Por Miguel Ángel Casillas Barajas
Así sin planear tanto las cosas, simplemente lo decidimos de la noche a la mañana última del año 2010, tomamos nuestras cosas más personales e intimas y decidimos partir a Guadalajara a visitar a ese famoso osito rechoncho de gordo sin color (blanco y negro) que tiene vueltos locos a todos los tapatíos. Nuestro tour de fin de año contemplaría caerles como avalancha de nieve y casi, de sorprais al matrimonio formado por mi yerno Roberto Cuevas, mi hija Linda Marisel y ese pequeño encanto de niña llamada: Andreita.
Para no llegar con las manos vacías, llevábamos en la cajuela de nuestro pequeño auto compacto una gigantesca olla de tamales de todos sabores y colores para la cena de año nuevo; y varios kilos de menudo en una hielera para recibir el nuevo año como dios manda. Alguien mas de la familia llevaba por ahí, una que otra botella del elixir de la vida, de tal manera que estábamos armados hasta los dientes y completos para esperar dignamente la llegada del venturoso año 2011.
Llegamos a eso de las 4 de la tarde a Guadalajara y las mujeres de inmediato empezaron con los preparativos para la cena, que dio inicio a las 9 de la noche. Después de disfrutar un desfile interminable de tamales hechos en casa y de una larga sobremesa, luego nos dimos el abrazo de fin de año y nos fuimos a dormir temprano para estar firmes como soldaditos y de de pie casi amaneciendo (a las 7 de la mañana), para dirigirnos de inmediato al zoológico de Guadalajara y ser de los primeros en llegar, y así evitar las odiosas aglomeraciones que se hacen para visitar a tan distinguido personaje. No tuvimos problema, prácticamente fuimos de los primeros en llegar y entrar pagando una de las tarifas mas altas por persona, que incluía un tour completo, el zafarí y derecho a usar todos los transportes con que cuenta el zoológico para realizar el recorrido por el extenso terreno cómodamente sentados y con guía; y lo principal, el boleto incluía la visita al personaje proveniente de la milenaria china. El oso panda.
Después de un pesado recorrido y dando de brincos en esos feos carromatos de aquí para allá y de ver toda la variedad de animales en cautiverio como lo son: aves, insectos, reptiles, las enormes jirafas besuconas, los altivos antílopes, los burlescos y sonrientes changos que me veían de arriba abajo amistosamente como si yo fuera algún familiar muy cercano extraviado; luego, continuamos con los enormes y pazguatos rinocerontes, las rayadas cebras, etc. Etc. Hasta que por fin, Llegamos al lugar esperado por todos con ansias, con el mentado y afamado oso panda.
Al llegar a su reservación, lo primero que te impresiona es el área que está finamente decorada y ambientada con cierto aire de misticismo tal si fuera una pequeña ciudad china con pagodas, música oriental y algunas efigies de guerreros samurái apostados en las puertas de acceso como celosos guardianes; y como colofón, un profundo olor a incienso que inunda tus sentidos de manera agradable para darle una cierta atmósfera de esoterismo a un ambiente pleno de misticismo tibetano. En fin, pienso que toda esa ambientación era necesaria para que el ilustre Shuan, Shuan se sintiera como en casa. Cuando llegamos a ese lugar en donde está hospedado el pandita lo encontramos dormido plácidamente a pierna suelta, y las personas que están a su cuidado permanentemente, nos indicaron que tendríamos que regresar hasta las 4 de la tarde, que era la hora exacta en que se levanta Shuancito para probar sus sagrados alimentos; así que, ni hablar, tuvimos que regresarnos y realizar otro pequeño recorrido por el zoológico para esperar 2 largas horas , y volver nuevamente para poder mirar al panda a través de un cristal por lo menos de pie, sonriente y jugueteando como era nuestra intención; y seguramente de la mayoría de los cientos de visitantes que nos habíamos dado cita ese día en el zoológico.
Después de la eterna espera, efectivamente a las 4 de la tarde en punto, se puso de pie lentamente Shuan, Shuan ante la algarabía de la concurrencia y principalmente de los chiquitines; y empezó en cámara lenta a estirarse y a buscar los bambús para alimentarse, ¡que cosa mas bella mi niño! me daba la impresión de ver en el panda a un bebote muy crecido por la lentitud e ingenuidad conque hacía sus movimientos. Se estiró un poco, y tras de un largo y prolongado bostezo, de inmediato empezó a la hora programada puntualmente a comer jalando como cañas, las grandes tiras de bambú que tenía a su alcance, disfrutando cada bocado y sin perder detalle con la mirada de toda la gente que se arremolinaba en grandes tumultos frente al enorme cristal para observarlo. Cabría aquí mencionar, que el personal del zoológico merece un reconocimiento especial por el cuidado y la limpieza que le profesan y para aislarlo de todo, y principalmente por mantenerlo fuera del alcance del gran depredador por naturaleza: el homo sapiens. El lugar cuenta incluso, con temperatura y ambientación controlada por computadora, y nadie, se le puede acercar, ni tan siquiera un metro, vaya ni el mismo personal del zoológico tiene autorización de resollar cerca de él, solo son contadas personas muy preparadas, autorizadas y reconocidas, las que tienen acceso y las que lo pueden atender; mismas personas que lo han venido cuidando desde que era un bebe.
En fin, fue una gran decisión de nuestra parte haber ido a visitar el zoológico de Guadalajara en el inicio de año, te recomiendo amigo lector, que si puedes te des una vueltecita por allá y ojala, alcances a ver todavía al oso Panda Shuan, Shuan que está a punto de partir a otro lado; ésta es de verdad, una experiencia mágica, única e inolvidable.