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09 / Febrero / 2016

Soy una mujer de ciencia, incrédula, desconfiada, recelosa, suspicaz, escéptica y agnóstica, no creo con facilidad en las cosas que no veo o que no se han probado como evidentes aunque estén aceptadas o consensuadas por la mayoría. He laborado durante tres décadas de mi vida en el Área de Ciencias Físico-Matemáticas de la UNAM donde desarrollamos históricamente los campos del conocimiento en México y del empuje de la investigación mundial de frontera en los mismos, impulsando el avance de conocimientos que nos llevan a comprender y aprovechar mejor la realidad en el área científica.

Tengo en mi haber posgrados, doctorados y maestrías en por ejemplo, energía renovable, radioastronomía y astrofísica, y nanociencia y nanotecnología. Todo este preámbulo se presenta para que no quepa la menor duda de lo que está a punto de exponerse es sustentado en el estudio científico y aquello que no lo fuese queda abierto al campo de la investigación del interesado para aportar así su juicio sobre la hipótesis extraída del siguiente caso. Jesusa Rodríguez (la Chuchis, de cariño) mexicana nacida en Tuxtla, de 47 años, madre de dos hijos varones, Leo y Nacho, ambos en edad de primaria.

Estudiamos juntas hasta culminar el bachillerato, ella se inclinó a las ciencias sociales, pero eso no afectó nuestra amistad, al contrario la unió de manera trascendental bajo la retroalimentación que nuestras distintas profesiones nos conferían. A Chuchis no le gustaba llorar, nunca lo hacía, contaba su madre de manera reincidente la famosa anécdota del parto, donde su hija no derramó ni gota de llanto. Cuando no alcanzaba a recoger dulces que caían de las piñatas no lloraba, tampoco al terminar alguna relación amorosa y mucho menos al morir su mascota de toda la vida, ya quisiera ser yo así, pero no, soy todo lo contrario, incapaz de contener las lágrimas, cuando escucho la canción del comercial de coca cola, si mis hijos sacan diez de calificación o cuando reencuentran familias en los talk shows. Era una mujer fuerte, nada le hacía mal, ni siquiera el tarado de su marido. Y digo lo de tarado porque con muchos méritos se ganó ese adjetivo, sería incluso irrespetuoso llamarlo por su nombre. Chuchita no tenía motivos evidentes para llorar, gozaba una buena vida, trabajo y familia, nada le faltaba, pero este tal Leonardo (el tarado) vino a desgraciarla. Esa sonrisa que la caracterizaba tornó en una ineludible línea recta pintada en su rostro, con el carácter siempre amargo, los hombros encogidos, el ceño fruncido y la paranoia germinada de inseguridad. Y es que era irrebatible el comportamiento desleal del hombre, exhibiéndose en cualquier paraje con sus múltiples conquistas, en las narices Chuchita. Mil y un razones había para hacer brotar su llanto. Antes de fallecer Jesusa me contó que experimentaba cambios en su cuerpo, la orina aparecía involuntariamente por las noches, lo suponía al ver su cama empapada cada mañana, asumimos que sería adecuado usar pañal, sin embargo días después constatamos que el líquido era solo agua, recurrimos a la siguiente posibilidad, el techo de su habitación fue impermeabilizado sin éxito, se compró un colchón nuevo e incluso instalamos cámaras para verificar que no le estuvieran jugando una mala broma. Todo aquello fue inútil. Decepcionada, optó por mudarse al baño, su nuevo lecho fue la tina. En los seis meses siguientes aquella mujer utilizó cuatro nuevos trajes de baño. Con la apariencia de una anciana, la piel hecha pasa de tanta humedad penetraba los poros causándole profundas arrugas por todo el cuerpo. Durante aquella época noté que su cordura, antes regular, variaba: de repente se aceleraba, o se detenía y se quedaba allí con las piernas balanceándose en el agua y las manos aferradas a la bañera.

