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28 / Agosto / 2018

Un joven de 15 años sufrió un accidente con su motocicleta y tuvieron que amputarle el brazo izquierdo. Luego de un año de recuperación decidió aprender judo. Su Sensei era un anciano experto en este arte marcial.

Al cabo de tres meses y pese a demostrar gran entusiasmo, el maestro sólo le había enseñado un movimiento. Lo aprendió a la perfección, pero comenzó a aburrirse. Entonces preguntó si podía aprender un poco más de la técnica. El maestro le dijo que por el momento eso era todo lo que necesitaba aprender.

Cansado de repetir la misma toma miles de veces abandonó la práctica. Una tarde recibió un llamado del viejo maestro, invitándolo a competir en un torneo.

Luego de varias rondas clasificó para disputar la final. Su adversario era grande y demostraba mucha destreza. Él sentía poca confianza pero el maestro lo alentaba a continuar.

Fue una larga lucha, su oponente perdía concentración. Rápidamente el muchacho aprovechó esto y logró vencerlo. De regreso a casa el joven preguntó: ¿Cómo pude ganar un torneo con sólo un movimiento? El Sensei contestó: Tú has logrado dominar uno de los movimientos más difíciles en el judo. La única defensa contra esa toma era que tu rival se agarrara de tu brazo izquierdo.

Todos tenemos un brazo izquierdo, un flanco aparentemente débil. Cuando concretamos el foco y logramos transforma esa debilidad en una fortaleza, el resultado sobrepasa cualquier expectativa, derriba toda estrategia. Ser fuertes en nuestra debilidad nos hace imbatibles.

Es importante que descubramos en nuestra vida cuál es nuestra mayor fortaleza para que no tengamos miedo de enfrentarnos a Satanás.