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10 / Agosto / 2018

Luego de ducharnos y al finalizar el desayuno nos dirigimos a un centro comercial donde las opciones no eran tan amplias, siendo entonces que decidimos trasladarnos a otra tienda: La Rose. Cada cual empezó a merodear por entre los pasillos. Yo me entretuve observando algunos productos. El presupuesto era poco; por eso es que traté de disimular, pero aproveché para practicar mis escasos conocimientos de inglés.

Conversé con una pareja adulta y con una joven señora de color que se hacía acompañar por un hijo. De la tienda salimos ya al filo del mediodía. Afuera ya nos esperaban dos personas de Marquesado para invitarnos a comer a Corona –California- ¡Y allá vamos!...

Estimo que fue alrededor de una hora y media de camino. Descendimos del vehículo y los habitantes de la finca nos invitaron a pasar. Amplio el patio. Por ahí miramos una mata de chiles pikín. Luego nos condujeron hacia otra área y poco a poco se fueron incorporando más personas. Todas originarias del municipio de Ahuacatlán.

La charla giró en torno a tópicos diversos: Recuerdos de infancia, anécdotas de juventud y cosas por el estilo. A la par empezaron a fluir las ambarinas mientras que uno de ellos se hizo cargo de cocinar. ¡Qué ceviche tan riquísimo!; aunque lo mejor vino cuando nos acercaron unas tortillas de harina encimadas repletas en medio de carne y queso asadero, ¡Hummm!

Me engullí la primera y con esa quedé satisfecho; ¿Alguien quiere más?, preguntó el mismo cocinero. Casi todos dijimos que no; pero a los pocos segundos me levanté de mi silla y me dirigí hacia él. Susurrándole al oído le dije: Yo sí quiero otra. Repetí platillo. Creo que fui el único.

Me gustaría ir a Ontario!, confesó uno de nuestros compañeros con notoria picardía. Se le veía emocionado, pero al poco rato lo notamos cabizbajo. Algo debió haber sucedido que lo hizo desistir de esa visita a aquella otra ciudad.

Llegó la noche y continuamos con la charla. En realidad estábamos muy a gusto disfrutando de la hospitalidad de estos paisanos, pero también comprendimos que no deberíamos abusar de su tiempo sabiendo además que la mayoría de ellos madruga a trabajar.

Así las cosas les externamos nuestro sincero agradecimiento y nos despedimos bajo la promesa de reencontrarnos en el Sport Arena de Pico Rivera, el sábado o domingo.

El regreso al Este de los Ángeles ocurrió a eso de las 10 de la noche. El conductor designado dio muestras de este oficio que mantenía en reserva. Con sapiencia exagerada atravesó calles y carreteras, se metió a dos o tres freeways y en un dos por tres estuvimos de regreso en la casa donde nos brindaron cobijo.

Durante la noche estuvimos pensando en el itinerario del día siguiente: Reunión con la COVAM y la cena de gala, en el Quiet Canon de Montebello. CONTINUARÁ.