Por: José Ma. Narváez Ramírez.

No dudamos de que algunas personas celebren las posadas a la moda antigua, tal y como vemos en las películas mexicanas del siglo pasado, en las que cerraban la puerta y quedaban afuera los peregrinos muriéndose de frío y los vecinos de adentro, al calor de las velas que portaban, (y de los anticipados ponches) muy calientitos, contestaban las estrofas correspondientes hasta llegar a la que dice: ¡Entren santos peregrinos!

(Igualmente se hacían dentro de la iglesia del pueblo a la hora del rosario; a ellas asistíamos de pequeños a hacer sonar las güijolas y pitos en forma ensordecedora a la hora del cántico entre rezo y rezo de los misterios y el que se hacía el chistoso o disimulado, recibía un jalón de orejas.)

Y cargando el pesebre pasaban al recinto donde se celebraba la posada para quebrar la piñata bañándose prácticamente de dulces y frutas, sin faltar entrarle al bailongo y al chúpe sostenido (a discreción) y darle rienda suelta a la sana alegría sin sobrepasar la línea de la moderación o traspasarla, a riesgo de ser despedido de la fiesta o llevado en la Julia a la inspección de policía para responder por los actos cometidos por la pasada de copas.

Hoy se despachan con el cucharón pozolero y se convierten en lugar de peregrinos o posaderos, en forajidos y energúmenos delincuentes que se agarran a catorrazos o sacan a relucir las navajas o las pistolas enardecidos por el alcohol y las drogas que consumen. Total; que en su mayoría, la fiesta se vuelve un desgarriate y la hermosura de la tradición se va perdiendo en el olvido.

Además, el miedo de ser privado de la vida al aparecer un rondín de sicarios buscando a determinados contendientes echando balazos a diestro y siniestro, sin respetar edades ni identidades, hace que se la piensen los organizadores.

Todavía se puede, hablando del núcleo familiar, hacer una –prácticamente- posada en privado, invitando a los amigos, parientes y familiares más cercanos, celebrando temprano sin desveladas ni repetidos brindis.

A muchos les gusta que asista todo mundo, como por ejemplo en San Francisco del Rincón, Guanajuato, capital del sombrero y el mejor lugar del mundo donde se confecciona el zapato deportivo, en ese lugar se llevan a cabo las iluminaciones en las que los barrios se engalanan para recibir a todo aquel que lo desee y es recibido –de octubre a diciembre- con los famosos tacos de nada de tortilla con pura salsa, sin nada adentro, aguas frescas, atole, tamales y pambazos. Todo es gratis.

A pesar de las amenazas y miedos, ellos abren las puertas de sus barrios y dan cabida a toda persona que pase frente a sus casas y les brindan atenciones y comida.

Acá con nosotros, los grandes restaurantes, los hoteles y casinos y diversos antros de vicio y dizque diversión, incitan a los jóvenes a asistir a las posadas en las que muchas de las veces les venden bebidas adulteradas con alcohol y droga, que los obliga a degradarse y los orillan a cometer desmanes y altercados que van desde los más simples hasta los más complicados. Defenestrando los buenos deseos de la Navidad, el Año Nuevo y las posadas. En una palabra: la unidad familiar, que debería estar por siempre por sobre todas las cosas.

Por desgracia, nuestra muchachada sigue siendo el principal blanco de la llamada modernidad y continúa recibiendo los más duros golpes que le asestan las malas compañías, los delincuentes del vicio y la drogadicción, los malos padres y los peores maestros.

Y Control señores Control que no nos quiten nuestras tradiciones religiosas, que forman un inapreciable tesoro.