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17 / Agosto / 2018

Javier permanecía cabizbajo como si algo grave lo afligiera En su rostro se apreciaban las huellas del insomnio. La noche anterior se la había pasado en vela; y nada parecía reanimarlo. Recargado en su sillón dejó pasar las horas cuando de pronto fue interrumpido por el timbre del teléfono

Con evidente desgano, tomó el auricular para contestar aquella llamada:

¿Bueno?—dijo indiferente, mientras se mecía el pelo, desesperado.

Una voz de mujer fue la que escuchó a través de la línea. Luego se hizo un silencio; y mientras esto ocurría, Javier fue asaltado por la duda; ¿Quién era ella y por qué razón había preguntado por él?.

Hacía escasos meses que lo habían operado y era evidente que su estado físico se encontraba mermado. Se quejaba de una y mil cosas; pero aquella llamada pareció reconfortarlo.

Su interlocutora no lo sabía, pero ella, sin proponérselo, le había causado un poco de alegría; más aún cuando se adentró en aquella conversación ocurrida un mes de agosto

La mujer, por su parte, daba la apariencia de estar un tanto nerviosa. Ni siquiera se atrevió a pronunciar su nombre; solamente se limitó a revelar que se dedicaba a la venta de artesanías en algún lugar turístico del pacífico mexicano.

Javier era un empleado que colaboraba para una empresa líder en mercadotecnia, con matriz en Guadalajara, Jalisco. Siempre estaba cargado de trabajo; aunque la causa de su estrés no era precisamente esa carga laboral, sino otros asuntos de carácter personal.

La conversación que Javier sostuvo con aquella mujer, fue breve. Había pasado de la tristeza a la alegría- más bien era una mezcla de alegría y esperanza; mientras que ella parecía estar perturbada.

Quiso indagar la causa de ese nerviosismo, pero la mujer prefirió guardar silencio. Solo respondía con evasivas. Seguro tenía mucho qué decir, sin embargo prefirió guardar para sí esos sentimientos que, en apariencia, la mantenían perturbada.

Se despidieron con la promesa de entablar una segunda conversación, sin imaginar que ésta jamás se llevaría a cabo. Javier murió en la noche siguiente, víctima de un infarto. Partió a la tumba con la duda en su cabeza; Qué habría querido decirle aquella mujer?

Ella por su parte se estremeció cuando leyó en el periódico: Falleció conocido publicista. A partir de ahí fue presa de la angustia; se sentía terriblemente arrepentida por no haber tenido el valor de decirle todo lo que su corazón sentía.

Así pasa con todos nosotros; a veces no nos atrevemos a externar nuestros sentimientos por simple temor; y cuando al fin nos decidimos resulta demasiado tarde. Por eso; no hay que esperar una sonrisa para ser gentil. No hay que esperar ser amado para amar. No hay que esperar estar solo para reconocer el inmenso valor de un amigo

No hay que esperar el luto del mañana para reconocer la importancia de quienes están hoy en tu vida... No hay que esperar tener el mejor de los empleos

para ponernos a trabajar. No hay que esperar la nostalgia del otoño para recordar un consejo. No hay que esperar la enfermedad para reconocer

que tan frágil es la vida. No hay que esperar a la persona perfecta para entonces enamorarte

No hay que esperar el dolor para pedir perdón. No hay que esperar el dolor para elevar una oración... No hay que esperar elogios para creer en ti mismo... No hay que esperar el yo también para decir te amo. No hay que esperar tener dinero por montones para entonces ayudar al pobre. No hay que esperar la muerte si aún no hemos amado la vida