Mi infancia mis vecinos

FRANCISCO JAVIER NIEVES AGUILAR

27 / Noviembre / 2020


La casa daba de lado a lado y se podía acceder ya sea por la calle Abasolo o por la Morelos; barrio de La Presa en Ahuacatlán. Ahí pasé mi infancia.

La finca había sido adquirida por mi tío Rafael Nieves, quien la utilizaba como bodega, pero a nosotros nos sirvió como vivienda.

Ahí habitamos durante casi década y media y solamente había dos cuartos en no muy buenas condiciones. Un largo pasillo, un corral y una especie de tejabán, pegado a la calle de Abasolo. Daba miedo a veces caminar por su interior.

A más de 50 años de distancia llega a mi memoria la imagen de quienes en aquellos tiempos fueron mis vecinos. Principios de la década de los 60´s. Casi a todos los recuerdo; pero empezaré por los de la Abasolo:

Casi en la confluencia de la calle Oaxaca se encontraba la panadería de Chema Pérez a donde solía acudir para comprar 20 centavos de recortes que luego degustábamos con el delicioso café de olla que preparaba mi mamá Geña en su olla de barro.

Por esa misma acera caminando hacia el oriente habitaba El estribero y cerca de ahí vivía doña Timia y Josefina, Julia y Carlos Solano. Frente a ellos estaba el domicilio de Andrés y Chano.

Por esos rumbos radicaban los Balderas, muy cerca de la huerta de Rafa El Sordo; doña Nacha y los Varela. Chayo Solano y Chona Pérez, así como los Espinoza y los Hernández, Estéban y Martín, quien a su vez tenía de vecino a don Tino Medina.

En la ochavada de las calles Morelos y Abasolo estaba la tienda de María Espinoza, una mujer de gesto adusto que siempre estaba de mal humor; pero como no había más changarros a fuerzas tenía que acudir ahí para comprar 30 centavos de manteca, galletas de animalitos, una pepsi o mis chicles Yucatán.

Caminando en dirección al poniente de la calle Morelos habitaba la familia Rodríguez Carrillo y casi enfrente estaba la vieja casona de María la de Quencha.

A unos cuantos metros vivía doña María y la maestra Pachita, esposa de Chico Perico y directora del jardín de niños María Montessori, quien a su vez regenteaba la cantina La Trinca que se estableció a un costado de la presidencia municipal.

En esa misma manzana tenía su domicilio mi tía Olimpia Nieves y en la esquina vivía la familia Montero Flores. El callejón del Arrayán separaba a esa cuadra de la contigua; pero casi enfrente se establecieron el clan de los Espinosa Gómez, quienes tenían de vecina a otra mujer taciturna y notoriamente enojona. Hipólita se llamaba.

Metros adelante, en tanto, estaba la casa de doña Teresa y La Güera Angelina, las cuales colindaban con el Comisariado Ejidal y frente de ahí se asentó don Felipe Sánchez y Chemita El Cura.

Cerca de ellos radicaba un hombre que trabajó varios años en el carretón de la basura, al lado del famoso Neo, el cual por cierto utilizaba una manivela para echar a andar ese armatoste donde se depositaban los desechos de las casas.

También fueron mis vecinos los Calvillo y Damiana Vázquez, quien construyó una de las mejores fincas de esa época, con doble planta y muy vistosa. Fue en ese inmueble donde conocí por primera vez una televisión, aunque no se podía sintonizar ningún canal.

Por ahí estaba una academia de corte y confección de las maestras Amparo y Lola Casas y más adelante la extensa finca de don Chepote Romero.

A pocos metros de la plaza de toros El Recuerdo vivió don Pedrito Gutiérrez y su esposa Rosina, vecinos que fueron de don Loreto Casas, a quien recuerdo perfectamente, arrastrando sus pasos, lentes, dándole duro al martillo y a la horma. Fue zapatero remendón, pero mucho antes se desempeñó como conductor de diligencias –aquellos vehículos de principios del siglo pasado jalados por remudas-.

Ya casi para llegar a la calle Oaxaca se construyó una finca donde se estableció la familia Arroyo Alatorre y en la esquina habitó don José Vázquez; pero antes quiero destacar la plaza de toros, la cual en aquel entonces estaba circulada por una barda de aproximadamente cuatro metros de altura.

Por ahí se le dio cobijo al famoso Julián Pipí –un hombre encorvado que usaba lentes de botella y del cual se dice se aparece por las noches, justo donde está la escultura del toro.