Por una buena vez, ya toca que en este 2010 se hable de algo que no esté relacionado con el protagonista de todos los días, de todos los medios, de todas las sobremesas: el Bicentenario. Grito bicentenario, concierto bicentenario, carrera bicentenario, exposición bicentenario, torre bicentenario y use usted cualquier sustantivo, ya que en este año todos pueden preceder a la excelsa palabra (nótese el retumbar de los tambores) Bicentenario. Con decirle, ilustre lector de oídos educados, que hasta los rockeros nacionales tuvieron su tajada del pastel.

Pareciera un intento efusivo e inmesurado el que todos en este país sepamos que, según esto, hace cien años logramos la independencia de nuestro bello México. Lamento desilusionarle si con el siguiente dato su patriotismo y orgullo nacional se ven truncados, pero la independencia de México no fue en 1810 sino años después. Y con esto no pretendo dar clases de historia ni llenar su cabeza con datos y fechas que seguro los libros harán mejor que mi humilde opinión.

Entonces, ¿por qué soñamos con el bicentenario a tal grado que en la mañana despertamos y vemos a nuestra pareja y decimos hola mi bicentenario? ¿Qué a usted no le ha pasado? Porque yo lo confieso, he pecado. Es que claro, cómo podía ser posible que la antes llamada Nueva España, ahora patio trasero de los gringos y futuramente territorio de nadie, festejara su independencia años después de países como Chile. Si bien dicen que la vanidad no sólo se adueña de las mujeres, ahora hasta de los países, imagine usted.

Somos un país falto de triunfos, ávido de grandeza y tal vez por eso el gobierno federal pensó correcto gastar más de dos mil millones de pesos en monumentos inconclusos, plazas, fiestitas y desfiles. Sí, estoy consciente que se tiene que invertir en esparcimiento, pero ¿realmente no encontramos una mejor manera de canalizar esos recursos? Por ejemplo, hacer más accesible el arte, procurar una mejor educación en el que, claro, se le dé lugar a la historia de México e Independencia, hacer menos pobres a los casi 53 millones de pobres que viven en nuestro increíble país.

No se necesita mucha imaginación para saber que el dinero se puede invertir en cosas más evidentes que una fiesta. Hasta la realeza (nótese la ironía puesto que no creo en títulos nobiliarios) sabe apretarse el cinturón y omitir una tradicional fiesta navideña, como medida ahorrativa, debido a la situación financiera actual. Y nosotros no pudimos festejar nuestros gloriosos doscientos años de independencia modestamente. ¡Ay con nuestra idiosincrasia laxa!

De antemano me disculpo porque sí, otra vez hablamos del susodicho bicentenario. Pero ya a estas alturas, no podemos hacer otra cosa más que implorar con ansias que llegue el 2011 para que toda esta artimaña mediática bicentenario concluya para pasar a cosas importantes y que seguramente le apasionan más como las esperadas campañas rumbo al 2012 (por favor, note la ironía).

Si bien lo decían los romanos: pan y circo. Y ojalá fuera más pan que circo aunque con nuestro primer lugar en obesidad, ya no se sabe.