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¡Casas en ruinas!

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01 / Agosto / 2018

Caminaba no hace mucho por el canal a la altura del huerto de Chico Fregoso cuando dirigí mi vista hacia aquel cuartucho en ruinas, cubierto de maleza y lleno de escombros.

Detuve mis pasos unos momentos y al instante traje a mi memoria la imagen de aquel hombre correoso y de tez morena y hasta me pareció escuchar el ruido del serrucho cercenando la madera.

Continué caminando hasta llegar al Ataquito, justo ahí donde solíamos bañarnos los chiquillos del barrio. Bajé por la brecha, di media vuelta y me enfilé por la calle - supongo que debe ser la prolongación de la calle Libertad, aunque también corre la posibilidad que sea ese punto el final de la avenida 20 de noviembre -...

Me detuve en la misma finca, pero ahora sí por la entrada principal. Aquí- recordé- funcionaba una carpintería. Su dueño se llamaba Miguel. Creo que su apellido era Llamas.

Don Miguel, si mal no recuerdo era conocido como El diablito -dicho con todo respeto- y cuentan que fue uno de los mejores carpinteros de Ahuacatlán, fabricante de muebles para el hogar.

Tendría yo, no sé, cinco, seis o siete años cuando acudía a esta carpintería, quizás dos o tres veces. Mis padres me mandaban para pedirle a don Miguel una bolsa de viruta -o aserrín-. Yo mismo recogía ese material que luego usábamos para convertirlo en almohadas.

La finca ahí está todavía, solo que se encuentra en ruinas. Sus muros de adobe están en pie. No así su techo de teja, vigas y demás. La maleza invade cada rincón y seguramente pocos son los que saben que ahí, justamente ahí operaba esta carpintería

Regresaba a casa cuando en eso reparé en otra finca antigua. Solo que esta se sitúa por la calle de Miñón, en el barrio del Chiquilichi. Llamó mi atención su resistente puerta, esa que tantas veces abrió y cerró aquella enigmática mujer conocida como doña Escolástica...

Mujer chaparrona, de piel blanca, abundante cabellera y fuerte voz. Escolástica platicaba gritando y además era un persona provista de un léxico florido. Maltrataba mucho y no admitía la presencia de los niños. Ay de aquel que osara atravesársele porque así le iba.

Ella gustaba de la crianza de animales. Su casa estaba llena de gallinas, perros y gatos y constantemente se veía a las ratas correr de un lado a otro, por el único cuarto o por la cocina. La insalubridad brotaba por todos lados. Así vivía ella. Mujer de pocos amigos, insensible al dolor ajeno.

Poco antes de morir doña Escolástica nos vendió una estufa de tan solo dos quemadores. Verde aceituna si mal no recuerdo. Desconozco quien sea ahora el propietario de este inmueble que, insisto, está ubicado por la calle de Miñón, en el barrio del Chiquilichi.

Un poco más adelante, por cierto, están las ruinas de lo que un día fue la granja de Gabriel Montero, con sus bardas de adobe y techo de teja, pero la finca conserva su estructura original.

Por la misma calle de Miñón se sigue observando algunas de aquellas fincas construidas a principios del siglo pasado, pero hay muchos otros inmuebles de la actual modernidad; aunque de eso hablaremos en otra ocasión.