Diciembre, como muchos dicen, es tiempo de muchas cosas: unos lo aplican a la melancolía, al perdón, a la reflexión, a la nostalgia, al amor, y más y muchas cosas más, pero inevitablemente, definitivamente hasta el más apartado se involucra en estos menesteres.
Entre otras cosas, diciembre me gusta para salir a la carretera pero sin prisas; claro está, el año pasado, por ejemplo, salí rumbo a Mazatlán, muy temprano como a eso de las seis de la mañana y llegué a tiempo de la cena, llegue como a las siete de la noche.
Para empezar el viaje, nos fuimos a Buenos Aires a desayunar, y terminamos de echarnos un jocoque como a eso de las diez; nos metimos a San Blas; fuimos a Ruiz, a comprar una camiseta; llegamos a Acaponeta a los tacos de puerco echado. En el Rosario fuimos a la tumba de Lola la Grande; en Escuinapa, nos atascamos de tamales de camarón y chiles piquines y en Villa Unión nos tomamos un café del OXXO pa’l desempanse, porque teníamos que llegar a cenar en la navidad.
Tengo la convicción de que los lugares donde tenemos familia y vamos de vacaciones, son una delicia; la familia materna y la familia paterna son una exquisitez, pero hay otra familia más, que son los amigos. Los viejos amigos de la infancia que crecieron con nosotros en el tiempo, en nuestros afanes y nuestros sueños, porque además, creo que Dios, se expresa más claramente a través de los amigos.
Fui a visitarlos a ellos esta vez; los amigos de la infancia y la verdad es que no alcanza el tiempo para ello. Creo que se ocupa más tiempo del habitual. Llegué en una de mis paradas a mi último barrio de mi adolescencia y encontré al Manuel que pronto me reconoció. Contento estaba por que se iría de vacaciones, en viaje al norte, a pesar del frio.
Ahí estaba más delante, Don Ramón Lerma, quien me conminó a entrar a su casa a platicar, y cuando escuche la voz de Doña Bertha, se me alegró el Corazón. Ella es una muy buena persona como pocas mujeres que conozco en la vida.
Cada que pasaba algún vecino, Don Ramón le llamaba para festinar con ellos mi presencia en ese lugar y los invitaba a adivinar quién yo era. Así le habló a Arturo el Tuto. Teníamos más de treinta años que no nos veíamos; inmediatamente me agolpó el recuerdo de él, de un niño feliz, rodando un rin de bicicleta con un alambrito en la mano.
Me comentó mientras caminábamos por las calles, que él era muy trabajador, que no le dio por consumir drogas ni alcohol, pero que la dedicación al trabajo le había hecho olvidar algunas otras cosas esenciales de la vida. Me platico de sus hermanos, de su mamá y de su papá el Melado.
Es grato y confortante caminar al lado de un amigo de la infancia; es grato mirarse a sí mismo y al lado de ellos. Escuchar la plática con otros anhelos e intereses inimaginables de la niñez. Mientras miraba a Arturo, el Tuto y escuchaba su voz franca, mientras caminábamos con la brisa serena de la noche de puerto, me miraba a mi mismo en el recuerdo de mi infancia y lo que en algunos aspectos, en ella aconteció.
Como que ir a tu infancia te permite tener una perspectiva del sendero de tu vida y quizá también la de otros; te permite poder observar a tus nuevas amistades en sus anhelos e intereses, entonces te das cuenta de que en una intención franca puedes sonreír y lo haces. Como que en esas caminatas se puede observar más claramente la circunstancia humana de quienes nos rodean y la propia también.
Ya de regreso al barrio después de cenar y caminar, de encontrar a Jesús Cervantes amigo periodista de Nayarit, que fue a recogerme hasta el puerto, cuando volvimos al barrio a nuestra calle, un tanto como con cierta duda e incertidumbre, le pregunte al Tuto, ¿Tuto y los viejos donde están los viejos?, que sola se siente la calle. Entonces el Tuto detuvo su marcha, me miró a los ojos y ayudado con el lenguaje de las manos me dijo, ahora los viejos somos tú y yo, ahora los viejos somos nosotros, y siguió caminando.