Por: Miguel Ángel Casillas Barajas
El Centro médico de Occidente de la ciudad de Guadalajara, Jalisco no se da abasto en atender a un sinnúmero de enfermos crónicos del corazón, ya es un padecimiento que se ha vuelto muy recurrente en nuestros días, uno de estos padecimientos es mejor conocido como arterioesclerosis. Que no es otra cosa, que las arterias taponeadas por grasa, principalmente por el abuso de las carnes grasosas, en fin, habíamos llegado a ese hospital por esa causa, este servidor de Ustedes, más otros dos pacientes. Los tres, requeríamos con urgencia una operación a corazón abierto para solucionar en definitiva ese mortal padecimiento.
Al llegar al CMO nos encontramos con la novedad de que los quirófanos donde se practican estas operaciones tan delicadas, estaban ocupados y tardarían casi un mes en desocuparse, de tal manera que nosotros pasaríamos a ocupar una habitación cada uno en el piso 3, en donde estaríamos bajo estricta supervisión medica, durante el tiempo de espera de ser intervenidos quirúrgicamente.
En ese piso, no había otros ingresos mas de pacientes que nosotros tres y un inquilino que ya ocupaba una habitación contigua a la mía, y que estaba hospitalizado en calidad de delicado. Benjamín, había sido pateado por un caballo en la cabeza, y ya le habían practicado una neurocirugía. Así que el pobre chico de escasos 26 años se debatía entre la vida y la muerte, conectado a una maquina por medio de catéteres y esta, era su única fuente de vida. Todas esas pequeñas mangueras a la vez, estaban conectadas directamente a su cerebro. Era un espectáculo triste, ver al pobre chico con cables por aquí y por allá, en condiciones muy lastimosas, siendo todavía un jovenzuelo deseoso de vivir la vida. Y para colmo de sus males, no contaba con familiares que lo cuidaran. El único hermano que tenía, era quien le había otorgado los beneficios del seguro social para que lo atendieran. Quien a su vez, tenía que trabajar por los dos, para que no le faltara la asistencia médica. Así estaban las cosas con el buen Benja, pero además, su salud se había deteriorado a tal grado que se mantenía simplemente como dormido, en un estado casi vegetativo.
Por nuestra parte, los enfermos del hueso de aguacate empezamos a romper el hielo, con una partida de póker, en las que habíamos instituido como legitima moneda de cambio, sendas pastillas de metropolol de las que teníamos por montones. Así de esa manera, tratábamos de ver pasar el tiempo, jugando a las cartas, a la lotería, leyendo libros, escuchando música, contando chistes de toda índole etc... Esperando pues, a que llegara la hora de entrar al quirófano.
Una noche en la madrugada, cuando todos dormíamos plácidamente escuché que alguien golpeaba la pared que daba al cuarto de Benjamín, que por cierto, y para no variar, esa noche se encontraba el solo y su alma como siempre, con sus inseparables tubos conectados. Mi esposa Mary en esos instantes se encontraba conmigo y le dije: ¡Corre Ve a ver que pasa con Benjamín que está golpeando en la pared! Al llegar Mary con él, este le pidió gesticulando con su boca que necesitaba hablar con todos nosotros. De inmediato me levanté y llamé a Don Juan y a Don ramón mis dos vecinos ocasionales para escuchar o por lo menos tratar de interpretar lo que Benja necesitaba decirnos a todos. Para antes, es oportuno comentarles, que la noche anterior antes de acostarnos habíamos estado hablando en el pasillo sobre el encuentro de Fut Bol entre el América- Chivas que se escenificaría en la ciudad de Guadalajara, y hasta incluso, estuvimos apostando y se nos fue el rato estudiando las estrategias de los dos equipos que estaban muy parejos, dándole pocas posibilidades de ganar a cualquiera de los dos equipos con un marcador abultado.
