La constante que he escuchado en años, de quienes en algún momento trabajaron de cerca con Édgar Rafael Arellano Ontiveros, El Pipiripau, es que fue una persona que daba si sabía que otro necesitaba, que daba sin que el otro lo pidiera, y jamás decía que no si el otro le pedía.

Un reportero de Express me contó una anécdota: una tarde, El Pipiripau lo llamó por teléfono para decirle que estaba afuera de Elektra, parado, viendo una televisión muy bonita y no hallaba a quién regalársela. Le preguntó si él la quería. Y unos minutos después, el reportero tenía su tele nueva.

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Un día de junio de 1996, mi familia y yo desayunamos en un restaurante. A la hora de pedir la cuenta, la cuenta ya estaba pagada. Una empleada me señaló una mesa, en la que estaba Arellano Ontiveros, el director del periódico Express, fallecido el sábado 30 de octubre en esta ciudad.

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Lo visité hace unos 10 años en la penal de Tepic. El gobierno de Antonio Echevarría lo llevó a prisión, acusándolo del delito de robo de vehículo, aunque meses después fue absuelto de todos los cargos.

De aquella visita surgió una nota que publiqué.

El día que recuperó la libertad, hubo porras para el creador de la columna Cotarro Político y seguro estoy que hubiera llorado por la emoción si las mismas habrían continuado unos segundos más.

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Tiempo después me localizó por teléfono y me invitó a tomar un café. Yo había escrito una nota sobre una riña entre reos de la penal y el que era señalado como responsable buscó a Arellano, tejida una amistad de cuando estuvo preso, para aclarar que él no tenía relación con los hechos.

Édgar y yo entramos a la prisión y platicamos un buen rato con el mencionado reo.

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Me cuenta el periodista Armando Fránquez, de Express, que el domingo 24 Arellano Ontiveros escribió su columna, atacado ya por fuertes dolores en el cuerpo.

Lo imagino, sufriendo, pero haciendo lo suyo hasta no poder más.

Este miércoles fue publicada una carta póstuma de Arellano Ontiveros. El primer párrafo señala:

Si mis cuatro lectores están viendo publicados estos renglones, razón será, esta, de que me habré marchado con mi música a otra parte.

El último párrafo dice:

Ahora, como muchas ocasiones, no hay famosas, esas, como dijera mi compadre José Alfredo, se van conmigo.

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Hará algún año que crucé las últimas palabras con Édgar Arellano. Salía del Congreso del Estado cuando nos encontramos, él al volante de una camioneta, estacionada por la avenida México.

Me preguntó qué había pasado con los gruesos lentes de contacto.

Al saber de la operación en los ojos y del uso de lentes oscuros me pidió que fuera a una óptica y, a cuenta de él –diles que vas de mi parte-, adquiriera otros lentes.

Aunque no fui a la óptica confirmé que, efectivamente, lo suyo era dar.