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31 / Julio / 2018

Durante la Guerra de la Independencia, en México, el Sargento de un pelotón de soldados daba órdenes a sus subordinados para transportar una viga muy pesada que estaban tratando de cargarla hacia otra parte de completar algunos trabajos militares que en aquel punto debían componerse.

El peso era casi superior a sus fuerzas, y la voz del Sargento se oía a menudo gritando:

- ¡Levántenla!, ¡Con fuerza!, ahí va, otra vez ¡Órale!, ¡Arriba!, ¿Qué les pasa? ¿No desayunaron hoy? ¡Vamos con fuerza! ¡Levántenla!

Un caballero sin uniforme militar, pasaba por allí y preguntó al Sargento por qué él mismo no les ayudaba un poquito.

Éste, atónito y volviéndose con toda la majestad de un emperador hacia el caballero dijo:

- Señor, yo soy un Sargento

- ¿De veras que lo es usted? - replicó el desconocido -, yo no sabía esto. Y quitándose el sombrero le hizo un saludo, diciendo:

- Perdone usted, señor Sargento -. Y diciendo esto, desmontó y empezó a ayudar a los soldados en su pesada tarea hasta que las gotas de sudor corrían por su frente; y cuando la viga fue por fin levantada, se dirigió hacia el gran hombre y le dijo:

- Señor Sargento, cuando usted vuelva a tener un trabajo como éste y no tenga suficientes hombres, mande por su General, y yo vendré con mucho gusto y le ayudaré en una segunda ocasión.

El Sargento se quedó desconcertado y como el que ve visiones cuando por esas palabras se dio cuenta que el oficial que le había dado esta lección era el mismo General Vicente Guerrero.

¡Nunca seas como el Sargento de la historia!; y aunque tu nivel sea superior al de los demás, practica la humildad, ¡Uno de los valores más preciados de los humanos!