanamente, pues la inmolación de Belisario Domínguez, no fue suficiente para detener la oleada de señalamientos por otros valientes periodistas, los cuales sin duda, contribuyeron al derrumbe del gobierno huertista. Este retazo de la historia demuestra la veracidad de la brillante frase de otro gran periodista, Ricardo Flores Magón, cuando él mismo fue perseguido por externar sus ideas: Podrán cortar todas las flores, pero nunca podrán impedir la llegada de la primavera. Y este axioma, en pleno siglo XXI, sigue tan vivo como ayer.
Sin embargo, sucede que en los albores de este gobierno ya han sido asesinados muchos ciudadanos, entre los que se cuenta el homicidio de algunos periodistas; otros han sido amenazados por la fuerza del estado por atreverse a criticar la actuación del gobierno. Algunos otros han sido despedidos de su trabajo, como ocurrió recientemente en el estado de Nayarit, con el reconocido comunicador social, Antonio Fránquez Villaseñor y Omar Gerardo Nieves, ambos fueron despedidos de la empresa periodística en que laboraban, sólo por realizar una crítica sana al gobierno estatal. El primero, en su carácter de director ejecutivo, fue despedido por permitir que la nota pasara; el segundo, evidentemente por escribir la nota que causó el enfado del gobierno; la nota—si bien se lee—no contiene insulto alguno, al contrario, está sustentada en la objetividad, escrita con estricto apego a la ética y a la ley, pero para los cortesanos del periodismo oficialero resultó ofensiva para la imagen del gobernante en turno.
Ante situación, uno se pregunta ¿qué está pasando?, ¿dónde está el estado de derecho, que garantice la seguridad jurídica de los gobernados? Definitivamente, podemos afirmar que no existe un estado de derecho, podrá haber Estado pero no derecho y esto es una contradicción imperdonable, porque se supone que el Estado debe estar supeditado al Derecho y no a la inversa.
El Estado debe ceñirse ineludiblemente a las leyes que lo rigen, pero al salirse de la órbita legal se convierte en una máquina opresora de los derechos de los ciudadanos. En este contexto se ve claramente que no hemos avanzado por la ruta de la democracia, sino que vamos en retroceso y esto es terrible, porque cuando se restringe por cualquier vía la libre manifestación de las ideas se está a un paso de caer en la dictadura, y un gobierno bajo este régimen va directamente al precipicio y la democracia queda reducida a cenizas, a palabras huecas o demagógicas pronunciadas por los gobernantes que temen que se les señalen sus yerros o desaciertos, cuando lo que debería hacer es dar la bienvenida a la crítica sana que no tiene más fin que indicarle que corrija el rumbo, pero quienes ostentan el poder no lo ven de esta manera, lo toman como algo dañino y personal, por eso optan por medidas represivas. No se dan cuenta que al reprimir la libertad de expresión, como dice Zarco, el Estado puede morir por lo que la prensa calle, dicho en palabras del columnista: El Estado se debilita y rompe su esencia ontológica que es procurar el bien común y no la de unos cuantos.
Así pues, siguiendo el hilo del pensamiento de Francisco Zarco, ya no sabemos, en verdad, cómo ni de qué hablar. ¿O es que acaso debemos pedirle permiso al gobierno sobre lo que podemos o no podemos escribir? Si así fuera, todo indica que hemos caído en un estado fascista, lo cual sería catastrófico para una sociedad que aspira a un verdadero estado democrático en el que sean respetadas todas sus garantías individuales, porque ese—al menos teóricamente—es el ideal de un estado de derecho
. El trabajo del periodista no debe circunscribirse a destacar solamente las buenas acciones de un gobierno sino que por ética también está obligado a denunciar los errores, los abusos, la malversación de fondos, el desapego al marco legal, pero cuando la máquina estatal se aparta de estos lineamientos cae en la tiranía, es decir, no estamos frente a un gobierno democrático sino ante un gobierno despótico, enemigo del pueblo que tiene el derecho de estar informado veraz y oportunamente.
. El deber de cualquier periodista es escribir la verdad, aunque ésta generalmente incomode a los hombres del poder, pues transcribir boletines no es más que engañarse a sí mismo, a la sociedad y al propio gobierno, al cual le resulta más agradable encerrarse en una burbuja de mentiras oficialistas que en nada contribuye para su buen desempeño, de ahí que la prensa sea una especie de espejo en donde puede verse reflejada la autenticidad del actuar gubernamental, sin los retoques confeccionados en las direcciones de comunicación social.
Sin embargo, resulta curioso que el espejo tiene la magia de distorsionar nuestra imagen, las cosas, por lo que no son pocos los gobernantes que cada mañana se levanten preguntándose: palabras más, palabras menos: ¡Espejito, espejito! ¿Quién es el funcionario más guapo de este gobierno? Tú, mi amo, responderá evidentemente el espejo. Pero ese espejo es el oficialista; el verdadero espejo en donde deben de verse y preguntarse quien es el funcionario más eficiente es el de la calle, porque es allí donde se proyecta con toda fidelidad y con toda nitidez la imagen del gobierno, lamentablemente los gobernantes no tienen el valor de verse en el espejo del sentir, del sufrir de los gobernados, porque prefieren la bondadosa imagen que les devuelve el espejo del engaño.
Resulta cómico, pero es la verdad. Todo gobernante debe descender al nivel del pueblo, no con poses de protagonismo sino con la intención de conocer y saber qué piensa realmente la gente de todos los estratos sociales respecto al desempeño de su quehacer gubernamental, si así lo hicieran muchos caerán en la cuenta que muchas cosas les son ocultadas, que no son como se las pintan sus lacayos, los que con tal de conservar su chamba les construyen un mundo maravilloso, fantástico, en donde no hay pobreza, sólo bonanza, cuando la realidad es terriblemente otra. Por tanto, es necesario que cualquier gobernante, sea del nivel que sea, no debe creer todo lo que le dice su cohorte de aduladores, sino que debe cerciorase por sí mismo del estado en que se encuentra la entidad que gobierna, un gobierno que actué de este modo estará en mejores en condiciones gobernar e impulsar el crecimiento y desarrollo de su pueblo.
Y la prensa es el instrumento que da voz a los que no la tienen, es al mismo tiempo, el indicador que señala las coordenadas que deben seguir todos los gobernantes, ya que, acallar la crítica no solamente significa vulnerar los derechos de la ciudadanía, sino también autodestruirse como organización política, luego entonces, la solución no está en socavar la libertad de expresión, en reprimir a sus críticos, la solución se encuentra en saber interpretar el mensaje vertido en cualquier periódico, pues finalmente el gobierno podrá liquidar o despedir a todos los periodistas si así le parece, pero jamás podrá asesinar la verdad.