Por Miguel Ángel Casillas Barajas

Antonieta tenía escasos ocho meses de haber llegado al barrio, ella era tres años mayor que yo, y su familia la componían dos hermanos de mi camada llamados: Absalón y Oscar. De sus papás de los que no recuerdo sus nombres de momento.

Ella Procedía de una familia acomodada, vivía a tres puertas de mi casa y muy seguido me invitaban a pasar la tarde con ellos para leer cuentos y jugar a la lotería, o simplemente para pasar la tarde leyendo. Recuerdo también que su mamá nos preparaba ricas galletas caseras y un exquisito chocolate calientito que disfrutábamos después de leer o de jugar. Luego Antonieta nos deleitaba a todos contándonos chistes gesticulados y actuados por ella misma de manera magistral, poco después venía la plática sobre las travesuras que ellos cometían en el colegio privado en donde estudiaban. ¡Ah como nos reíamos y disfrutábamos en esas bellas tardes de tertulia literaria!; Ella de por sí, tenía una gran capacidad histriónica, le encantaba imitar a sus maestros, y cuando la anécdota así lo exigía, le daba cuerda a sus dotes de artista teatral para imitar a su maestra de música con la que tenía ciertas rencillas; le imitaba hasta la manera de sentarse al piano y su manera de cantar, en fin, era muy divertida, yo me pasaba la tarde embelesado con sus historias, riéndome a carcajada abierta y escuchando sus bellas historias sentados en un pequeño corredor de su casa que lucía impecable de limpio con un piso de mármol gris brilloso que parecía un enorme espejo, y que olía rico a cera para pisos.

Pero además su educación, sus modales y su manera de comportarse eran muy refinados. Ahí con ellos conocí precisamente el saludo de besito en la mejilla, que me hacía sentir como pez en el agua, disfrutando la vida y los modales de una clase social que no era la mía, y a donde inexplicablemente el propio vaivén y trajín de la vida me había arrastrado como barca a la deriva hacia ella; pero que indudablemente, yo estaba consiente y tenía los pies puestos en la tierra de que no pertenecía a esa estirpe. Aunque bueno, disfrutaba el momento, era maravilloso vivir ese sueño, yo simplemente me dejaba llevar sin pensar en nada mas allá, era lindo, toda una fantasía nueva e inexplorada que por azahares del destino había caído en mis manos para entablar una bonita relación de amistad con esa familia en el corto tiempo que tenían de vivir en la ciudad.

Volviendo pues con la historia, al detenerme junto a ella, me comentó que la habían seleccionado como abanderada de su colegio, distinción que la tenía muy contenta, - ¡que mejor! –Me dijo esa voz que retumbaba en mis sienes desde mis adentros- es el momento idóneo para festejar este digno acontecimiento y luego le pregunté a ella: ¿quieres que te repita el acto? Sintiéndome ya como toda una estrella equilibrista y dominador de la bicicleta.

Lo malo estuvo en que ella contestó afirmativamente: ¡claro que si!, está bien, pero hazlo rápido porque tengo que llegar temprano a la escuela sin mas ni mas, retrocedí en la bici hasta el principio de la calle, me estacioné en la banqueta para tomar aire y concentrarme, mientras que mi estúpido otro tonto yo, me seguía mal aconsejando: ¡ahora es cuando Miguel saca el acto del gran BOTOTO! ¿El de cruzar los brazos? –le preguntaba-

¡Si hombre, ese tontuelo, apantállala! ¡Ahora es cuando!. Mientras yo discutía conmigo mismo la ejecución ese acto tan complicado y riesgoso, La bella Antonieta miraba desesperada su reloj y movía uno de sus pies como péndulo de reloj en señal de impaciencia, de tal manera que no había mas tiempo que perder y arranqué mi bicicleta a toda velocidad y primero ejecute la suerte de soltar las manos, di la vuelta nuevamente y luego le pasé ahora con los pies en el cuadro y suelto de manos, -ante el aplauso de ella, estimulándome- me di la vuelta nuevamente me estacioné y tomé aire y me dije:

¡Ahora si estoy entrado! ¡Va el acto del gran BOTOTO! Me persigné y arranqué a toda velocidad mi bicicleta y llegando hasta la ubicación en donde estaba ella ¡de súbito, crucé los brazos en los manubrios! .¡Madre mía de Guadalupe.!..

Jamás lo hubiera hecho. en mi vida he cometido montones de burradas, cientos tal vez, pero yo creo que esta ha sido la madre de todas ellas; al instante, perdí el equilibrio y me fui de hocico del lado en que estaba parada la bella Antonieta con su ígneo vestido. Chocando con la bici en el filito de la banqueta y dándome un perrazo de padre y señor mío; pero eso no fue lo peor, lo grave fue que los fétidos líquidos de los desperdicios por la inercia escaparon del bote y salieron disparados precisamente en dirección a donde estaba ella parada, bañándola de la cabeza a los pies con el coctel de pozole acedo, pepinillos y toda clase especias de la rica cocina mexicana; que minutos antes había recolectado en los restaurantes del centro de Tepic.