René Morimoto
El primer día que llegue a vivir a la ciudad de Tepic un compañero de trabajo me dijo, Amigo, aquí es una ciudad muy tranquila con decirte que todavía se puede dormir con la puerta abierta, en el momento que empiezo a escribir esta nota en mi mente 7 años después, estoy boca abajo sobre el piso amarrado de pies y manos, escuchando como dos hombres armados registran mi recamara.
Mi esposa está adentro de la recamara, mi hijo de 5 años que tiene la costumbre de escapar a media noche a nuestra cama está dormido a su lado. No puedo escuchar lo que está pasando, la excitación me está asfixiando por que uno de los asaltantes que entraron en la casa me puso algo en la cabeza que me tapa la nariz y la boca, no puedo respirar, oigo voces muchas voces, en ese momento dudo en la cantidad de los asaltantes, ¿son dos o cuatro? ¿Cómo entraron?, ¿qué es lo que quieren? ¿Robarnos? ¿Violar a mi esposa? ¿Robarse a mis hijos?
En ese instante son todas preguntas sin respuesta, los minutos se hacen eternos, creo que puedo zafarme, si escucho que mi esposa grita me voy a zafar. Y luego ¿y luego qué? ¿Voy a forcejear con un hombre armado?
Después de unos minutos, las voces van cesando hasta que hay un silencio, creo que ya se van, entonces escucho la amenaza – Vamos a salir, si te levantas o te mueves antes de diez minutos regresamos a matarte a ti y a tu familia –. Después de eso, la puerta se abre y se vuelve a cerrar, los asaltantes salen de mi casa.
Días después, ahora que quiero concluir esta nota, son muchas las cosas que recuerdo, la voz de mi esposa en la obscuridad llamándome y preguntándome si no me habían lastimado, el esfuerzo para desamarrarme y correr hasta el teléfono público más cercano, el desinterés de la pareja de policías que llego a la casa veinte minutos después y su casi insistencia de que no servía de mucho denunciar, -de todas maneras no va a haber más vigilancia- dijeron.
También recuerdo que al día siguiente los dedos de la Licenciada del ministerio público tecleaban mi declaración rápidamente haciéndome preguntas como si fuera una película o un capitulo de serie criminal. Mi caso no le provocaba mayor sobresalto que el enfado del burócrata que ya quiere comer. No la culpo, yo también siento hambre ahora, además de ganas de correr a mi casa con mi esposa y mis hijos, ganas de correr a cerciorarme de que puertas y ventanas estén bien cerradas y de que no me van a volver a asaltar, aunque eso no lo puedo asegurar, ni las autoridades estatales ni municipales pueden asegurarlo tampoco. A ninguno de nosotros.
Hace un par de semanas autoridades estatales y municipales solicitaban a los medios hacer un periodismo serio y de no fomentar la rumorología, bueno para hacer mi parte agrego a estas letras el numero de la averiguación previa que es el siguiente: tep/I/ exp/3118/10 que presente en el ministerio público, dando fe que lo que relato es verdad.
Me gustaría pensar que mi denuncia hará la diferencia, aunque sospecho que servirá de poco, todos sabemos que la violencia se ha colado hasta la sala y tiene maniatada a la sociedad, que impotente observa como la tranquilidad de esta ciudad se evapora como el agua de los charcos.
¿Y al final que es lo que nos queda? Frustración, impotencia, deudas para pagar, reponer lo que nos robaron, en fin, desanimo, nostalgia por un tiempo de paz y tranquilidad que ya solo vive en el recuerdo y en los discursos. Tepic pasó de ser una de las ciudades más seguras a ser un ejemplo de cómo la inseguridad se precipita sin control y en ese vértigo nos arrastra a todos, no importa si estamos o no listos para afrontarlo.