Aquella mañana fresca de noviembre había despertado como en cualquier otro día, con muchos ánimos por amar la vida, el aire, la naturaleza, en fin por todo lo que me rodea pero con mi agenda de actividades de fin de año vacía, sin nada nuevo que alegrara, ese mi diario rutiar por este mundo. Encendí ese novedoso y extraordinario aparato llamado iPOD para escuchar algo de música Rock, y me dispuse a desayunar, soportando la mirada un tanto inquisidora de mi esposa Mary que de alguna manera reclamaba mi actitud de escuchar Rock a esa hora de la mañana que obligaba a preguntarme mi mismo: ¿pero es que hay algún horario preestablecido para calmar este vicio incontrolable de escuchar Rock? Así, sumido en mis pensamientos, llegó la hora de probar los benditos y sagrados alimentos con la música de John Lennon puesta de fondo que me alegraba esa mañana, un tanto fría en todos los aspectos.
Sin embargo mi bella esposa muy lejos estaba de imaginarse sobre un proyecto que envolvía mis entrañas como tamal. Todo había iniciado la noche anterior. Al estar bajo las sábanas, meditaba profundamente que los verdaderos Beatlemaníacos de corazón como lo es este servidor de ustedes, poco o nada habíamos aportado, vaya, aunque así fuera, una minúscula pizca de arena por la música Beatle aquí en Tepic, como para sentirnos muy orondos como pavorreales identificados plenamente con John, Paul, Ringo y George como fieles seguidores de su música. Mejor dicho, hasta antes de ese gran concierto en Mi Azotea del día 18 de diciembre pasado, Los Beatlemaníacos aquí en Tepic éramos como parte de una simple estadística o una masa un tanto amorfa y casi olvidada. Considerados como simples fans caseros o de buró. Esos seres transparentes que han visto pasar el tiempo en pequeños escondrijos encerrados como vampiros en madrigueras más oscuras y tétricas que una caverna, revueltos entre medicamentos y artículos en desuso, y que muy de vez en cuando en algún pequeño descuido suelen salir a la luz de la luna a deambular por las calles como zombies con sus audífonos puestos en los oídos; pero la gran parte de su tiempo, o están en alguna oficina, o en la escuela, o en el trabajo, Escuchando música de los Birus agazapados como trampas de ferrocarril para que nadie los identifique como fans del famoso cuarteto de Liverpool; o bien, muy discretamente se dejan ver en los cafés-Bar para escuchar su música preferida, perdidos en el rincón más oscuro y apartado del bar. Aunque bueno, debo ser sincero en reconocerles que gracias a todos ellos, se ha diseminado la semilla del Rock-Band y esta se ha propagado en todo el orbe terráqueo, y ni modo, así es su manera de vivir y su estilo de disfrutar la vida, invisibles a los ojos del mundo. Aunque también valga decirlo, por medio de las redes sociales de internet como lo es el Facebook los fans del Rock Band Beatle se multiplican día con día como conejos, sin abandonar las penumbras del anonimato. Por lo menos aquí en Tepic esa impresión se tenía de los fanáticos seguidores del Rock Band de los Birus hasta el momento en que llegó el concierto en Mi Azotea. Este concierto, logró entonces su objetivo, ese ¡Bum! de abrir de tajo las puertas de los corazones de aquellos Beatlemaníacos empedernidos que buscaban afanosamente una pequeña rendijita para poder salir de la fría cripta del anonimato expulsados como bólidos y presentarse abiertamente ante la sociedad sin prejuicios de ninguna índole, y gritar con su ronca voz por tanto tiempo acallada personificados abiertamente como lo que son, verdaderos adictos al rock y rancios apasionados de la música Beatle.
Me dije, no hay de otra, alguien tenía que hacer algo por ellos, eran tantos los adictos al Rock Band damnificados y deseosos de ser escuchada su voz, que tal vez en lugar de un concierto en la azotea, hubiera sido mejor haber creado un CRIT TELETON para internar a tanto Beatlemano que requería terapia musical urgentemente, después de haber sido arrollados brutalmente por la música de banda; Urgía por lo menos brindarles los primeros auxilios médicos elementales, para ayudarlos a recuperar los sentidos del terrible daño psicológico sufrido, y que tuvieran aunque sea un pequeño pero gratificante respiro con un tokín de Rock, y de esa manera darles un poco de terapia para auxiliarlos por lo menos a que purificaran sus pobres y contaminadas almas, rescatándolas de las garras del putrefacto ambiente Bandístico existente. Así que esa mañana me transformé en algo así como El libertador Beatlemaníaco justiciero.