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18 / Septiembre / 2014

Cuando empezamos a escribir esta nota, no muy lejos de aquí, por la calle Acayapan, acaba de ser atropellado un niño por una camioneta de las que reparten el agua. Su sangre quedó manchando el piso donde el pequeño cayó y no sabemos si el estudiante de primaria murió o los médicos lograrían salvarle la vida. Es un atropellamiento más de los muchos que en los últimos meses se han multiplicado. Este niño vestía uniforme de primaria, color azul y blanco. Los muertos de las últimas semanas también han sido adultos que se entiende, se podrían defender más que un infante que despreocupada o imprudentemente cruza la calle.

Han caído bajo las llantas de ruedas y camiones, hombres y mujeres, ancianos, estudiantes. Los que no han perecido han podido sobrevivir para caminar sobre sillas de ruedas por el resto de su existencia. Lo que ocurre con los atropellamientos, parece ser parte de un desmadre general en el que viven las gentes de Tepic. No sabemos cuantos miles de carros cruzan en todas las direcciones por las calles de la ciudad. Son pocos los agentes de transito los que vigilan el orden en esta población que ha crecido anárquicamente hacia todos los puntos cardinales y en donde una cantidad muy considerable de choferes imprimen exceso de velocidad los vehículos que manejan. Otros llevan media espada adentro, victimas del rascabuchi letal que ingirieron. Se les hace fácil pasar el semáforo en rojo a sabiendas del peligro que corren y en el que ponen a otras personas. Muchos de los que se transportan en vehículos de motor se meten a las calles atestadas casi sin saber nada de conducir y son un gran peligro en movimiento. Sabemos que no han sido repuestos en el Servicio de agentes de Tránsito a mas de 50 elementos que fueron suspendidos.

Las autoridades no son suficientes para ejercer la suficiente vigilancia en tantos sitios donde los accidentes ocurren. Ni siquiera vigilan los semáforos y en las es cuelas cientos de borrachos y crudos inconscientemente andan buscando a quien matar con sus peligrosas carcachas. Las muertes por los aplastamientos de autos y camiones ya compiten con alguna ventaja con los decesos ocasionados por las enfermedades más comunes. Los cirróticos de los escuadrones de la muerte, los cardiacos, tuberculosos, diabéticos, cancerosos, urémicos, suicidas, de pronto se enteran de que otras personas completamente sanas, les han ganado en la carrera final por las barbaridades que cometen esos sujetos que tiñen los empedrados con el rojo de la sangre de inocentes. Los transeúntes tienen que andar con mucho cuidado porque aparte de los automovilistas particulares con todos sus aciertos y defectos, tienen que eludir también a los vendedores de leche, que dan vuelta en las esquinas de las colonias a 70 por hora en sus camionetas participando en una competencia de finalistas.

Tendrán los peatones que saltar a la banqueta más cercana porque allá vienen los locos del Bimbo y los de la Ciel. Los entregadores de carne y los distribuidores de chorizos, aceites, refrescos y bolillos. El movimiento vehicular de Tepic es demasiado grande para ser controlado por 50 agentes destinados para tamaña tarea. El movimiento así explicado falta agregar varias decenas de camionetas de la policía judicial y varias de la municipal que corren a madres poniendo en peligro la vida de los tepicenses. Creemos que una cuidad tan desmesuradamente crecida necesita por lo menos 500 agentes de transito que controlen la situación y no corra tanto la sangre en las calles y no haya moños de luto a la entrada de las casas donde algún niño que seguramente merecía mejor suerte, hubiera perecido.