Olegario Zamudio
En los tiempos en que Rigoberto Ochoa fue Gobernador, el René Ruiz tenía un carrito color plomo, algún día de esos me dio un raite a mi casa y en el asiento contiguo, traía un libro, un diccionario de anécdotas que me presumió y me pidió que especialmente leyera una de ellas, que hablaba de Alejandro Magno.
La anécdota en cuestión hablaba, si mal no recuerdo, de que un día estando el mendigo Bianco a la vera del camino vio venir en su dirección a Alejandro Magno y se acercó a él para pedirle en limosna, una moneda para comer.
Alejandro encontrando a su secretario con la mirada, le ordenó, dame el nombre de alguna ciudad que tengamos conquistada, para nombrar al mendigo gobernador de alguna de ellas, Bianco, que no salía de su asombro, encaró al conquistador para reprocharle, oye-le dijo- me estás metiendo en un problema.
Pues según su razonamiento, él sólo le había pedido una moneda para comer, Alejandro percatándose de su turbación se acercó a él diciéndole, el problema es que solo piensas en ti como lo que eres, como el mendigo Bianco, no piensas en mi, en Alejandro Magno, lo que yo soy, decirte pues, que la dadiva tiene que ser digna de quien la da y no de quien la recibe.
Este libro con anécdotas como estas, me regaló René Ruiz y aún lo conservo.
Tratándose de mi familia comentaré, soy el más chico de mis quince hermanos que tuve, mi madre siempre me acusó de decir las cosas como se me venían a la mente y mis hermanas que vivieron más cerca de mí que mis hermanos varones, dan testimonio de ese sentir de miamá, cuando ella murió y regresamos del panteón, mi primer impulso era servirles frijoles guisados con tortillas quemadas a mis hermanos.
Cuando les serví, en un acto ceremonioso más que de hambre, se sentaron a comer algunos de ellos y de repente dejé de comer para decirles, qué gacho han de sentir ustedes por que se quedaron sin madre, se les murió su mamá y se quedaron huerfanitos.
Mis hermanos se quedaron estupefactos en completo silencio y una de mis hermanas para romper el hielo de mis palabras, contestó, tú también te quedaste huerfanito, tú debes de saber qué se siente.
Le dije que no era lo mismo, que ellos sólo se habían conformado con ser hijos de miamá y tenerla como madre, yo no perdí solamente una madre, yo había perdido aparte de una madre, una amiga y eso hace la infinita diferencia.
Me acusó de ser un lobo solitario, de no andar en manada, así viví y cultivé una gran amistad con Edgar Arellano, con su personaje el pipiripau fue menor; juntos nunca nos compartimos con alguien más, nadie puede dar testimonio cierto de nuestras diatribas como escribientes, ni la de nuestra amistad en lo personal, pues nadie compartió con nosotros, nunca se los admitimos.
Cuando alguien se acercaba ante nuestra entrañable relación, casi siempre le permitía e Edgar tener la voz cantante de la plática y yo me replegaba.
A quienes no conocieron a la familia de Edgar, a quienes lo conocieron por mi persona y me han llamado para darme sus condolecías, les envío una intención de buena providencia, gracias por preocuparse, gracias.
Ahora y con un dolor silente que traspasa la barrera del sentirse abatido por su ausencia, puedo decir, que cuando mi amigo daba algo, pensaba en él como el Edgar Arellano que era, era magnánimo eso lo hizo diferente, también por su magnanimidad en su sentencia flamígera como escribiente, también en eso era incomparable a los demás.
La prensa, el periodismo nayarita y algunos sectores de la sociedad, perdieron al Pipiripau un perito en letras, un hombre que sabía descubrir con sus inseparables gafas, creo que mágicas y supo encuerar; cínicos, hipócritas, mojigatos, corruptos, pusilánimes, timoratos, cándidos y petulantes, el escritor tenía la virtud de ser claro y transparente en sus apreciaciones.
Así pues ahora lo diré, cuando perdemos un amigo porque se va, una estrella del cielo se nos obscurece y señalar de cierto esto es mi verdad, pues quizás muchos con este deceso, perdieron un comunicador, otros más perdieron un periodista director, yo no, yo simplemente perdí un amigo, un gran amigo, mi paisano mazatleco pata salada, el Edgar Arellano y de eso me duelo. Amén.