Por: José Ma. Narváez Ramírez.
Hay muchos que no vamos muy de acuerdo con aquel viejo dicho que reza: los pueblos tienen el gobierno que se merecen y entre otros, mi pueblo de banquetas viejas, Santiago Ixcuintla, no creo que tenga el administrador municipal que en realidad se merezca y nunca entenderé cuales fueron las razones de que haya tenido los presidentes municipales que le han tocado en mala suerte haber llegado últimamente a llevar las riendas del poder, en aquellas tierras antes tan feraces y productivas, ahora por la calle de la amargura, y no por haberle hecho falta el tabaco que fue la solanácea que lo llevó a ostentar el ribete de la Costa de Oro.
Ahora es un pueblo pendenciero y mitotero, desunido y disperso, pero pobre en grado sumo, gobernado por un tipo igual o peor que sus antecesores que hace la pura mueca que trabaja y en eso se queda, pero en realidad solamente acarrea agua para su molino y deja al campesino y al pescador a merced de los avechuchos que lo explotan y viven de sus esfuerzos dejándolos en la miseria.
Las tierras son las mismas y los productos del mar también, las siembras de maíz y de frijol siempre sorteando el temporal y los camarones y ostiones, (que hoy están saliendo más gorditos que el año anterior) siguen en la abundancia, mientras aquellos que viven de la cosecha están más pobres que siempre. Como si todas las veces sembraran chile y las lluvias les apagaran las esperanzas de salir de jodidos.
Los únicos que viven felices son los comerciantes, los que compran a diez y venden a cincuenta; nunca hay para ellos un mal año, porque el pueblo tiene que sacar para comer de donde pueda y como pueda, igualmente los explotadores del vicio que viven repartiendo migajas a quienes les dan las pepas de oro que atesoran mientras aquellos brindan con sus brebajes del diablo y se hunden en la cenefa del vicio y de la drogadicción.
Son contadas las familias que guardan los granos, el combustible, los alimentos, los medicamentos, los trapos y los zapatos que aquellos tiene que consumir a precio de fiado y bajo su palabra de pago que ahora representa el crédito con intereses de agiotista.
Mientras, el pueblo encomienda su alma al Señor de la Ascensión como lo ha venido haciendo desde hace más de cuatrocientos años, en una iglesia que fue remozada por un señor cura todo bondad y amor, y que logró levantarla con el producto de las limosnas de nuestra gente agradecida y esperanzada en su magnanimidad: don Demetrio Siordia Cázarez, y ahí está en el centro del pueblo lanzando al aire sus campanadas como en duelo por el saqueo en que vive, como un llanto sostenido en una oración que nunca se acaba
Un pueblo de grandes contrastes, en un endemoniado trajín de motores que transitan por sus estrechas calles pletóricas de puestos de vendimia, de tiendas propiedad de ricos mercaderes, y de una sarta de ladrones encuevados en el edificio municipal donde se señorean en un poder que es del pueblo pero que lo ejercen Ali Baba y sus cuarenta contlapaches
No hay Control señores Control sino un descontrol absoluto donde los dueños de vidas y haciendas siguen y seguirán haciendo de las suyas per sécula secolurum con una impunidad que semeja un cúmulo de vida donde debería ser de muerte Así andamos, cargando la tristeza y la desesperanza, la ambición de unos cuantos y la enfermedad de muchos, por no decir la miseria