Por: Paulina Ximena Casillas Escobedo

Era una mañana como cualquier otra, de un día aparentemente como cualquier otro, pero en la casa de esa familia, en ese pequeño pueblo costero, acaba de acontecer algo maravilloso, una nueva vida acaba de llegar al mundo, llorona como ella sola, ha llegado a convertirse en la luz de los ojos de más de un pobre desprevenido. Llegó partiendo plaza para ser la primera en la dinastía femenina de esa familia, que en ese entonces contaba con sólo 3 integrantes, desde que sus padres la vieron, supieron que había llegado para quedarse y dejar su huella siendo ella, como sólo ella lo sabe ser.

Desde que nació, ésta pequeña criaturita ha sido bendecida con el don de la primavera, en su boca lleva el sol, ya que con sus palabras calienta el corazón de cualquiera; en sus manos tiene las flores, que con la suavidad de la seda, tocan y armonizan el lugar que ella quiera, en cada paso que da, se puede escuchar el cantar de los pajaritos, su gran melena alborotada contiene un millón de mariposas que siempre revolotean y su sonrisa, por la noches refleja el hermoso brillo de la luna llena.

Apenas empezó a caminar, se hizo como mejor amiga a la gracia, con ella mueve sus brazos y caderas al ritmo de una canción que sólo ella escucha cuyo ritmo se puede asumir viendo el ritmo que lleva el movimiento de sus caderas. Talón, punta, talón punta parece decir mientras camina con la cabeza alta y la sonrisa coqueta.

Sabia como un búho y bonita como una mariposa, revolotea por el pavimento repartiendo alegría a todo el que se deja, muchos quieren conocerla, todas quieren ser como ella. Fuerte como un roble y delgada como una hoja desde pequeña supo que su camino iba a estar colmado de cosas buenas, no escatima ni en sonrisas ni en abrazos, su risa escandalosa contagia de alegría la vida de cualquiera y sus pequeños ojos rasgados colmados de seguridad y paciencia guían su camino largo y pausado hacia la independencia.

Ya algunos años pasaron desde esa mañana aparentemente normal en aquel pueblito costero, ahora la pequeña niña es una mujer hecha y derecha, lejos del pueblo que la vio nacer, despliega sus alas esperando la brisa que la eleve llevándola a donde sólo ella sabe que va, acompañada siempre de sus amores, sostenida siempre por sus virtudes, vuela libre como las aves, mientras nosotros, los mortales, simplemente damos gracias a Dios por su existencia.

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