Por: Miguel Ángel Casillas Barajas

En los años 60s había un verdadero furor por ver las películas de monstruos como las de Boris Karloff y las del amo del suspenso Alfred Hitchcock, pero más que nada, a todos nos gustaba ver las cintas protagonizadas por el Santo el enmascarado de plata, este último, ya había luchado en sus películas con cuanto ser monstruoso se le atravesara en su camino, así fueran hombres lobo, vampiros, momias, y espectros de todo tipo y tamaño. Él Santo, ya era reconocido mundialmente como un exterminador en potencia que a mano limpia acababa con el más pintado de los monstruos de esa época, así fueran seres de ultratumba o salidos de la propia imaginación de los cineastas de aquella época. Vaya pues, no había quien osara enfrentarse con el enmascarado de plata con su traje escarlata que a mano limpia acababa con todos, siendo ya una auténtica leyenda del ring que también había incursionado con éxito en el cine.

Influenciado por esas películas y más que nada por los monstruos que aparecían en ellas, un día al estarme bañando, me asusté de ver en mi cuerpo la presencia de un vello, me dije: ¡en la torre, me estoy convirtiendo en el hombre lobo!-salí asustado del baño, ante esa desagradable sorpresa (que según yo)terminaría de tajo con mis sueños y proyectos llenos de felicidad; ahora el resto de mi vida la pasaría en una caverna tétrica y oscura apartada de toda civilización, mi pobre y abnegada madre, me llevaría mis alimentos que consistirían en carne humana o retazos de huesos, y en las noches de luna llena saldría por el mundo a chirotear y a buscar alguna presa para saciar mi voraz apetito.

Me fui a la escuela cavilando en mi terrible problema, sin dejar de pensar un segundo en ese macabro hallazgo, a la vez que recordaba que en las películas de terror todos los lobos sufrían su cruel transformación por las noches de luna llena. Así que era solo cosa de esperar la noche, al llegar la tarde me pegué prácticamente a la pequeña ventana de mi cuarto que daba al corral de la casa para mirar la llegada del anochecer; pensé, si esta noche es de luna llena, ¡ya me fregué!, no habría escapatoria posible, y era inminente que yo sería un miembro mas de la nefasta y odiada familia de los cánidos. Y de seguro el metiche del Santo aparecería como el chapulín colorado de la nada y raudo y veloz me buscaría para exterminarme. En fin, esa es su chamba- me dije resignado-. No esperé mucho, efectivamente esa noche había una luna llena esplendorosa y lucía más hermosa y gigantesca que nunca, que alumbraba como lámpara de neón cada uno de los apartados y oscuros rincones de mi casa, sin perder su encanto habitual de romanticismo, aunque ahora tratando de emular al mismo sol con su luminosidad.

Solté el llanto y pensé en acudir corriendo con mi madre a refugiarme en sus brazos y comentarle paso a paso mi infortunio, pero preferí guardar la calma y mejor esperaría prudentemente hasta al día siguiente para solicitarle, un último consejo y a la vez despedirme de ella con un abrazo tierno y un beso cariñoso. Pesando en todo eso me regresé a la cama a tratar de conciliar el sueño y a prepararme mentalmente para afrontar con dignidad y valentía mi destino como niño lobo.

Y solo como una medida de precaución, para no afectar a nadie de mi familia, tomé los cinturones de los pantalones de mis hermanos y el mío propio y até mis pies a los barrotes de la cama de latón, para evitar que una vez al sufrir la transformación como un furioso lobo, pudiera devorar a alguno de mis dos hermanos, que dormían junto conmigo apretujados como cigarrillos. Voltee de reojo a verles sus caritas dulces y tiernas por última vez, ¡ahhh! Era un espectáculo bello, roncaban los pobrecitos plácidamente como dos angelitos muy quitados de la pena, sin saber los imberbes chiquillos que los acechaba una muerte espantosa y cruel, al ser devorados por un lobo hambriento y sediento de sangre a mas no poder. Volví a llorar y al poco rato me quede dormido.