Así pues, nos reunimos en el cuarto de Benjamín atendiendo ese llamado urgente que nos había hecho sorprendiéndonos a todos que hasta pensé:
Por la alegata que teníamos anoche, molestamos a Benjamín, y este, nos cito para llamarnos la atención o para que ya no hiciéramos tanto ruido en el piso. Así que todos estábamos muy asustados y mas que nada apenados con él, en fin, nos reunimos en el cuarto del chico, esperando con ansias su regaño o lo que el nos quería manifestar. Nos acomodamos frente a su cama y empezó a hacer muecas gesticulando con su boca algo que no entendíamos, por mas esfuerzo que él ponía, entonces se me ocurrió traer un papel y una pluma, para ver si estaba en posibilidades de escribirnos la pregunta, se los dimos, y después de una larga espera y un profundo silencio, al poco rato el muchacho poniendo todo su empeño escribió lo siguiente: Le voy al América.
Soltamos la risa junto con él, de gusto de verlo reaccionar ante la proximidad del clásico de fut- bol. Se había definido como un apasionado americanista. Al siguiente día fue el partido y lamentablemente para Benjamín, perdió su equipo favorito 0 a 1 con un soberbio gol de las chivas por conducto de Omar Bravo, de inmediato después del encuentro de fut bol, nos reunimos en mi cuarto para establecer una estrategia de como informarle al pobre Benja de ese desafortunado fracaso de su equipo. Después de recibir las opiniones de todos, decidimos al final, en que le diríamos que había ganado el América, en fin, nada perdíamos con darle esa satisfacción de cederle el triunfo a su equipo predilecto, Y así el seguramente se reanimaría. Pero yo todavía fui mas allá, en una hoja de papel hice una caricatura de un águila comiéndose una chiva y a un costado le puse el marcador de chivas 0 y el América 1, y así, en caravana todos juntos le llevamos como regalo esa caricatura y se la pegamos con espadrapo al frente de su camastro para que la viera y luego lo felicitamos por el triunfo, cuando la vio, se llenó de alegría y sus ojos verdes se rozaron de lagrimas , tal vez por la emoción del momento, o por el triunfo de su equipo, quien sabe, pero nos abrazó a todos amorosamente contra su pecho y nos regaló un tierno y cariñoso beso en la frente como regalo. Nosotros éramos en ese instante su única familia, sus hermanos, sus consejeros, todo lo que tenía él cerca para mitigar sus angustias, sus propios sufrimientos, sus momentos de dolor y su propia desgracia, no había más. Y por alguna razón inexplicable de la vida, nosotros también nos habíamos encariñado con Benjamín, olvidándonos por completo de lo nuestro, que también era delicado, aunque no al grado de estar mermados totalmente como lo estaba Benja, maniatado a una maquina, inamovible. ¡Dios no es justa la vida, por favor ayuda a este muchacho!,- clamaba desesperado al todo poderoso en mi interior-.
Así pasaron algunos días, todos nos turnábamos para cuidarlo y le contábamos chistes y lo animábamos a seguir en la brega por la vida, vaya, lo auxiliábamos en lo que podíamos y prácticamente lo habíamos adoptado como a un hijo. Hasta que una mañana antes de levantarnos vimos como llegaban doctores y enfermeras encarrerados y se metían al cuarto de este muchacho, al rato lo sacaron de volada en una camilla directamente al quirófano y a los días nos dieron la fatal noticia de su deceso lloramos inconsolables.. Benjamín se había idoEl ángel enviado por el todopoderoso que nos había mostrado, Como un guerrero, debe luchar por cada halito de su vida y a valorar como un valioso tesoro cada instante, cada segundo, cada milésima de existencia. Ese ser humano maravilloso que habíamos conocido por la mano de dios, nos había abandonado para siempre, dejándonos un profundo dolor en nuestros deteriorados corazones. Habíamos perdido todos la partida, el cielo nos lo había arrancado abruptamente de nuestras propias manos. Sentimos como si un pedazo de nuestra propia alma se desgarrara y se hubiera ido junto con él. Ahí permanecían todavía frescos los bellos recuerdos plasmados en mi caricatura que se mantenía aún pegada en su camastro, de aquel cuarto que ahora ya lucía vacio y desolado como mudo testigo de los otrora ratos maravillosos de dicha y felicidad que él nos había regalado en sus últimos días. Y Por nuestra parte, nos quedó la gran satisfacción de que con solo alterar el marcador de un partido, le devolvimos en intercambio generoso, la enorme dicha de ver ganar en los últimos instantes de su vida a su equipo favorito, las águilas del América.