Por: Miguel Ángel Casillas Barajas
Yo siempre he insistido que cuando nací, nacieron también junto conmigo dos de mis estupideces preferidas, una que es tonta y la otra que es boba y metiche. Estas dos amigas mías, se han vuelto inseparables y casi imprescindibles en mi vida, que ya de plano, mejor las adopté y me acostumbre a traerlas conmigo como perritas falderas, brincoteando de aquí para allá, a mi lado como maromeros del circo Solei.
Así pues, es bueno que Ustedes también sepan, que las circunstancias por las que he pasado en la vida, no todas han sido ocasionales o fortuitas, sino que mas bien, doy gracias a dios que las constantes veces que mis dos queridas e inquietas amigas mías, me han aventado al ruedo, como a un espontaneo del toreo, no ha tenido repercusiones mucho mas graves que un buen susto, aunque ya dentro del ruedo, ¡madre mía! pos, no me queda de otra, que sacar el capote y blandir mi espada para realizar la mejor faena posible, y el estoque certero para salir airoso. Aunque les aseguro, que pocas veces he cortado orejas, y en el peor casos, o salgo cornado o de plano en camilla del ruedo.
Caray, han sido tan recurrentes mis metidas de pata, que si yo me hubiera propuesto a comercializar todas mis estupideces, ¡uff! ya sería un prominente y exitosísimo hombre de negocios, mucho más reconocido que el odioso rabo verde dueño de Miss Universo, Ronald Trump, o que el fanfarrón y fantoche empresario de Microsoft, Billy Gates. Pero mis estupideces, esas si, viajarían como reinas cómodamente embasadas o por la red de internet a todas las partes del mundo y serían ya más famosas que la mentada Riviera Nayarit del Ney o de un McDonald, incluyendo a su mugrosa, insípida y pitorreada Cajita Feliz. Esto se los comento, como colofón de la historia que les voy a contar, y en donde esas dos traviesas amigas mías influyeron de manera determinante, para involucrarme en la vida de Don Aureliano.
La historia empieza de esta manera: Una mañana del mes de diciembre mis papás me invitaron a visitar a un pariente lejano que acababa de venirse a radicar a nuestra ciudad, proveniente de Ixtlán, del río, Nayarit. Yo no lo conocía personalmente, solo sabía que era una persona mayor como de 90 años, al llegar a esa casa que estaba ubicada por la calle zacatecas, y al saber que se encontraba delicado de salud, sus familiares (parientes lejanos de mi papá) optaron por traerlo a esta ciudad para que tuviera las mejores atenciones médicas y sobretodo, mas cerca de los centros hospitalarios.
Don Aureliano y yo, desde el momento en que nos conocimos de inmediato como que hubo una simpatía mutua entre los dos, yo por mi parte, confianzudamente lo adopté como abuelo, y así desde el principio, iniciamos una amistad franca y abierta. A mí en lo particular, me gustaba que me contara todas sus aventuras, y más que nada de los cristeros y todas las cosas por las que pasó en su juventud. Cuando ya teníamos un buen rato platicando, súbitamente, se agacho bajo la cama y de debajo de su colchón sacó cuidadosamente una cajita, y mirando de soslayo cuidadosamente para todos lados, temeroso de que alguien lo viera, sacó de sus adentros dos enormes chocolatines de esos que tienen un bombón y licor por dentro y me ofreció uno de ellos.
Craso error, al poco rato entre plática y plática ya habíamos devorado cuatro de esos ricos chocolatines cada uno, y el abuelo, empezó a sentirse mal, me despedí y nos vinimos mis papás y yo a casa para dejarlo descansar. A los pocos días, después de clases, me fui directamente a casa de mi abuelo nuevamente para visitarlo cortésmente, preocupado por su estado de salud, (aunque para ser mas sinceros, por dentro se me hacía agua la boca por saborear esos exquisitos chocolates) Llegué a casa de Don Aureliano y me recibió con una sonrisa fresca y me invito a sentarme a un lado de la cama, y nuevamente retomó su plática interesante de sus aventuras pasadas, pero yo, no estaba concentrado en la plática, no despegaba mi vista del lugar de donde sabía que el guardaba esos ricos chocolatines, pasaron casi 30 minutos y nada, y yo de plano no aguanté mas, ya estaba desesperado, y como no veía incitativa de parte de mi abuelo, para ofrecerme aunque sea un chocolatito, de plano, motivado por mis dos amigas de quien les conté, le pedí uno de ellos. Al instante el me ordenó callarme ¡Shhhhhh! ¡cállate, Miguel por favor! no hagas ruido, que los tengo prohibidísimos por el médico en el preciso momento en que los sacaba a hurtadillas de debajo del colchón, y nuevamente entre plática y plática nos aventamos dos sabrosos chocolatines cada uno.
Nuevamente mi abuelo adoptado, se volvió a poner pálido y tembloroso y corrieron todos sus familiares a auxiliarlo, yo por mi parte, me despedí y puse pies en polvorosa llevándome los envoltorios dorados de esos manjares en mi mochila, como el me lo había pedido (Para no dejar rastros).
A los pocos días, supe que el abuelo, estaba encamado y que deseaba verme, de la escuela me fui presuroso a visitarlo, al llegar a su casa le pidió a todos que trajeran una cámara para que nos tomaran una fotografía juntos. Mi tío Julio Casillas Larios, que era ya un pintor reconocido al óleo, estaba en esos momentos de visita y se enteró de la petición que mi abuelo había hecho, y nos tomó una fotografía a cada uno, pero a cada quien por separado, debido a que el abuelo estaba encamado y muy delicado de salud y no podía incorporarse.
A los pocos días, mi tío nos dio a todos la grata sorpresa, al mostrarnos una obra al óleo en donde estamos mi abuelo y yo abrazados, como había sido su último deseo. Poco después de observar gustoso el cuadro al óleo, el abuelo me lo obsequió en vida, como un regalo a nuestra amistad que había nacido en los últimos días de su existencia. Aunque ya después de su muerte, sus familiares se negaron a entregarme el óleo, y solo me dieron una fotografía como recuerdo. Que conservo hasta estos días como eso, un recuerdo imperecedero. No se que fin tuvo este hermoso cuadro, pero fue una experiencia inolvidable y bella de mi niñez, que mi tío Julio con su mano diestra de artista supo plasmar en todo su esplendor, y que hoy me atreví, a compartir con todos Ustedes, mis estimados lectores.