Por: Paulina Ximena Casillas Escobedo.-
En el mercado de Coyoacán de la Ciudad de la Esperanza, se vende gran diversidad de artículos, que van desde los disfraces, hasta bustos de Malverde para eso de la buena suerte pasando por tortugas que con suerte durarán una vida.
Es en éste mercado en el que descubrí lo maravillosa que puede ser una mini piña, si una mini piña, en éste caso podría decir lo maravillosas que pueden ser dos mini piñas ya que la señora tenía un par en la mano, pequeñas como ellas solas, cada una cabía completita en mi mano derecha y en la izquierda también, debo admitir que mis manos no son necesariamente pequeñas, pero esas piñas de que son chicas, son chicas. Me las vendieron a 10 pesitos, cada una con su tallo, la señora me dijo que era buena idea ponerlas en agua y de esa forma me iban a durar más - tomando por hecho que no iba a consumirlas- así pues cuando caminaba detrás de mi madre toda orgullosa con mis piñas la gente que se detenía a verlas no podía más que decir que se veían todas lindas.
Así pasaron los días y mis maravillosas piñas se fueron secando poco a poco, pasaron de vivir en mi casa con mis padres a su nuevo hogar en GdL donde estudiaba. Llegó el momento en el que estaban tan secas que no me quedó otra alternativa más que meterlas al congelador para que se mantuvieran más o menos decentes, claro que las secuelas se notan y se ven resecas y con falta de agua, pero siguen conservando su forma y su pequeño tamaño. Por supuesto, aunque estén secas, cada que se da la ocasión, las presumo a mis amigos y visitantes que llegan a la casa, es así que se fueron dando a conocer entre las personas que me rodean, causando claro, diferentes expresiones como admiración, asco o sorpresa.
Uno o dos años más tarde, un amigo fue de paseo por las playas de Nayarit, inevitablemente se acordó de mí, ya que visitó San Pancho, pueblo mágico que yo le recomendé que visitara cuando tuviera la oportunidad, cosa que hizo. Después de su viaje - como ya es costumbre- me trajo un pequeño regalo, que consistió en otra piña un poco más grande que las dos que ya le había presumido, pero más redondita y bonita, y unos dulces de cajeta, mismos que son sus favoritos. El regalo me conmovió ya que no sólo pensó en traerme una pequeña piña que para otros podría ser insignificante, si no que compartió conmigo sus dulces favoritos, esto hizo que me diera cuenta de que aunque uno cree que ya no le ponen atención, llega un regalo tan simple como una piña que en realidad tiene todo una historia detrás y aún sin comerlo, llena tanto el corazón como las tripas de algo más que comida.