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17 / Octubre / 2017

Allá a principio de los años 90 del siglo pasado, un amigo nos invitó a mí y a otros compañeros de trabajo a estrenar la antena parabólica que había comprado su papa, mirando precisamente un juego de campeonato de las grandes ligas de béisbol. Lo recuerdo bien porque también era un mes de octubre.

Uno de los ahí presentes al ver el estadio de primer mundo, nos dijo que ya faltaba poco para tener aquí en México estadios de béisbol iguales que ese, por lo que soltamos la carcajada de incredulidad. Quien había dicho esto nos espetó que si no habíamos oído al entonces presidente Carlos Salinas de Gortari que con el Tratado de Libre Comercio (TLC) que estaba promoviendo con los USA y Canadá, a nuestro país se le abrirían las puertas del primer mundo. Tal vez pensaba nuestro compañero que de la noche a la mañana aquí tendríamos una vida similar a los USA, claro que no en cuestión económica porque allá también hay pobreza, hambre y frio que padece una gran mayoría de habitantes, sino en cuestión de infraestructura como amplias y modernas autopistas, edificios habitacionales y de oficinas, grandes fábricas armadoras de todo tipo de maquinaria, pero sobre todo, grandes extensiones de terrenos cultivados y sembrados con alta tecnología de punta y un largo etcétera de comparaciones que por supuesto solamente llegaron a existir en la imaginación de unos cuantos ilusos que se creyeron a pie juntillas todas esas mentiras emitidas por Salinas de Gortari.

Para muchos de los mexicanos de la generación nacida a mediados del siglo XX, se nos formó un escepticismo que se convirtió en crónico arraigándose cada día más y más a través de que pasaba el tiempo, debido a que en los sucesos del fatídico 2 de Octubre (no se olvida) se nos hizo ver que nada era cierto respecto a que vivíamos en una democracia llena de supuesta libertad, pero que ahí se nos hizo ver para que comprobáramos muchos de los jóvenes físicamente de aquella época, de que todo era un cuento de hadas que se podía desbaratar en cualquier momento porque todo era una máscara, un maquillaje mal sujetado que se desvaneció al primer grito de la ciudadanía exigiendo justicia; tal y como diez años antes se les había hecho ver a las clases trabajadoras y obreras del país con los acontecimientos de los médicos (como en el 68) y el movimiento ferrocarrilero (1958-1959), en donde la represión, persecución y encarcelamientos fueron la respuesta a las demandas de mejoras salariales y mejor servicio de médicos y medicinas.

Han pasado ya 23 años de que se anunció con bombo y platillo (aunque en parte fue opacado por el aparente levantamiento del EZLN en Chiapas) la supuesta entrada de México al primer mundo, ¿y? En realidad el grueso de la población no resintió para bien el mentado TLC, al contrario, todo ha sido peor, porque se perdieron infinidad de empleos bien o mal remunerados pero empleos al fin y al cabo, y la posibilidad de estar en un trabajo toda la vida productiva de una persona hasta salir jubilado del mismo o pensionado en su caso, es decir, trabajo permanente; así como la pérdida de las prestaciones y conquistas laborales aunadas a la cancelación de los Contratos Colectivos de Trabajo que, hoy en día distan mucho de ser los de antes de dicho tratado. Pero el sector que más se ha visto perjudicado por el dichoso TLC ha sido el del campo que ha sufrido un detrimento en su base estructural de alarmantes dimensiones. Claro que se podrá decir que ahora vuelven a resurgir los grandes latifundios y que estos ahora emplean a una gran mayoría de los antiguos ejidatarios; pero mucha de la juventud campesina ya no quiere oír ni hablar de lo que fue el campo de sus padres porque los ven sufrir las calamidades que trajo consigo el TLC que si benefició a alguien, fue precisamente a la burguesía del país y no a los campesinos de siempre.

Con la renegociación del TLC, vuelven a surgir voces que como en los años 90, aducen que este no es más que una extensión de aquellos tratados –acuerdos, llaman algunos analistas- de Bucareli que firmó Álvaro Obregón para tener que ser reconocido como Presidente de la República Mexicana por parte del gobierno gringo de aquel entonces en 1923. De dichos acuerdos se ha dicho mucho, hasta de que fue una abierta traición a la Patria y por lo mismo, se han convertido más bien en leyenda urbana, pero de que fueron perjudiciales para nuestro país, vaya que sí lo fueron tal y como lo es el TLC. Entonces, ¿a quién le debe de preocupar más que no vuelva el TLC?