Por: Brisa López

En una estampilla postal que llegó aferrada a un sobre conteniendo una carta, asoman los ojos de unos gallos de pelea que me han hecho recordar el pollo a la naranja que mi madre preparaba cuando mis hermanas y yo aún éramos niñas. Vivíamos en Chilapa, muy cerca de Estación Morada.

Cuando criábamos a esas aves, mi madre tenía en la cocina una estufa de carbón que mantenía a los pollitos a una temperatura adecuada. Después de un par de semanas los soltaba, Teníamos un gran patio donde encontraban los más variados y suculentos manjares: gusanos, caracoles, lombrices de tierra y orugas de colores.

Para alimentarlos, mi madre lanzaba al viento puñados de maíz que al caer rebotaban una y otra vez como cuentas doradas por el sol. Poco a poco se apaciguaban sobre la tierra hasta quedar completamente inmóviles, como paralizados por el miedo de ser devorados por los pollos al siguiente instante.

Ya crecidos, mi madre mataba dos o tres ejemplares para las fiestas de la Virgen de la Piedra Blanca. La usanza era que cada familia del pueblo llevara sus ofrendas, entre las que destacaba el delicioso pollo a la naranja de mi madre.

Rojo ¡muy rojo! encendido como el fuego y picosamente delicioso, este platillo tenía su historia particular en casa.

La abuela paterna de mi madre heredó la receta de sus antepasados. Solo las mujeres de la casa sabían prepararlo. Desafortunadamente yo me mudé siendo muy niña a la ciudad de Tepic para continuar educándome y así alcanzar mis sueños de superación profesional.

No tuve oportunidad de aprender cómo se preparaba el manjar familiar. Pero recuerdo que la preparación del platillo causaba gran algarabía en mi madre y las demás mujeres que participaban. Cerraban puertas y ventanas para que el secreto no se revelara ni a los rayos del sol. Decían que desde el casorio de los abuelos Leonardo y Basilia, por tradición se preparaba pollo a la naranja en las bodas familiares.

Al comerlo tiene un efecto de sublimación del amor por el ser que uno ama. Por esa razón se cocinaba especialmente en estas celebraciones y por eso también se guardaba celosamente la receta. Esto prevenía que otras mujeres del pueblo intentaran atraer como amantes a los hombres de nuestras mujeres.

Yo crecí creyendo que ese miedo era producto de la imaginación o la inseguridad de mis tías, primas, hermanas, abuelas, bisabuelas y no sé cuantas generaciones más.

Me casé poco tiempo después de terminar mi carrera como maestra de danza folklórica en Zapotlán El Grande, Jalisco. Era yo para entonces una bailarina profesional y ya convertida en maestra, viajé a diferentes ciudades del país con el grupo que formé.

Después de varios años de feliz matrimonio y la llegada de nuestras tres hermosas hijas, quiso la mala fortuna que mi esposo empezara a reflejar su gusto por ciertos platillos picantes que encendían mis dudas y mis celos cada vez más.

Con ese dolor desbordándose por todos los poros de mi cuerpo, descubrí la infidelidad de mi esposo gracias a las manchas de recaudo rojizo en sus camisas. El aroma del guisado en esas prendas, me hizo recordar aquel platillo especial que nunca aprendí a preparar en casa. ¿Cómo pudo alguna mala mujer inmiscuirse en mi familia para obtener la receta?

Que ésta lo hubiese atraído por su belleza y juventud, incluso por otras cualidades femeninas, me habría indignado menos. Pero además de engañada me sentí robada. Eso me frustró por dentro.

Volví al pueblo en busca de mi herencia culinaria, después de aquel desatino. Afortunadamente aún vivía la tía Luisa en las ruinas de la vieja construcción. Aún colgaban las mismas bugambilias en el umbral de la casa.

El tiempo cura las heridas y ya grandes nuestros hijas, he recuperado la comunicación con mi ex esposo y si bien no volvió el amor, al menos la buena convivencia nos congrega en las celebraciones familiares.

En una de esas reuniones, me confesó lo que yo ya sabía. El motivo de aquella infidelidad se debió a lo que él llamaba un embrujo de la mujer que lo atrapó gracias a la preparación de una receta.

Ella misma le confesó que la había robado en una casa donde trabajó como parte de la servidumbre en un viejo pueblo de Rosamorada, Nayarit. A él le resultó en aquél entonces un dato muy curioso que eso hubiera ocurrido en el mismo pueblo de donde yo soy originaria.

Por sí o por no, he enseñado a mis hijas la preparación de la receta. Una y otra vez cocino el delicioso pollo con mis hijas en casa. Espero que no ignoren el augurio cuando decidan contraer matrimonio.