Por Miguel Ángel Casillas Barajas
Aquella noche asistí al circo HNOS. ATAYDE que traía como acto estrella un número que hacían dos equilibristas Italianos llamados: CASTRIN y BOTOTO. En su presentación desarrollaban varias peripecias con motos y bicicletas; incluso, era la primera vez que se presentaba en un circo el acto escalofriante de dos motociclistas que giraban a toda velocidad cruzándose de un lado para otro por dentro de un globo gigantesco de metal enrejado, un acto verdaderamente escalofriante, temerario y peligroso. Sin embargo, para mi gusto no era lo mas sobresaliente de su actuación; a mi, lo que mas me llamó la atención, era su dominio de las bicicletas, recuerdo el acto en donde uno de ellos: El gran BOTOTO se montaba en una de ellas y daba la vuelta por la pista ejecutando varias peripecias; entre ellas la peligrosa suerte de cruzar los brazos en los manubrios, para luego, pararse de manos en los mismos manubrios de una manera casi suicida. Ese fue para mi gusto, quizá, uno de los actos más difíciles y escalofriantes de su actuación. Los que hemos utilizado alguna vez la bicicleta, sabemos de antemano de eso, que si cruzas los brazos en los manubrios se pierde el equilibrio y te vas de lado como de rayo y te pones un perrazo de padre y señor mío, lo digo por experiencia propia; este servidor ya lo había experimentado en mas de dos ocasiones obteniendo resultados desastrosos.
Al día siguiente, me levanté muy motivado con un gran sabor de boca por ese acto circense que había presenciado la noche anterior, y aunque el presentador del circo nos había recalcado mil veces a todos los niños de no imitar ese acto suicida de cruzar los brazos en la bici, yo no creas que había hecho mucho caso de sus recomendaciones, y estaba tentado a hacerlo en la primera oportunidad que se me presentara con mi bicicleta Raleigh.
Esa peripecia, del gran BOTOTO me había calado profundamente, y ya era todo un reto personal, que evaluaría mis progresos y habilidades como equilibrista dominador de la bicicleta; bajo un argumento convenenciero que yo mismo había instituido que decía: Entre mi bici y yo no debe haber secretos. En fin, poco a poco me fui convenciendo a mi mismo de que podía ejecutar ese acto, y me cosquillaban las manos para hacerlo en la primera oportunidad.
Interrumpiendo mi pensamiento casi de tajo, mi madre Margot, me pidió en ese momento que fuera en mi bicicleta a recolectar desperdicios en un bote a los restaurantes del centro de la ciudad para darle de comer a cuatro enormes marranos que ella se había dado a la tarea de criar. Bueno- me dije- bendito dios, No será la pista del circo, pero por algo se empieza- y sin mas, ni mas, me monté en mi bicicleta Raleigh y me arranqué por los desperdicios con un bote mantequero ceñido en la parrilla trasera por unas cuerdas, luego hice mi recorrido de rutina por los restaurantes del centro de la ciudad recolectando los desperdicios a toda prisa, hasta que al fin, llegué al último de estos restaurantes: El Flamingos que está ubicado casi en las confluencias de la esquina de Lerdo con la calle Puebla. Ahí recolecte una olla de pozole y la vertí en mi bote y lo tapé. Ya concluida la misión que Margot me había encomendado, me sentí libre y me dirigí velozmente hacía la casa, tomando rumbo por la calle de puebla para doblar por la calle Amado Nervo hacia el poniente de la ciudad, luego bajaría por la calle Querétaro de sur a norte para dirigirme al barrio de acayapan que era donde vivíamos.
En ese preciso instante se me prendió el foco, y mi otro que no descansa, me aconsejaba:Este es el momento preciso Miguel ¿que estas esperando wey para practicar algunos malabares con tu bicicleta, no que muy chicho?, ¿si no es ahora cuando? En fin, a tanta insistencia de mi otro yo, decidí hacer el intento, en fin, ¿que se podía perder? Y sin más preámbulos empecé. primeramente solté las manos de los manubrios, luego, subí los pies al cuadro, todo iba excelentemente bien, ya casi me sentía como el gran BOTOTO en la gran pista del circo, y hasta me parecía estar escuchando la algarabía del público aclamándome a rabiar; estaba embebido disfrutando mi acto, cuando de repente me topé de frente con una bella vecina de mi barrio llamada Antonieta, quien al verme realizando esas suertes en la bici se paró en la banqueta y me aplaudió espontáneamente exclamando: ¡Bravo, Bravo Miguel! Clap, clap, Clap.
Visiblemente sonrojado aterrice con mi bici derrapando llanta muy cerca de la banqueta donde estaba ella. Que por cierto, iba bellamente ataviada, con un vestido blanco plisado, guantes del mismo color, chaleco azul y con botas negras como complemento de su uniforme de abanderada. Resaltaba su bello pelo dorado como rayos de sol, con hermosos bucles adornando su frente, con una sonrisa fresca y blanca, y sus bellos ojos verdes refulgentes destellando como esmeraldas.