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24 / Abril / 2018

El tan esperado debate entre los cinco candidatos que se disputan la presidencia de México verificado el domingo por la noche en la Ciudad de México ocurrió sin pena ni gloria a excepción de dos ocurrencias proferidas por el candidato independiente Jaime Rodríguez El Bronco.

El formato del debate fue muy acotado no por la falta de calidad profesional de sus conductores; más bien fue el poco tiempo que dispusieron los candidatos para exponer los temas en cuestión y contestar a las réplicas de sus competidores.

En los tres bloques para exponer sus propuestas de gobierno tanto José Antonio Meade, Ricardo Anaya, Andrés Manuel López Obrador como la independiente Margarita Zavala simplemente repitieron lo que vienen divulgando durante su campaña proselitista, en asambleas públicas y en los miles y miles de spots en radio y televisión.

Fue evidente que el priísta José Antonio Meade como el panista Ricardo Anaya los más persistentes en descalificar al candidato de Morena esgrimiendo los mismos argumentos, algunos ya desacreditados por el tiempo. Fueron como petardos al aire.

En los temas importantes como combate a la violencia a los grupos del crimen organizado, a la corrupción y a la impunidad excepto Margarita Zavala los cuatro candidatos coincidieron en lo general que la actual estrategia militar de Peña Nieto en contra de los grupos delictivos ha sido fallida.

Sin embargo como los cuatro candidatos que vienen de partidos que fueron gobierno maquillaron a modo las cifras para eludir su responsabilidad cuando coparticiparon en esas políticas públicas fallidas. Tiraron la piedra y escondieron la mano.

Estuvo claro que el principal objetivo del priísta José Antonio Meade y de Ricardo Anaya fue la de desacreditar ante la opinión pública nacional a López Obrador dado que está encabezando las preferencias electorales hasta el día de hoy; ante esta envestida el peje se la llevó fintando durante los tres bloques a los airados reclamos de sus adversarios políticos, ora guardando enojoso silencio, ora arremetiendo y hasta burlándose de los que él considera como instrumentos de la mafia en el poder. Hasta se dio el lujo de reiterar que es mil veces honesto y que si él fuera un político ambicioso y corrupto desde hace años la mafia en el poder lo hubiera destruido.

Y todavía más para el enojo de sus adversarios mostró una encuesta de preferencias electorales que le da el 48% de aceptación a su proyecto de gobierno.

En el tema de la amnistía que según sus adversarios concederá a los delincuentes el político tabasqueño astutamente le dio otro giro al señalar que una vez en la presidencia convocará a expertos de seguridad pública para buscar una forma de pacificar a la nación utilizando todas las herramientas institucionales que dispone el Estado, pero sobre todo acabando con la corrupción e impunidad pública, activar el crecimiento económico, contener la desigualdad social mediante el empleo y la educación.

Es más creíble este discurso que el afirmar que la corrupción se terminará cuando el Ejecutivo Federal dé el ejemplo y esta actitud se extendería por sí misma en todos los niveles de gobierno.

Por su parte el priísta José Antonio Meade hizo bien en su papel del candidato de la continuidad del gobierno neoliberal de Peña Nieto, el que lo impuso como candidato del tricolor.

En fin, el Sr. Meade se mostró como un exitoso y talentoso funcionario público, pero en modo alguno sin liderazgo popular.

Ricardo Anaya fue congruente y convincente respecto a su nuevo posicionamiento político una vez que rompió su pacto con Peña Nieto, no así una menuda autocrítica de lo que pensaba cuando gobernó su partido el PAN con Vicente Fox –hoy converso priísta- y Felipe Calderón artífice de la política militarista para combatir a las bandas delincuenciales y que hoy crece exponencialmente. Él fue coparticipe de esa política fallida.

No obstante el queretano Ricardo Anaya mostró habilidad discursiva; expuso las mejores propuestas en los tres bloques que, aunque reiterativos demuestra una gran perseverancia por ganar la silla presidencial. Indudablemente se consolidará en el segundo lugar en las preferencias electorales.

¿Qué decir de los independientes? Nada trascendente. El bronco ocupó el papel del samblaseño layín que reflejan al macho petulante que lleva dentro; esa ocurrencia de cortar la mano a los políticos rateros es el mejor émulo de los fanáticos religiosos islamistas. Sí así pretende acabar con la corrupción pública tendríamos un país de miles y miles de mutilados empezando por el que la propone. El bronco será el típico político de rancho: bravucón y acomodaticio.

Respecto a Margarita Zavala por lo menos es congruente con su anterior militancia panista y con el estilo personal de gobernar de su esposo Felipe Calderón.

En política de seguridad pública fue explicita en que continuará con la política policiaca militar para pacificar al país; que será ella la que defenderá a la gente de los bandoleros y los meterá a las cárceles; castigará a los políticos corruptos y acabará con la impunidad; que defenderá personalmente los derechos de la mujer; y que con su política educativa priorizará los valores de la familia y de esta forma evitará la descomposición social. Las mismas frases trilladas de la pareja presidencial de Vicente Fox y de su esposo Felipe Calderón. Nadie se la cree de que aman profundamente a México.

En suma veremos en los próximos días que tanto impactó en el ánimo popular las estrategias de golpeteo entre los candidatos, sobre todo a López Obrador que por prudencia o soberbia se agazapó en la esquina del cuadrilátero