Por: José Ma. Narváez Ramírez.

Cuando veo, leo y oigo las tremendas mentiras que nos envían los encargados de transmitir los partidos de fútbol, haciéndonos sentir que ya merito la hacíamos y las echadas con las que se adornan ciertos candidatos labiosos y habladores que barruntan ilusamente suceder al Gobernador Ney González Sánchez, (y algunos hasta se la creen), me transporto a aquellos tiempos en que mi padre, como cazador, incursionaba por las agrestes regiones (tan plenas de belleza esplendorosa y plagada de peligros, pero rica en un colorido majestuoso y una colosal variedad de árboles, flores, aves y animales diversos, en su mayoría hoy en extinción) que poblaban la sierra nayarita, y que él, duraba una o dos semanas al año, organizaba la temporada de exploración, en compañía de varios amigos de espíritu aventurero que se animaban a seguirlo, llevando su inseparable carranflón (arma), cuchillo, bastimento, sombrero, cigarrillos (para espantar a los zancudos –decían-) sarape, chamarra, botas y cananas terciadas al cuello.

El más grave problema era levantar a mi jefe a las cinco de la mañana, y le tocaba al glorioso capitán Chánclas, Cornelio Parra Camacho, esa ardua misión que significaba ir a hacer punta a la casa de don Pepito Huevón –como apodaban sus cuates a mi padre-, y cosa que lograba el capitán como unas tres horas más tarde, después de que casi le tumbaba el zaguán con una enorme piedra.

De ahí partían rumbo a Estación Ruiz, y no paraban hasta llegar al bonito arroyo de Tenamáche, darse un baño en sus frescas aguas y pernoctar en las faldas de la sierra, echar la platicada de rigor mientras colocaban una soguilla de crin de caballo (de las que elaboraba magistralmente el mocho Palomino, allá detrás del Cerro Grande) dizque para que no pasaran los alacranes; chupar a discreción antes de conciliar el sueño y dormir a pierna suelta soñando en cazar tigres y venados a diestro y siniestro.

Ahí nacieron muchas anécdotas y peripecias que después nos contaban a todos los que nos congregábamos en la Zapatería El Sol, donde era el cuartel general de la tropa de cazadores (en la esquina de Juárez y Allende, de Santiago Ixcuintla), a su ritorno-vinchitori- de aquellos inolvidables aventureros.

En uno de ésas cacerías, don Pepe regresó con una jaulita muy bien resguardada, que contenía un pajarraco muy raro, pero que representaba (según su versión) un descendiente de una especie en extinción que al ir creciendo se transformaría en ave maravillosa, de canto hermoso y raro plumaje de extraordinario color; recomendándole a mi madre que ella personalmente se encargara de darle de comer unas semillitas especiales que sacó de uno de sus bolsillos y que le administrara trocitos de papaya bien desmenuzados.

La jaula colgó en una de las vigas del pasillo cercanas a la cocina, y en ese lugar permaneció durante varios días, en los que nadie volvió a acordarse de ella.

El extraño pájaro fue enflaqueciendo paulatinamente hasta que un día mi padre reparó en el, ordenando que le fuera llevado a la mesa para observarlo muy de cerca. Le dijo a nuestra progenitora que lo había descuidado y que tenía que ponerle más atención porque era una pieza muy delicada y única, así que procedió a decirle y a poner el ejemplo, de cómo se le darían en lo sucesivo, sus alimentos.

Tomándolo con la mano izquierda le aprisionó entre los dedos, cuidadosamente el cuello del ave y abriéndole su pico, le empezó a dar de comer los pedacitos de papaya, en la punta de un palillo Diciendo lo siguiente: Se toma el animal de ésta manera, se le abre el piquito y se le da su porción de papayo para que se mantenga fuerte y crezca muy bello ¡ándale pajarito, come todo lo que quieras! El pajarraco abría desmesuradamente el pico y como que se negaba a pasar aquellos trozos de fruta que pretendía darle mi padre que hacía esfuerzos por meterle el palillo a la garganta Hasta que de pronto logró que pasara el pedazo de papaya, pero con todo y palillo

El pajarraco se quedó muy quieto, y don Pepe trataba desesperadamente de sacar el palillo del cogote del animal ante la inquietud de todos mis hermanos y de mi madre, que intentaba no reír a carcajadas de aquella situación

De pronto el fallido alimentador del ave maravillosa depositó el tieso cadáver sobre la mesa y exclamó: Al primero que se ría le voy a voltear una gaznatada a ver tu, Pepillo, agárralo y entiérralo en el jardín a la otra incursión punitiva a la sierra, les traigo otro Y se marchó apresuradamente.

En cuanto desapareció todos soltamos la risa, y mi madre que ya le conocía sus aventuras cazadoriles, nos dijo: Pobre animalito, es un zanáte, por ahí entiérralo cerca al guanábano Jajajajá el ave maravillosa jajajajá

Y Control señores Control Mis hermanos y yo, como no lo vimos crecer, siempre nos quedamos secretamente con la duda de que aquel pájaro podría haber sido el ave fénix Igual que como nos dejaron los futboleros con el mundial y nos siguen dejando en ascuas los presuntos candidatos a ocupar puestos de gobierno