POR MIGUEL ANGEL CASILLAS BARAJAS
En una fiesta de rock en el Instituto de Ciencias y letras (antiguo) había conocido A Bertha una chica estudiante de enfermería muy alegre y vivaz que junto con otras compañeras de ella, nos habían contratado para amenizar con mi grupo una gran tardeada. En esa tarde se hacía acompañar por un amigo casi de mi misma edad (17 años) llamado Rogelio Fierros, que yo intuía que era su novio, o tal vez algún pretendiente.
Después de nuestra actuación; al final, tuve la ocurrencia de cantar tres canciones más, y dedicárselas de manera muy especial a Bertha, en agradecimiento por habernos contratado. Ella se acercó y se sentó en una mesa del frente y apoyando su cabeza en sus dos manos se dispuso, a escuchar las canciones que yo le había dedicado personalmente. Ante la molestia y enojo de Rogelio que se paseaba de aquí para allá refuñando y fumando cigarrillos uno tras otro.
Así pasó, nos despedimos del evento y después cada quien partió para sus casas. Fue hasta el día, siguiente cuando iba hacia mi trabajo que me encontré a Bertha nuevamente para hacerme una invitación personal a cenar en su casa. Su familia rentaba una casa por la calle Guadalajara, casi en el centro de la ciudad, y yo no me podía rehusar a tan amable invitación.
En mi escaso guardarropa busque afanosamente que ponerme para verme presentable para la ocasión, mis hermanos entraron en mi auxilio y entre todos incluyendo a Margot mi madre, me ajuararon tomando ropa prestada de aquí y de allá y total al final quede como una caja fuerte (nadie sabía la combinación) vestido como todo un pachuco con un traje de mi papá negro con cuadros de color mostaza, camisa blanca, un pantalón color caqui y unos zapatos negros. Que yo creo que nadie más, en un Tepic de los 90s, (en su sano juicio) hubiera tenido el valor de vestirse así. En fin, partí por las calles oloroso como zorrillo más a naftalina que a perfume por el saco que tenía casi un lustro guardado, y pese a que Margot, precavida, un día le había llenado hasta el tope las bolsas de Naftalina para ahuyentar a la polilla. Estas, hacían cola como en tortillería para botanearse esa prenda en cualquier pequeño descuido. De hecho, con el forro de las mangas del saco, las polillas ya se habían dado un suculento festín. Aunque, no le tomé mucha importancia a lo raído porque era por dentro, y no era muy notorio al exterior todavía. Bueno pues, A la pasada, por el jardín de Doña chinda corté dos hermosas rosas rojas, uno era para colocarla en mi traje y otra mas para obsequiársela a Bertha a mi llegada.
Así pues, llegue puntual a la cita que estaba programada a las siete de la noche, me recibió su mamá amablemente con una sonrisa de oreja a oreja. Doña Aurelia había estudiado alta cocina y repostería por lo que a mi llegada me mostró todo un menú de platillos empezando por un café americano, después algunos homeless, y como platillo fuerte carne de cordero a la parrilla acompañada con vinos tintos y blancos, y al final como postre, una exquisitez: Budín de guayaba.
