Por: Miguel Angel Casillas Barajas

Aquella tarde lluviosa del mes julio, había llegado a ese camastro de la crujía 227 del centro médico de occidente, era una de las no pocas ocasiones en que estuve en terapia intermedia en ese nosocomio, reviré desde mi camilla con la mirada para observar a mis nuevos compañeros de cuarto. Que en esa ocasión se debatían al igual que yo entre la vida y la muerte, ahí estaba en una cama contigua Don Agustín, un señor que en sus buenos tiempos fue robusto y que ahora la piel le colgaba como sábana por todos lados, Don Guti, me recordaba, cuando yo estaba chico que me ponía los trajes de mi papá y me quedaban así de holgados, en fin, con una sonrisa lánguida y su mirada perdida en el horizonte, sin alientos de nada, me dio la bienvenida. En la última cama, la que daba a la ventana de la calle: Don Ramón, al que desde mi ubicación solo le alcanzaba a ver sus larguiruchos pies, quizás era la persona de mayor edad de los tres pacientes que ocupábamos esa sala de terapia.

Don Ramón, quien sabe de que influencias gozaba el tipo- me preguntaba- para que le permitieran escuchar la radio habiendo tantas restricciones en ese centro hospitalario. En aquella ocasión, recuerdo que sintonizaba la estación XEB. El sonido de su radio lo tenía graduado muy bajito, bajito, casi inaudible, que nos obligaba a todos los que estábamos en la sala a que estiráramos el pescuezo y agudizáramos el oído, para tratar de robarle a Don Ramón, tan siquiera algunas notas musicales de su radito de transistores. Fue en esos momentos que pude darme cuenta que cuando el dolor y la amargura se conjugan, la música, es el arpa de los dioses que evoca al espíritu y sus notas son la mejor terapia para todos los males; de seguro que Don Ramón como gente de mundo que era, lo sabía muy bien por eso se hizo acompañar de esa radio. Pero aparte y como colofón, el locutor parecía conocer nuestras angustias y sufrimientos y le ponía mayor énfasis a la programación musical de esa tarde, a tal grado que nos tenía absortos escuchando un desfile de éxitos románticos con los mejores tríos de México que a todos los que estábamos en esa sala de terapia, nos hacia vibrar recordándonos aquellos pasajes bellos de nuestra juventud, cuando el amor florecía a plenitud en nuestros corazones.

No hay filosofía para poder reseñar ese momento, el ambiente no podía ser más cálido y bello, que borraba de tajo toda la imagen que yo me había creado de una estancia de Cuidados intensivos. ¡El tonto de mi!, me había imaginado que esa sala sería como una enorme mazmorra tétrica, maloliente y oscura llena de murciélagos a donde llegaban los doctores aventando cuerpos esqueléticos a diestra y siniestra, apilándolos como ladrillos para ser cremados; sobretodo a los enfermos mas desahuciados o infectos, para que de una vez por todas se fueran al valle de las calacas y dejaran de estar moliendo en este mundo vil, y representando una pesada carga, para el raquítico presupuesto del IMSS.

En fin, cavilando todo eso, y envuelto entre voces y acordes de guitarra de los mejores tríos, pude conciliar el sueño. Fue hasta la mañana siguiente muy tempranito cuando desperté, que vi como llegaban doctores especialistas a saludar a Don ramón, entraban y salían trompicándose entre si, para ponerse a sus ordenes y ofrecerle sus respetos y tratar de brindarle las mejores atenciones posibles en su estancia, mientras que Don Agustín y yo, solo observábamos ese gran desfile interminable de eminencias médicas que se desvivían por atenderlo, a diferencia, de las pobres atenciones que nos prodigaban a nosotros, que eran casi nulas. Después me enteré, que en efecto, se trataba de un pez gordo de la política nacional, líder de un sindicato muy importante y poderoso que habría recaído por un añejo problema de salud en la próstata.

Al poco rato, se llevaron a ese importante personaje a la sala de operaciones, detrás de él iban como en una procesión, una numerosa comitiva conformada por políticos, enfermeras, especialistas, funcionarios del hospital, familiares, amigos etc. etc.

Aunque Poco Después, pudimos enterarnos por conducto de sus familiares que Don Ramón debido a su edad desafortunadamente no la había librado.

Entre todo ese alboroto que se armó prácticamente se olvidaron de nosotros y de la radio de Don ramón, que seguía tocando divertida en la sala de terapia entonando sus mejores canciones. Y como si estuviera dotada de algún espíritu bonachón, Su influencia musical había sido vital para nosotros, que hizo que nos recuperáramos totalmente Don Guti y yo. Y a los pocos días, salimos del hospital renovados y totalmente alivianados de todos nuestros males; que a lo mejor eran psicológicos, quien sabe, pero gracias a la musicoterapia que habíamos recibido sin querer; ésta, de manera milagrosa nos había devuelto nuevamente a la vida. Y Virtud también, vale la pena decirlo, de ese gran personaje de la política nacional, con el que tuvimos el gusto de convivir una sola noche sin tan siquiera conocerlo, que nos legó amablemente su famoso radito de transistores.