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18 / Septiembre / 2018

Acorralado, sometido al acoso de los autos que me rodean tan de cerca que amenazan seriamente con rebanar los espejos laterales de la Explorer –que por cierto no es mía- procuro distraerme observando una camioneta convertida en supermercado, totalmente cubierta de productos comestibles, por el rumbo del Mercado H. Casas.

Más tarde me enfilo por la avenida Insurgentes, en Tepic; es asqueroso. A mi derecha, sobre la plataforma de un camión, viaja un flamante VMW negro. Supongo que no lo ponen a rodar para que no se roce con la chusma. Voy hacia el oriente. A mi izquierda, rifándosela entre los autos, una mujer con un niño en el rebozo, toca con los nudillos en mi ventanilla cerrada por seguridad, en la esquina de Jacarandas.

Cuando la miro me dice a señas que ella y el niño tienen hambre. Enloquecidos, los automovilistas tocamos el claxon, todos tenemos prisa pero nadie consigue moverse. Por el espejo lateral, veo al conductor de atrás bajar de su auto. Compra una especie de raqueta, parecida a la que se usa en el tenis. Me dicen que es un matamoscas eléctrico. Nadie sabe lo que ocurre y lo único que nos alivia un poco es mentar madres.

Además de la frustración que me causa el hecho de no poder circular, tengo que aguantar también la propaganda inservible que se aprecia en los muros. Y a lo lejos veo la imagen del Peje. Algo noto en su mirada. Un vendedor de Gráfico se me acerca ofreciéndome un ejemplar. ¡Pura sangre veo en la portada!

De pronto empezamos a movernos y para mi mal, en cuanto pude cambié de dirección encaminándome por la avenida Allende. Terrible decisión, caminante, no hay camino. Escucho en la radio la voz de Arcelia Luna, en la Picosa. Me carcajeo por sus ocurrencias.

Después de casi media hora logro acceder al Congreso del Estado. Saludo a Eduardo García. Busco a la diputo Adhan Casas, pero no lo encuentro. Tampoco a Fugio Ortiz. Solo ubico a Javier Mercado Saúl Paredes y a Polo Domínguez, el mero chido del Congreso. Platico unos momentos con Rafa González y Mario Luna. La charla es amena.

Llega la hora de acudir a mi cita médica en la clínica 1 del Seguro Social. El reloj marca las 11 de la mañana con 10 minutos; y después de casi una hora de espera, soy atendido; pero en tanto eso sucede me pregunto: ¿Por qué odio tanto la ciudad? Yo mismo encuentro la respuesta: ¡Porque allá se vuelve uno más loco! ¿Verdad que sí?