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Actualmente existen evidencias claras de que algo está cambiando en la familia. Los pronósticos pesimistas de muchos autores que defendían la tendencia de la familia a desaparecer, que ponían de manifiesto una crisis familiar casi insuperable, que hablaban de la pérdida de las funciones que mantenían viva a la familia, etc., van dejando paso a un discurso más esperanzador. Quienes hace más de dos décadas se atrevieron a profetizar la muerte de la familia, poseen ya motivos más que suficientes, ante la evidencia histórica, para empezar a rectificar su pronóstico. La familia sigue existiendo, y sigue prestando un servicio insustituible al desarrollo individual, la familia sigue siendo una realidad y un proyecto en el que se continúa creyendo, en el que se invierte la mayor parte de las energías personales, y del que se espera que sea la fuente principal de nuestra satisfacción individual. Se ha iniciado una etapa de revalorización de la familia como elemento clave y de vital importancia en la formación de los hijos. Es en el interior del contexto familiar donde se proporcionan a los hijos experiencias de aprendizajes que les acompañarán de por vida, se les brindan los valores que se consideran esenciales para sobrevivir dignamente, se establecen fuertes lazos afectivos y se transmiten normas o pautas de comportamiento. La familia ha de recuperar la parte de responsabilidad que le concierne en cuanto a la transmisión de valores y el aprendizaje de normas, responsabilidad que tan fácilmente ha cedido a otras instituciones. Vivimos actualmente en una sociedad postindustrial, sociológicamente laica y caracterizada por la revalorización del bien individual frente al bien social, por la potencialización de situaciones competitivas, por el predominio de valores económicos y por el consumismo, entre otros factores. La familia, como institución social que es, no puede caminar muy alejada de esta realidad, pues también ha sufrido un proceso de ‘laicización’, se ha visto fuertemente afectada por la revolución tecnológica. Paralelamente a los cambios sociales, la unidad familiar ha experimentado sus propias modificaciones internas, ha tenido que ir adaptándose y transformando su organización y su estructura, así como su contenido, es decir, se ha producido un cambio en las funciones que estaba acostumbrada desempeñar. Pero sin lugar a dudas, la consecuencia más drástica ha sido la pérdida, si no total, al menos parcial, de una de sus funciones básicas que la llenaba de sentido: la familia como transmisora de valores.

Durante mucho tiempo, la familia ha sido considerada como el agente socializador más importante en la transmisión de valores, pues proporcionaba el clima de acogida y afecto necesario para que las nuevas generaciones fueran interiorizando pautas de comportamiento cívicos. Pero una serie de hechos de gran valía social como la incorporación de la mujer al trabajo, la revolución tecnológica, la generalización y el carácter gratuito de la enseñanzas en las instituciones escolares públicas, los cambios del estilo de vida, etc., contribuyeron a que los padres descuidaran la labor educativa, disminuyeran la atención y el cuidado de los hijos, redujeran considerablemente el tiempo que comparten con ellos, se forjaran menores expectativas con respecto a los niños y no planificaran su acción como padres, entre otras cosas. Ni siquiera ha habido una normativa familiar clara. Todo ello ha tenido unos efectos devastadores, pues surgieron los problemas de indisciplina familiar (en los medios informativos podemos recoger casos de hijos que maltratan física y psicológicamente a sus padres), aumenta la delincuencia callejera, se habla de una crisis de valores, de un excesivo libertinaje, y del abuso de las drogas, de conflictos escolares. En un intento por explicar y corregir algunos de estos problemas, muchos autores empezaron a defender una mayor responsabilidad por parte de la institución escolar, de una educación no centrada exclusivamente en los conocimientos y la información, sino también en la formación en valores.

Cuando hablamos de educación necesariamente nos referimos a los valores, a algo valioso que queremos que se produzca en los educandos. De otro modo, no habría un acto educativo. Tendríamos en todo caso, aprendizajes de ‘algo’, pero desde luego no estaríamos ante acciones educativas. La escuela basada únicamente en la transmisión de la información ha perdido toda su razón de ser. Hay más información de la que podemos soportar. Ya no hay un lugar y una edad para el aprendizaje. Entramos en la sociedad del aprendizaje y en la vida del aprendizaje. No obstante, aunque la información en cuanto tal ya no necesita la escuela, y aunque la escuela basada solo en su transmisión ha perdido toda legitimación, no puede haber escuela sin información y la información sin escuela nos convertirá en esclavos.

Se confiaba en el poder configurador del sistema educativo formal para proporcionar experiencias que hicieran posible que los alumnos se apropiaran de una cierta escala de valores y la interiorizaran. Desde los 90’s, con la implantación de nuevos sistemas educativos, se consiguió reconocer legalmente la importancia que posee la escuela para la educación valoral. La escuela ya no tiene un único objetivo que cumplir, a saber, la transmisión de conocimientos (aprendizaje tradicional y academicista), sino que además ha de ser transmisora de valores. Se ha logrado un gran cambio cualitativo en el sistema de educación, de modo que el aprendizaje de la justicia, la igualdad, la solidaridad, el respeto, la tolerancia, la amistad, el cuidado del ambiente y la formación moral llegó a considerarse, al menos, de igual importancia que el aprendizaje de las operaciones matemáticas básicas y la lectoescritura. Sin embargo, en poco tiempo, hemos pasado de un extremo al otro, llegando a alcanzar una excesiva escolarización de los valores. La escuela se ha centrado en transmitir la parte cognitiva del valor como si se tratase de una disciplina más, cuando en realidad, la educación en valores requiere de un conjunto de experiencias que han de ser vivenciadas por el alumno en su contexto más inmediato, no exclusivamente el escolar, sino en diversos ámbitos, especialmente el familiar. Además, para que realmente se dé una apropiación del valor, es necesario también que estas experiencias mantengan cierta continuidad en el tiempo, pues las experiencias puntuales no consiguen calar en el interior de los educandos, se convierten en algo efímero que se perderá rápidamente. Solo cuando el valor es puesto en práctica por el propio educando, cuando tienen una experiencia personal de su realización, es cuando podemos afirmar que se ha producido un aprendizaje o una apropiación del valor. Para que se pueda hablar de apropiación de un valor, éste ha de constituir un pilar fuertemente enraizado en el individuo, consistente y con la solidez suficiente para poder sobrellevar de manera correcta las experiencias de contravalor con que se encuentra a diario a lo largo de su vida; no dudamos que la escuela puede desempeñar una función importante en dicha tarea, pero como se ha dicho desde el principio, nunca podrá sustituir el papel que para este fin corresponde a la familia. Hasta la próxima. Conferencista y Terapeuta Familiar. Consultas Celular 311 136 89 86.