Gracias al señor Benito Damián Jiménez  por habernos enviado esta bella historia: que  trataré de redactarla de la mejor manera posible, y empieza así:

Por Miguel Ángel Casillas Barajas.-


Don pancho fue un gran “amigo ocasional” digámosle así, que un día como cualquier otro entró en mi tienda de artículos deportivos que tenía en el centro de  Ciudad del Carmen Campeche, me disponía a atenderlo cuando me hizo un ademán de alto, con la mano  y exclamó: “solo necesito descansar un poco…. ¿Me permite una de sus sillas?” ¡Si, adelante tómese el tiempo que guste!- le contesté- “acto seguido, se instaló cómodamente en un sillón de rattán que mantengo siempre en el área de espera, y ahí estuvo por largo rato, y como yo en ese momento no tenía mucho trabajo decidí acompañarlo un rato y así logré  cuestionarlo un poco sobre su  vida , de esa manera me enteré que Don Pancho había sido en su juventud todo un trotamundos aventurero, y que incluso había visitado la bendita tierra italiana y   disgustado de los mas excelsos vinos de sus prolíferos viñedos; También me comento sobre la rica variedad de platillos que encierra el gran sazón de la  cocina Española, dándome  una lista interminable de secretos  de los platillos mas suculentos de la  rica cocina real española.

Con ese pequeño “entremés”, me pude percatar que don Pancho era un hombre culto que habría nacido en Aguascalientes y que por alguna razón terminó emigrando a los Estados Unidos para de ahí enrolarse en una barco mercante que lo llevo a los confines mas apartados de este mundo.

Ya en confianza, me pidió de favor que le solicitara una taza de aromático café de una cafetería cercana, cosa que con gusto accedí. Pasaron los minutos y seguimos conversando por largo rato y luego se despidió y se retiro. En los subsecuentes días, siguieron sus visitas, llegando a la misma hora pero ahora se hacía acompañar por un juego de ajedrez, y ya sin consultarme tan siquiera, se sentaba en su silla predilecta de Rattán y en una mesa de metal extendía el juego de ajedrez como gran maestro y me solicitaba que le pidiera el café habitual el cual consumía saboreándolo a tragos pequeños, así pasábamos las tardes riendo de sus anécdotas, chistes y comentarios diversos que él hacía en una forma sana y alegre.

Ese disfrute de la compañía de mi amigo ocasional, había cambiado por completo la monotonía de mi vida que por años la había dedicado solo al trabajo, sin tener un solo respiro para mi; Esa manera de ver la vida sin temor a nada de Don Pancho, alegre y dicharachera  y sus anécdotas mundanas habían calado muy profundo en mi, de tal manera que  su presencia se había hecho casi imprescindible,  a partir de las 5 de la tarde, que era la hora precisa en que acostumbraba llegar, yo dejaba todas mis actividades y me disponía a esperarlo para convivir un rato  alegre y agradable.

Una tarde, no acudió a la cita acostumbrada, pasaron los días, dos semanas, un mes y no supe nada de él, pensé en ir buscarlo ¿ pero a donde? Jamás me había revelado donde vivía ni de que manera sobrevivía, hasta que una tarde a la misma hora que acostumbraba llegar, se me ocurrió asomarme a la puerta y miré  a lo lejos a un hombrecillo perdido entre la gente que luchaba con su propia impericia para dar pasos con una muleta, maldiciendo todo a su alrededor, al acercarse mas, pude distinguir la figura delgada y demacrada de Don pancho que, con muchos trabajos debido a su debilidad mas que a otra cosa, lograba con grandes esfuerzos caminar con la muleta, una vez que lo tuve cerca, acudí en su ayuda, solo así logró sentarse en su silla preferida, una vez descansado hizo un revire con la mirada y notó que lo veíamos extrañados y condolidos al notar la falta de su  extremidad inferior izquierda, que le habían cortado hasta  la altura de la rodilla, tomando aire, hizo una exclamación: “ ¡ que ahora no hay café! –y prosiguió- ¡Yo vine a divertirme un rato y a jugarle a Don Benito una partida de ajedrez y no a que me estén mirando como bicho raro!- y soltó una gran carcajada-”

Acto seguido, tomó las piezas de ajedrez y las empezó a ordenar para iniciar el juego, esa tarde duró la partida mas tiempo de lo acostumbrado, incluso hasta altas horas de la noche, luego se despidió y partió sin aceptar  que lo lleváramos, argumentando que tenía que  acostumbrarse a su nueva vida.

 Nuevamente se repitió la historia, a partir de ese día no volví a saber nada de mi amigo por otro tiempo mas, hasta que un día, me envió un recado con una señora en el que me decía: “Benito, si en algo me aprecias, por favor tráeme un ventilador a la dirección que te anoté, que me estoy quemando”

El siguiente día, era festivo así que algunas tiendas no abrirían por lo que decidí llevárselo hasta el subsiguiente día,  y así lo hice, adquirí el ventilador muy temprano en una tienda departamental y partí a la dirección de la casa que mi amigo me había anotado, al llegar  vi. Que vivía muy pobremente en un pequeño cuarto de una colonia muy popular y que estaba cerrado con candado, de cualquier manera toque varias veces, teniendo un mal presentimiento,  al escuchar los toquidos, salió una vecina y me dijo: “¿Busca a Don Pancho?” Sí –le contesté- y luego agrego: “lo acabamos de enterrar el día de ayer, murió de cáncer”- agregó-

Me desplomé en la banqueta llorando amargamente al saber la infausta noticia de no haber alcanzado a mi amigo ocasional con vida, para despedirme, como tal vez, él me lo estaba solicitando, poniendo  como pretexto:

El ventilador.


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