Por Óscar Verdín Camacho.- UN SUEÑO

José Hernández Moreno recuerda cuando niño, su papá, sus tres hermanos y él trabajaban en el corte de pepino, de sus ropas mojadas por el rocío de la madrugada y el lodo que va pegándose durante el contacto con la tierra.

Un día su papá les dijo: ustedes están viviendo su futuro ahora, esto les espera toda la vida si no siguen en la escuela. Y si, estudiar era lo mejor.

El trabajo obligaba a madrugar para dirigirse a las parcelas y al pequeño José le fascinaba ver el cielo oscuro y las estrellas, la luna.

José Hernández es el astronauta mexicano que el 28 de agosto del 2009 viajó al espacio en el Discovery, a la Estación Espacial Internacional.

Anteayer y este miércoles, en dos sesiones, contó sus experiencias a jóvenes universitarios y a cientos de niños y adolescentes.

Hernández narra otro momento en su vida que le animó el sueño de convertirse en astronauta: fue haber visto por televisión la misión del transbordador Apolo y las caminatas sobre la luna. Recuerda que tenía unos nueve años y aquel día se la pasó entre maniobrando las antenitas de la televisión, para que agarrara mejor la señal, y saliendo al patio para ver el cielo. No puedo creer que el ser humano pueda estar allá, se preguntaba entonces.

En ese momento nació mi sueño de ser astronauta; les dije a mis papás que quería ser astronauta y ellos me animaron, me hicieron creer en mi mismo, me dieron la licencia para poder soñar.

SU MAESTRA

José Hernández recuerda cuando su maestra de segundo año de primaria, de origen chino, fue a hablar con sus papás para protestar por qué se regresarían a México tres meses y luego volverían a Estados Unidos. Había sido maestra de otros hermanos de José y año con año era la misma: dejarles tarea para tres meses y luego, al regreso, ponerlos al corriente del grupo.

Aquella noche de la visita de la maestra, hubo una cena especial en la casa de los Hernández Moreno. La maestra pidió a la pareja que echaran raíces para que sus hijos pudieran estudiar con más facilidad.

A partir de aquel momento, las visitas a México si bien continuaron, fueron más cortas, sólo en vacaciones.

Dice que las dificultades que tenía con el inglés no las encontró con las matemáticas, materia en la que era muy bueno.

LA GENERACIÓN 19

Hernández cursaba el último año de preparatoria cuando se enteró que la NASA había seleccionado al primer astronauta de origen latino, Franklin Chan Díaz, de raíces costarricenses.

Tenía una vida similar a la mía y me dio envidia de la buena.

José terminó la carrera de ingeniero electrónico en la Universidad de California, en Santa Bárbara. Cinco años después envió su primera solicitud para ser aceptado como astronauta.

La NASA, explica José Hernández, hace la selección dependiendo de lo que vaya necesitando. Las solicitudes suman hasta cuatro mil y de ahí se hacen depuraciones a 300, luego a 100, 80, 40, y finalmente entre 10 y 15 que son elegidos.

Yo empecé en 1992 metiendo solicitudes y duré 12 años para ser seleccionado. Los primeros seis años ni me hablaban, sólo mandaban una carta de respuesta. Pero en 1998 llegué a los 100 finalistas, pasé los exámenes físicos, psicológicos y la revista de seguridad que analiza si uno tiene problemas legales y cosas así.

En el año 2000 estuve entre los 40 finalistas. Me rechazan nuevamente pero me invitan a trabajar en la NASA. Para entonces yo estaba establecido en una empresa, en California, y significaba cambiarnos a vivir a Houston, que tiene un clima caliente y húmedo. Además, iba a ganar menos. Pensé que tal vez no valdría la pena porque iba afectar a mi familia pero mi esposa me animó y ahí vamos. Nos la rifamos.

En el año 2004, José finalmente fue seleccionado como astronauta, junto a otros 10, y forma parte de la generación 19. Cuenta que uno de los exámenes consiste en ser entrevistado por un grupo de especialistas. En su caso eran 18, y grato fue ver entre ellos a Chan Díaz, el astronauta de origen costarricense que fue su motivación en la juventud. Ahí lo conocí por primera vez.

A PILOTEAR

Los siguientes dos años, los nuevos astronautas recibieron una preparación fuerte, teórica y práctica, piloteando jets, o sobre cómo reaccionar ante situaciones críticas que se presenten. En el 2006 se graduó y ya era elegible para ir al espacio.

Durante varios vuelos, a José Hernández le asignaron tareas técnicas. En diversos viajes, Hernández era la última persona que salía del transbordador, antes de que despegara, verificando que todo estuviera en orden.

Finalmente, en el 2008 se le asignó un lugar en el vuelo 128, en el Discovery, una misión que duró 14 días, entre el 28 de agosto y el 11 de septiembre. Entre otras cosas, llevaron un laboratorio a la Estación Espacial Internacional, y hubo el relevo de un astronauta.

Al formar parte de la misión, José Hernández tenía derecho a invitados especiales. Ahí estuvieron sus papás, su esposa, hijos, hermanos. Y también pidió que estuviera su maestra de segundo año de primaria, aquella mujer de origen chino que fue una noche a hablar con sus papás sobre la educación de sus hijos. La maestra ya estaba jubilada, pero se le pudo encontrar y asistió, feliz, a ver el despegue del Discovery, que en tan sólo ocho minutos y medio ingresa al espacio.

Cada 90 minutos le dábamos la vuelta a la tierra; 45 minutos era de día y 45 de noche. Le dimos 217 vueltas y recorrimos 9.7 millones de kilómetros. Con razón mi esposa me dice: ‘ay, viejo, tienes mucho kilometraje’.

El equipo que acompaña a José Hernández muestra un video del vuelo, donde fue el ingeniero, de su responsabilidad al mover un brazo mecánico mientras dos astronautas realizan trabajos en el exterior de la Estación Espacial.

Cuando el Discovery y la Estación Espacial se juntaron, dice, oficialmente se ha reconocido la presencia de astronautas de cinco países, pero él aclara que son seis: él, mexicano.

UNA REFLEXIÓN

A José Hernández le preguntan si ha cambiado como ser humano después del viaje al espacio.

Dice que, en el espacio, en tantas vueltas a la tierra, muchas veces pudo ver la oscuridad y la luz. Veía nacer el sol y vio, también, una capa delgada, generada por el abuso de la energía. Por ello, insiste, la importancia de hablar del medio ambiente, de que haya una conciencia de todos para cuidar este planeta.

Una segunda reflexión, dice, es que desde allá arriba puede verse un planeta bello donde no hay fronteras sino que todos somos uno solo.

Considera que es un hombre privilegiado porque muy pocas personas han podido ir donde él estuvo, y por ello su compromiso de transmitir sus experiencias. Ojalá, apunta, los políticos, que tienen en sus manos muchas decisiones importantes, pudieran entender todo esto.

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José Hernández Moreno estuvo en Tepic anteayer y este miércoles, a invitación del senador Francisco Javier Castellón Fonseca. La noche del martes impartió una conferencia en el auditorio de la biblioteca de Universidad Autónoma de Nayarit, y ayer se reunió con muchos niños en el Mesón de los Deportes.

Al final, siempre fue abrazado, apapachado por muchos que querían una foto con él. Sus conferencias animan a cualquiera.

José es de esas gentes con un don natural de caer bien.

Y se nota que ha subido de peso desde el viaje al espacio. Una ya abultada panza lo confirma.