Por: Miguel Ángel Casillas Barajas

En aquellos tiempos, en que iniciaba a dar mis primeros pincelazos al óleo, acudí a tomar clases particulares de pintura con el maestro Santiago Rosas, paisajista muy reconocido por sus cuadros: La alameda de Tepic, La Plaza de Bellavista, y otros tantos cuadros más, que fueron finamente elaborados por su mano diestra de artista en el uso del pincel y la acuarela. Don Santiago, fue también un reconocido muralista de arte sacro, sus grandes obras las dejó plasmadas en las cúpulas de varios templos católicos como el del Carmen, La Catedral de Tepic y el templo de San Isidro, utilizando para su elaboración, una técnica a base de pinturas de tierra que el mismo preparaba en su casa. Sus obras, pese a que datan ya de más 35 años de haber sido creadas, todavía se conservan frescas e intactas, gracias a su conocimiento en la preparación y elaboración de estas pinturas de tierra.

El día de la clausura de los cursos, el maestro Rosas nos había pedido a todos elaborar un mínimo de diez cuadros con técnica libre a manera de examen final, que después serían presentados en una magna exposición en el mismo recinto del centro de la cultura y el arte, que estaba ubicado en ese entonces en el edificio, que esta en la esquina de los estadios e insurgentes. (Donde antes estaba radio Aztlán), de esa manera pues, realicé mis diez pinturas iniciales: El Cristo redentor, Las Marismas de San Blas, Naturaleza muerta El arlequín, Paisaje Nayarita, Bodegón de frutas, Renato, el Rey de los Payasos Madonna con charola de frutas El bufón y por último, El payaso triste .Cuando llegó el momento de la exposición, ni por asomo esperaba que asistiera el general Rogelio Flores Curiel y su esposa América Manríquez.

El general Flores Curiel, me conocía muy bien, después de haber participado en el periódico Vida Nueva como caricaturista de la izquierda socialista que tiraba algo así como 150,000 ejemplares a nivel nacional, que me habían llevado a tener un roce personal con él, tan solo, por haber elaborado una caricatura en donde suplía el águila de nuestra enseña tricolor, por un halcón devorando a un estudiante. Recriminándole de esa manera a Don Roge su participación en los eventos trágicos y sangrientos del 68. De tal manera, que Flores Curiel estaba muy bien informado de mis antecedentes periodísticos. Sin embargo, me había exonerado de todos mis pecados. Así me lo había hecho saber el procurador de justicia en ese entonces: Antonio Sam López, con quien yo acababa de tener meses antes un encuentro cordial y amistoso en su despacho privado.

Así estaban las cosas pues, en el recorrido sucedió lo inevitable, llegó hasta el lugar en donde yo tenía montada la exposición de mis cuadros, ¡madre mía, se me fue el alma a los pies! –en el momento en que rogaba: ¡Dios mío, haz que este hombre siga su paso de largo! pero no sucedió así, se detuvo frente a mí, observando mis cuadros detenidamente, yo me hacia como el que no lo conocía, silbando nervioso y mirando para el techo del lugar. Rogelio se quedó observándome de frente y me soltó algunas preguntas de rigor: ¡hola como está! – Muy bien general-Le contesté- ¿Qué dice la caricatura?-me preguntó nuevamente- de momento nada, señor, estoy inactivo ¿estos cuadros, Usted los hizo?-volvió a cuestionarme-¡si, señor!-luego se quedó serio como meditando y exclamó-¡me gustan todos! ¡Pero el cuadro que mas me gusta, es ese que está ahí! -Se refería a la obra El payaso triste- Yo estaba nervioso por todo lo que se contaba de él, de tal manera que me quedé trabado y no pude contestar,- entonces el maestro Santiago intervino presto en mi ayuda, para darle información mas detallada sobre la obra : Sr. Gobernador, este es el drama de un payaso, representada en esta obra, si Usted observa bien en su rostro, tiene las facetas de una tragicomedia, en las cejas y ojos, se puede observar su tristeza interna, y en los labios se dibuja una tenue sonrisa que corresponde a sus momentos de felicidad frente a su público. Sin quererlo el maestro Rosas, había interpretado con la visión de un artista, la verdadera tragedia que encerraba esa obra, que para colmo de mis males, la había hecho tomando como base una foto mía, de tal manera que no era otra cosa, más que mi vida misma, mis altibajos por mis enfermedades, los atropellos del poder que había sufrido, la propia censura a mis caricaturas, y todos mis constantes momentos de sufrimiento, angustia e infortunio. En ese cuadro al óleo, en pincelazos por aquí y por allá, estaba todo plasmado y escrito como un manifiesto, la gran obra de mi vida. Así también estaban grabados como con cincel todos mis momentos inolvidables y llenos de dicha y felicidad. Como por ejemplo, el de dar gracias infinitas al todopoderoso por haber conocido a ese ser hermoso y prodigioso que es La mujer. El ver nacer a cada uno de mis hijos de su vientre, mi amor por la naturaleza, por la brisa del mar, por el viento, por el sol, por la música, por el arte, por la bohemia, y por la vida misma. Todo pasaba tan rápido por mi mente, tal si fuera un cortometraje que estaba siendo reseñado paso a paso por el maestro Rosas de mi obra: El payaso triste.

Total, que Rogelio seguía insistiendo en llevarse mi cuadro, aunque yo le había manifestado repetidamente que no estaba a la venta ninguna de ellas, ni tampoco eran transferibles. Sin pensarlo mas, empecé a guardar mis obras para retirarme del lugar, ya no había las condiciones de seguridad para continuar ahí ni un minuto más. Antes de retirarme, me alcanzó un secretario de el, para solicitarme que fuera a su oficina para tratar lo referente a ese cuadro, le volví a repetir que no estaba a la venta.

Paso el tiempo, de verdad pensé que habría represalias por haber desairado al general, pero nunca las hubo, nos volvimos a encontrar en una comida de prensa, me saludo muy bien y me preguntó por mi payaso, le dije que ya lo había donado a una fundación y que estaba fuera del país, y todo termino ahí.

Es oportuno aclarar, que en mis encuentros tanto con Sam López como con el general Rogelio Flores Curiel, nunca tuve, ninguna acción de mala fe posterior a mis encuentros, por parte de ellos, que pudiera yo reprocharles, pese a la mala fama que a ambos les colgaban. Puedo presumir, que yo siempre tuve, un dialogó muy duro con ellos dos, pero respetuoso. Ellos cumplían con una encomienda, y yo cumplía con la mía, y San se acabo.