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06 / Diciembre / 2018

Si el beaterio de la cofradía de la Vela-Cirio ‘Perpetuam Seculorum’ aún no termina de rezar denodadamente por la salvación de las pecadoras almas de esa legión de clérigos católicos pederastas, criminales abusadores de muchos cientos de niños, nos encontramos en nuestros archivos que no sólo en esos vaticanistas se dá ese desvío sexual sino, también, en la británica iglesia anglicana, y de ello es testigo vivencial nada más y nada menos que el propio hijo de la Reina Isabel Segunda, el príncipe Carlos –que se casó con su amante, esa horrible vieja con cara de hombre, la tal Camila Parker–. Así pues, apoltrónese, tome su caliente cafecito o su buen vino, o las dos cosas, y acompáñenos un rato en este chisme aristocrático.

La información se encontró en la revista ‘Proceso’ –para variar– (1563, oct. 15, 2006), y es un trabajo de Leonardo Boix, titulado Oro Escándalo. El caso está en el prólogo del libro del reverendo Harry Williams (Living Free/ Viviendo Libremente), que trata de su vida, obra y legado. Este tipo, muerto en enero de ese 2006, a los 86 años, ya antes había escrito oro libro (1982), una autobiografía donde contaba detalles de su vida sexual, como las orgías que organizaba al desempeñarse como capellán de la Iglesia de Trinity College, en la Universidad de Cambrige (Inglaterra), entre 1960 y 1979, escribe Boix, agregando que Carlos llegó allí en 1967: Algún Día Te encontraré, tal como fue el título. Allí reveló su vida de homosexual, la cual calificaba como cercana a los preceptos de dios y la Iglesia En la cama –escribió–, oraba por el placer que daba y recibía. Esto escandalizó al ala más conservadora del anglicanismo.

Dijimos que este humano realizaba sus desvaríos carnales en los años de capellán de la iglesia de Trinity College, y que el príncipe estuvo allí en 1967. Pues bien, en el prólogo del Living Free el propio monarca confiesa su homosexualidad, y elogió a ese sacerdote por su valentía de también hacerlo, y ello hasta el grado de haberle puesto el nombre de él, Harry, a uno de sus hijos – (¡póngase en los zapatos del muchacho al saber que lleva el nombre del mayuyo de su progenitor!) –.

La princesa Diana Spencer ya sospechaba de las joterías de su marido, sobre todo de sus relaciones con Michel Fawcett, su asistente personal o mayordomo y, de acuerdo con la prensa británica (1995) ella se reunió con un antiguo empleado de la Casa Real, George Smith, para hablar de esa perturbadora cuestión. Smith le confesó que, en efecto, el asunto era real, sin duda, y que, por otra parte, él mismo fue violado (1989) por ese Fawcett, quien quiso de nuevo hacerlo. Claro, Carlos negó los hechos (como ciertos políticos de México, a los que también les hace agua la canoa y les empalaga el arroz con popote; cacha granizos).

En su prólogo de dos cuartillas, el príncipe Carlos se muestra favorable al estilo de vida del prelado y de la relación que establecía Williams entre Dios y la homosexualidad, aunque lo hace a veces de manera tangencial refiriéndose a ‘sus opiniones profundas y de corazón sobre la humanidad entre Dios y el Hombre’ (sic), que se mantendrán ‘a través de las memorias afectuosas (sic) de sus estudiantes’.

Esta relación de toma y Daca de Williams y el principito Carlos fue tan estrecha que, cuando decidió casarse con Lady Diana Spencer, en 1981, lo eligió a él para pronunciar la homilía de su boda.

Vemos, pues que no sólo en Roma, en el catolicismo clerical se cuecen habas, y toda esa caterva, esa runfla de farsantes ensotanados e hipócritas portadores de báculos, son una pesada carga a la cruz de Jesús, que lo crucifican de nuevo y cada instante (véase: Hebreos VI, 4-6).

¡Ah –por último– que el príncipe Carlos es descendiente de Drácula!... Ahora se comprendería e por qué de esas estacas, para matarlo y dejarlo vivo. ¡Ah, y su otro hijo se llama William!