A la mañana siguiente al cantar el gallo desperté sobresaltado, me desamarre y de inmediato corrí al espejo para ver si aquello había sufrido cambios y ya había cubierto todo mi cuerpo, pero no fue así, todo seguía igual. Me dije en tono molesto: vaya que contrariedad ¡ ¿y luego, hasta cuando tiene uno que esperar para ser niño lobo? ¡Chimole! Acto seguido, salí al patio furibundo y fijando mi vista hacía el cielo exclamé con rabia: ¡hey, si voy a ser niño lobo, que sea ya, no voy a esperar 10 años!

¿Y mis padres?, no, a ellos definitivamente no les podía comentar nada sobre esto, ya que en la casa había reglas muy estrictas, ahí jamás se tocaban temas de sexo porque eran considerados como malditurías, vaya la censura era tal, que ni tan siquiera por vacile podíamos tratar abiertamente con alguien de la familia algún tema de esos, de tal manera que estaba descartada esa opción, no había otra salida mas que buscar entre mis amigos de la escuela a alguien que tuviera alguna situación similar que la mía para que me diera su consejo o pudiéramos intercambiar experiencias al respecto.

Ya en la escuela, buscaba afanosamente a esa persona idónea que me aconsejara y me sacara de mis dudas para descansar de mi peregrinar, aunque pensándolo bien, corría el riesgo de que pudieran burlarse de mí, por mi ignorancia y total desconocimiento del tema, de tal manera que a última instancia y para evitar ser objeto de burlas, me decidí mejor, por observar de cerca en los mingitorios a otros bueno-Ustedes ya saben, para ver si estaban en similitud de circunstancias que yo. Cuando llegue a los baños me topé con un flacuchón y desnutrido chico y pretenso candidato que estaba de espaldas, ahhh me dije: este iluso será el elegido le llegué por atrás como asaltante de caminos rurales y sin mas ni mas me asomé bruscamente y ¡uf! ¡Que mala pata!, ¡tonto de mi! tenía que ser el niño Alfredito el sobrino rarito preferido, chiqueado, consentido y predilecto de la directora de la escuela, ¡Pa su mecha! Este, sin perder un solo instante, armó una gran alharaca como gallina clueca y corrió presuroso como alma que lleva el diablo a mitotearle a su tía la directora, que dizque yo andaba de fisgón en los excusados viendo cositas. Como resultado, fui a parar con mis huesos a la dirección, con mas dudas que antes y ahora para acabarla de amolar hasta castigado, sentado en la dirección en una sillita que daba al patio de recreo exhibido como un vulgar abigeo y todavía, como escarmiento para todos los alumnos del plantel, con un letrerote en mi pecho que decía lo siguiente: POR ANDAR DE BOBICHI EN LOS BAÑOS.

Después de cumplir mi sentencia, mi mandaron a mi casa, ya prácticamente resignado a ser un niño lobo, en el camino de regreso de suerte me encontré con un amigo del barrio un poco mayor que yo, y sin mas preámbulos le solté toda la labia de preguntas que me tenían inquieto y ofuscado, oye Manuel si yo ¿Bla, Bla, Bla, Bla Y luego Bla, Bla, Bla y después Bla, Bla, Bla? Al instante Manuel, soltó una tremenda carcajada que se escuchó en medio Tepic ¡Já, Já, Já, Já. ! A que Miguel! Más bien eres Lampiño Já, Já, Já.

¿Lampiño yo?- me preguntaba-¿quiere decir que no seré niño lobo Sino un feroz lampiño?- inmediatamente se me vino a mi atormentada y confusa cabeza, la imagen de otro ser horripilante con grandes ojos rojos, nariz puntiaguda, enormes dientes y con una tremenda cabezota, muy parecido al lobo pero mucho mas feroz y sanguinario, algo sobrenatural venido de otro mundo, la cosa era realmente grave, para un chico que se había portado bien en la vida. ¿Un lampiño será mas feroz que un lobo?-me preguntaba-

Pero luego Manuel continuo: Mira es normal a todos nos pasa eso, y en tu caso, hasta te tardaste manito, yo empecé mucho antes que tú, así que no debes asustarte.- ¿Oye Manuel y el lampiño como es? –pregunte-Já, Já, no es nada tonto, es una palabra solamente que se le da a los que tienen poco vello.

¡Fiuuuu! Exclame, ¡Gracias a dios! y me senté en la banqueta desfallecido, pero feliz de saber que todo había sido producto de mi propia imaginación.