Consecuentemente el fútil de nombre Leo, tomaba ya como hábito ordinario sus relaciones extra maritales con pubertas de baja ralea, llevándola a profundas depresiones aunado al descuido personal, y él huyendo y ella hundida y el más lejos y Jesusa cabando su tumba de sustancia muerta orgánica, petrificada de tristezas secas- corteza terrestre. Esperando solo el día que su fuerza se agotara y pudiera echarse al pozo, hasta lo profundo y desaparecer de entre los vivos, como el agua que entre la tierra se absorbe, así sin decir adiós. Esfumada el alma. El día de su muerte me llamaron temprano del hospital, había sufrido un paro cardíaco, tras varios estudios afirmaron que no estaba ni cerca de padecer colesterol alto, diabetes o algo referente, su salud era excelente, Dijeron los doctores había sido un mal coraje (como si los buenos existieran) el estrés tensó los músculos del corazón fulminado en un instante su vida. No conforme me fui buscando una respuesta sin saber qué encontrar. Ocurrió en febrero. Daniela, la menor de mis hermanas, solía trabajar como intendente en el hospital central de la ciudad de México, fue ella mi única cómplice por haberme prestado su uniforme y llevado hasta mi hogar. Acudí al hospital en el turno nocturno luciendo el vestuario azul cielo que camufla a las trabajadoras, a partir de las 2am se quedan dormidas por lo que se facilita el trabajo, Llevaba dos días mi amiga en un congelador, lo abrí, el agobio me vino de golpe y los huesos se me deshicieron en espuma entonces volví en mí dándome cuenta del horror que estaba cometiendo, un cadáver desgreñado, morado, se me doblaron las rodillas, sentí un brazo dormido, el rostro entumecido; introduje su cuerpo en el contenedor de basura, transcurrió un tiempo infinito o tal vez un instante al cruzar el pasillo, esperaba Daniela en el auto, creyó que había enloquecido sin vuelta, tenía una expresión de tristeza e infinita fatiga. Me quitó la bata ensopada en sangre buscando las heridas que yo no tenía, vomité un líquido rojizo como si hubiera tragado sangre ajena. El estruendo de tanta actividad fue reemplazado por un silencio espectral. El pie sin voluntad presionaba el acelerador incrementando la velocidad. Estaba luchando como leona pensando revivirla, sepultada de dolor. Apenas llegamos a casa corrí hasta la puerta, desesperada abrí la cerradura, Daniela se marchaba, arranqué el cuerpo inerte del suelo y corrí hacia la pieza de mi hijo mayor, ( quien me abandonó hace meses, le llamaría cobarde, lo peor que puede hacer un hijo es cambiar a su madre por un romance pasajero) empecé por brindarle algo de calor, teníamos pocas cobijas, porque la mayor parte había sido destruida en el incendio que sufrimos tiempo atrás, no lograba calentarla, daba tristeza verla así. Me endurecí por fuera y se me ablandó el alma, el cuchillo más filoso, la herramienta que partió en dos su carne, sin pensarlo fui directo al pecho, la pulpa ensangrentada dio paso a un hinchado órgano, estirados los tejidos simulando una bomba de chicle mostraban por completo el sistema linfático.

Una de las punzantes venas que sobresalía colgaba adherida al pezón izquierdo, la sangre pintaba el agua color rojo, viajaba a través de ella brotando a chorros por el orificio mamario, a fuerzas el corazón repetía un vaivén que iba perdiendo intensidad a medida que el tiempo pasaba .Sin dudarlo arranqué el arete que llevaba puesto, lo clavé súbitamente al inflado globo, imitaba el tamaño de su senos, era inmenso, logré reventarle. El agua pintada de rojo salpicó mi cuerpo y la habitación entera, un silencio espectral inundó la habitación, mi asombro fue gigantesco al ver que debajo de ese bolso de tejidos se encontraba un corazón latente, rojo, lleno de sangre y vida, los ojos de Jesusa se abrieron lentamente y mi horror nació, echó un estruendoso grito y de un sopetón comenzó a llorar. Lágrimas y lágrimas brotaban de sus ojos, aventaba berridos, estaba asustada, confundida y experimentando el llanto por primera vez, no tuve otra opción, llamé a la ambulancia. Quedaron asombrados al verla con vida, una patrulla los acompañaba, me acusaron de hurtar el cadáver, también por intentar asesinarla. Me encuentro ahora en el penal Estatal de México, desde aquí escribo abiertamente pidiendo ayuda, he sabido de la buena salud de Jesusa, le cosieron el pecho, desaparecieron los restos de la bolsa de cuero que guardaba sus lágrimas, la única evidencia que podría respaldar mi inocencia. Nadie cree en mi versión, Daniela mi hermana dijo no saber nada, ahora los doctores salen con el cuento de que se sufrió un coma de estrés temporal y que la tenían en un cuarto encamada en recuperación, no aceptan su negligencia. La verdad es esta y aunque suene increíble es real, el corazón de Cuchita estaba envuelto por una bolsa donde las lágrimas de toda su vida quedaron atrapadas, este se inflamó por el estrés que le causaba Leo, la presión hacía que expulsara el líquido a través del pezón izquierdo, por ello los sucesos previos donde encontrábamos su cama mojada. Dicho esto, convoco a la comunidad científica y a las autoridades a dar seguimiento del caso, sigo presa por haber salvado una vida, es injusto el trato que estoy recibiendo. Jesusa, las lágrimas consuelan del pasado y también del futuro, te pido te separes de Leonardo, apóyate en tus hijos, llegará el día en que ya no sentirás ese amor, más vale vivir despellejada que morir. Seguiré contando interminablemente lo sucedido, hablaré de mi inocencia, de la verdad y de mi esperanza.