Trascurrió la cena sin incidentes entre risas, chistes y buena plática. Bertha parecía estar muy contenta y entusiasmada sus enormes ojos verdes no me despegaban la mirada. Doña Aurelia había notado eso y de repente se puso algo seria. Casi En el mismo instante, en que Bertha se paró y pidió permiso para ir al baño, yo también caballerosamente me paré y retire su silla, y la vimos partir de pie doña Aurelia y yo hasta el final de un pasillo largo donde estaba ubicado el baño. En cuanto ella hubo cerrado la puerta, intempestivamente, en una acción sumamente rápida Doña Aurelia, me jaló de la corbata y me acercó a su rostro hasta quedar nariz con nariz. En milésimas de segundo, se había transformado, de ser una excelsa cocinera y amable anfitriona, en una fiera salvaje herida de muerte, que profería amenazas al por mayor: ¡mire desgraciado, papanatas! En cuanto venga mi hija ¡Usted pide permiso para retirarse y se me larga, y jamás vuelva a poner un pie en esta casa, ni a molestar a mi hija, o la próxima ocasión que yo lo vea, lo tomo de los cojones y no de la corbata! ¿Me Escuchó señor? .Sorprendido por esa reacción tan repentina de doña Aurelia, titubee un poco- ¡Siiii, ¡ayyyy! está bien, no hay proglema, señocda ¡pedo ya suélgteme que me ahodca y me adduga mi draje! .La mera neta, tuve mucho miedo. Tan solo de ver como sus ojos se habían puesto saltones y rojos como pitayas y de su boca expedía un fétido hedor a podrido que provenía desde lo mas intrincado de sus entrañas; tal vez por el coraje, o por la frustración de no haber sido yo el galán adinerado o de sociedad que ella esperaba para su hija. No se, pero Cuando Bertha regresó estaba yo solo en la mesa sentado, petrificado, blanco como hoja de papel, temblando como matraca y mas frío que un cadáver con 40 días en la morgue. ¡Madre mía! Y mirando azorado como su desquiciada mamá no conforme con haberme agredido de esa manera, había ido al teléfono todavía para realizar algunas llamadas. Pensé en ese instante, que estaría, tal vez, llamando a la Gestapo, o al FBI o a toda la inepta y corrupta policía local, para que vinieran todos juntos a apresarme como a un delincuente de siete suelas que se había fugado del penal de alcatraz.
Bertha sin saber nada, (¿ ) llegó y me tomo de la mano y con su sonrisa ingenua ( ¿) me invitó a la sala para seguir conversando, fue entonces que le anuncié que tenía un compromiso especial bla, bla, bla y que por causas de fuerza mayor tenía que retirarme lamentablemente. Doña Aurelia intervino y con cierto sarcasmo me suplicaba que me quedara un rato mas, y yo le seguía el juego –No de verdad Doña Aurelia le agradezco sus finas atenciones pero tengo que retirarme—En cuanto salí de esa casa diabólica confirmé mis sospechas, que las llamadas telefónicas de la señora no habían sido en balde, afuera apostado en una esquina divisé la robusta figura de Rogelio fierros que me esperaba junto con otro fortachón de su camada para darme una paliza de padre y señor mío seguramente como cordial despedida. En cuanto se metieron a la casa Bertha y su adorable mamita, lueguito me interceptaron los dos tipos y sin decir agua va el acompañante de Rogelio me soltó un derechazo que hizo blanco en mi mandíbula, me tumbó al suelo a gatas dejándome viendo estrellitas, acto seguido esquivé un terrible puntapié de él mismo, y caí para atrás. En ese momento saqué de mi pantalón mi cinto de rockero que portaba una hebilla grande y pesada que decía: LEVIS y empecé a tundir a los dos tipos a cintarazos con la hebilla por delante, el acompañante de Fierros huyó como alma que lleva el diablo con dos o tres fuetazos bien pintados en el lomo y se perdió en la oscuridad de la noche, mientras que Rogelio se quedaba engarruñado y temblando en una esquina como perrito faldero y llorando a moco tendido: - ¡ No Papá no me pegues!¡Por favor Papá!-¿Papá?-me preguntaba-, blandiendo mi cinto para asestarle otro golpe-¿Papá? Deje mi cinto y me acerqué a él y le pregunté: ¿Acaso Tu papá te pegaba? Me confirmo: -Si ¡con un cinto parecido al tuyo!-, en ese preciso instante mi ira, se disipó por completo sentí una profunda tristeza por ese ser desvalido que temblaba como bebé en un rincón, había sido martirizado brutalmente con todo rigor por su padre en su niñez, siendo una victima más de la violencia intrafamiliar. Le tendí mi mano para que se pusiera en pie y en el silencio mas absoluto de la noche estando solos el y yo, lo abracé con ternura y lloré junto con él conmovido, luego lo perdoné. Esa noche Habían sido muchas las emociones para los dos, comprendí que también el pobre de Rogelio era una victima mas, de ese ser perverso y malvado como lo era doña Aurelia, que empezaba a posesionarse poco a poco de su débil y atormentado cerebro.
Ambos hicimos un pacto de honor de no volver a poner un pie mas en esa casa, Partimos juntos y después de ese incidente fuimos grandes amigos, el continuó su carrera de medicina en México. Y Al tiempo supe, que Rogelio ya es toda una eminencia médica, y me dio mucho gusto por él.