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10 / Septiembre / 2018

Ahora sí se la pusieron fea al rector de la Universidad Autónoma de Nayarit, Ignacio Peña, a quien el gobernador Antonio Echevarría García le advirtió una vez más, y parece la definitiva, de que decida desprenderse de la totalidad de aviadores que pesan sobre la nómina de esa institución, así como de los viejos vicios que han puesto a la misma al borde de la quiebra, o en caso contrario deberá resignarse a no contar con ningún apoyo económico extraordinario de parte del gobierno ni tampoco se le permitiría acudir a llorar cuando el recurso se le estuviera agotando antes de tiempo.

Esa misma advertencia parece haberla tenido Peña del propio secretario de Educación Pública federal, según Echevarría García, por lo que se considera que la falta de respuesta positiva de la federación a las gestiones del mismo rector y de otras nueve universidades públicas del país que sufren por el estilo, pudiera estar ligada a fallas en la administración rectoral que han sido detectadas desde el 2014 en que hicieron crisis las dificultades económicas en la UAN con el rector anterior, actualmente en calidad de fugitivo.

De este último se afirma entre el mismo personal universitario que el exceso de confianza en sus amigos lo llevaron a facilitar millonarios préstamos de dinero que ahora figuran como irrecuperables, en tanto que a Peña se le adjudica una complacencia excesiva hacia la gente cercana que lo rodea y a la que debe mantenerse fiel, a menos que quiera verse defenestrado de la Universidad de un día para otro.

Para el gobernador Echevarría García, por lo que se ve y se siente en sus frecuentes declaraciones en torno a los problemas financieros de la UAN, hay compromisos que tiene el rector Peña al interior de la institución que no le permiten prescindir de ellos. Hacerlo sería colocarse la soga en el cuello y poner en riesgo los cuatro años que le restan en el cargo y que son casi el mismo tiempo que le queda al actual gobierno estatal.

Hay voces que se escuchan entre la opinión pública en el sentido de que Nacho Peña debe fajarse ya los pantalones y se ponga a dirigir a la máxima Casa de Estudios dentro del papel que le corresponde desde el momento en que fue electo para tamaña responsabilidad.

Fue precisamente al final del 2014 cuando la UAN dejó de vivir sus buenos tiempos, todavía con un rector que contaba los días que le faltaban para mandar a volar el cargo y huir hacia algún lugar donde pudiera esconder la cabeza y, todavía más, con la confianza de que nada pasaría en su contra, fuera de algún pequeño escándalo por desvíos de dinero como los tuvo cualquier funcionario público en los cómodos y dulces años del siglo anterior.

Hasta el 2014, la Universidad Autónoma de Nayarit disfrutó de aparentes finanzas sanas, y no solamente eso, sino de abundancia financiera que le permitían, incluso, la realización de obras de relumbrón como el estadio de beisbol, y de otras de alguna utilidad como la Biblioteca Magna, el bardeado perimetral, las avenidas interiores, los auditorios y otras que recuerdan las épocas de bonanza de la propia institución.

Ahora, en plena ruina económica que amenaza hasta con la desaparición de esa Universidad pública, le aparecen al rector Peña las cartas sobre la mesa para que las tome o las deje: o renuncia a protecciones de tipo personal que podrían poner en riesgo su carrera, o decide de una vez por todas cortar de tajo los vicios que dañan a la institución, pegados como sanguijuelas chupadoras de sangre, antes de lo que parece ser otra advertencia para esa rectoría: la probable intervención del Consejo General Universitario, en el asunto de las ruinosas finanzas universitarias, en caso de que para octubre próximo no se haya encontrado la solución a tanta miseria.

Cabe señalar, y es justo hacerlo, que Nacho Peña no ha sido señalado hasta ahora con la impronta de la deshonestidad y de las uñas largas que podrían situarlo en un lugar de dudosa conducta. No, el problema es otro, pero que de cualquier pone en aprietos al multicitado rector.